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Contante y sonante

El retorno Aural

Cuando se trata de revisar un sonido o una música registrada, solemos decir, “a ver, ¿cómo quedó?”. Cuando suena un trueno, “a ver, escuchá”.

El retorno Aural
Óscar García / La Paz
 
Hay personas que andan por la vida atendiendo a los sonidos de las cosas y de los seres, que aguardan en una esquina a que una lata pase volando, impulsada por la certera patada de un escolar con especial gana de hacer bulla. Hay personas que golpean a los postes con el único propósito de sentir la vibración y compararla con las vibraciones de sus propios huesos. Y están los que hablan todo el tiempo de sí mismos y descubren años después que otros mortales en silencio, que todos los sonidos conversan, que no hay posibles separaciones ni rupturas, que hay continuum sonoro y que, a la manera de un haiku, el cine es el continente de todas las relaciones sonoras recreadas en el cerebro o inventadas en los ordenadores. Pero la naturaleza es equilibrada, caótica, bella. Y en medio de su belleza hay personas que se detienen en los parques a escuchar el canto de los pájaros y se pasan luego el día tratando de imitar ese canto, como si no tuvieran otra cosa que hacer. Personas cuyo oficio sonoro se engendró algún momento, quizás en el vientre de la madre, o con el susto del sonido primigenio. 

Las familias guardan recuerdos: la primera foto del bebé, la foto del bautizo, la de la primera comunión. Una foto con la tía más chinchosa del planeta, la primera travesura atrapada en imagen fija. El primer dibujo. Las familias, las que buenamente tienen acceso a pagar por una cámara fotográfica o las que tienen la capacidad económica para pagar a un fotógrafo por una imagen, pertenecen, por cierto, a una sociedad visual, a una como la nuestra, como la urbana, sometida a una suerte de dictadura de la visión desde hace mucho tiempo. Tienen la vida registrada en imagen fija, en antiguas fotos sepia, en fotos en blanco y negro, luego a color, ahora digitales. 

Cuando se trata de revisar un sonido o una música registrada, solemos decir, "a ver, ¿cómo quedó”? Cuando suena un trueno, "a ver, escuchá”. 

Quién tiene, en verdad, registrado, el primer sonido emitido por la hija. Quién el primer golpe de la rodilla del niño. El primer sonido producido por la bicicleta. La primera licuadora sonando para beneplácito de toda la familia, aguardando el añorado jugo de plátano. 

¿Cuál fue el primer sonido emitido? ¿Cuál el primero escuchado? 

¿Cómo era que sonaba el silbato de un viejo afilador, cerca de la casa de la abuela, allá por los años 40? 

Una ciudad vibra todo el tiempo, el planeta vibra todo el tiempo. Vale decir, todo suena, siempre, y lo hizo desde antes de la existencia del sonido mismo. Desde antes de que la traducción de una vibración se convirtiera en sonido en los vericuetos de nuestro complejo cerebro. 

Y luego fue música, oficio de articular sonidos comunicantes como una palabra sin fin que se nutre del contacto de las gentes, con las gentes y con su entorno, de la relación de las gentes con sus dioses y con sus amores, con sus más íntimas emociones y con sus muertos. Un oficio que probablemente nace antes que la técnica y que las reglas que un sistema tarda tanto en consolidar, para romperlas luego, cada vez que otro oficioso irrumpe con una propuesta innovadora. Un oficio que se hace como la corriente de un río cuyo caudal crece en la medida en que su corriente se nutre de mayores afluentes, hasta desembocar en la mar. 

Un oficio misterioso que aparentemente a nadie le importa pero cuyos resultados (músicas a lo largo y ancho de este mundo ajeno) son imprescindibles, cada vez más imprescindibles. Hoy por hoy, pedirle a un niño que no escuche música, de ninguna forma, sería como quitarle a la madre de Blancanieves y a los presidentes, los espejos del salón de los espejos. Muerte súbita, vida sin rumbo, un agujero negro, la razón de la sinrazón. 

Hay personas que se detienen en los parques a escuchar el canto de los pájaros y se pasan luego el día tratando de imitar ese canto, como si no tuvieran otra cosa que hacer. 
Y silban. 

Silban hasta encontrar.
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