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El kiosko del Beat, otro motivo para disfrutar Cobija

Hace casi cuarto siglo el sueco Beat Mahler llegó a Cobija para establecerse. Abrió un kiosko que lleva su nombre, desde donde ha visto pasar a personalidades y también a la bonanza económica.

El kiosko del Beat, otro motivo para disfrutar Cobija

Rolando Carvajal.. El kiosko del Beat se encuentra a dos cuadras del río Acre.

Rolando Carvajal /  Cobija

Un día de  1988, Beat Ulrico Mahler desembarcó en Riberalta, en medio de esos 41 grados centígrados y en la confluencia tórrida de los ríos Mamoré y Madre de Dios. Venía de su natal y alpina Zurich, Suiza. Estaba de paso por Riberalta, su destino era Cobija, donde se estableció y abrió El kiosco del Beat, una de las tradicionales fondas de comida al paso de la capital pandina, a sólo dos cuadras del río Acre.

Rocanrolero de los años 60 y 70 del siglo pasado. Libertario, audaz y generosamente solidario, como pocos, nunca imaginó que con El Beat -como lo conocen las y los cobijeños-  echaría largas y fuertes raíces en uno de los recodos de la Amazonia boliviana, igual que los castaños locales.

Beat Mahler vive en una cabaña de madera junto al río, soltero, con  media docena de perros.
 
Uno de sus canes, un pastor alemán, de 13 años, acaba de morir  de viejo. Beat está dolido por su pérdida... pero aún así nada le quita el optimismo ni la esperanza de mejores días para la Cobija que lo acogió, ahora castigada por la crisis económica.

"Me quedé aquí, hermano. Me gusta esta tierra, es mi hogar. No la cambio”, dice convencido mientras cruzamos la plaza del Estudiante y un parroquiano le anticipa que irá al kiosco
"¡Ven nomás hermano!”, le responde Beat con ese dejo colla que agarró en tierra pandina y que combina con su acento alemán.

En casi cuarto siglo  que lleva en Cobija, desde su kiosko ha visto pasar generaciones de estudiantes, trabajadores y campesinos, gobernadores, alcaldes, rectores, vocales de justicia y electorales, jefes militares, policías  y un sin fin de autoridades del departamento.

También vio pasar de largo la bonanza de la década pasada, que a Cobija no le dejó ni el imprescindible hospital de tercer nivel que necesita. La región soporta desde el año pasado una depresión porque sus ingresos cayeron ostensiblemente.

Las cifras más recientes de la gobernación pandina dan cuenta de ese paso de la bonanza: de los 80 millones de dólares que Pando recibió en 2015, en 2017 sólo tendrá 27 millones, de acuerdo al balance de gastos de los gobiernos departamentales difundido por Jubileo Bolivia.

El gobierno municipal de Cobija sufre la misma tendencia tras haber presupuestado 56 millones de dólares para el 2015, mientras la totalidad de los municipios logró para 2016 70 millones de dólares, en conjunto.

El principal sector afectado es la construcción: las constructoras despidieron personal o emprendieron marcha a Cochabamba o Santa Cruz, señala el ingeniero Orlando Ortiz.
 
¿Resultado? Comideras y vendedoras pierden comensales y clientes, lo que desestabiliza a otros rubros del quehacer económico local, como el transporte. El factor multiplicador comienza a hacer estragos en 12.000  familias pandinas que forman una población de casi 60.000 personas, incluida la población flotante que entra y sale cotidianamente.

A esto se suma que en el otro lado de la frontera con Brasil el cambio de un boliviano por cuatro reales, estable hasta marzo del año pasado, cayó a dos bolivianos, lo que ha encarecido la compra de productos brasileños, sin que las compras brasileñas hubiesen crecido sustancialmente.

Los otrora prósperos comerciantes de Oruro y La Paz que movilizan el intercambio de productos fronterizos desde los puertos chilenos de Iquique o Arica muestran su abatimiento, no obstante continúan con las ventas de fin de año en el mercado de abasto de Cobija o en la popular calle Comercio.  

Todo esto lo ve Beat Mahler desde su kiosko.

Todos la sufren...

Nacido "más en 1949 que en 1948”, Beat Mahler, que reside en Cobija ya 22 años, se declara más Rolling Stone y Santana que Lennon y los Beatles; más Clapton que Bowie, y con mucha estima por la salsa caribeña y el regge. No olvida que las inundaciones de 2011 y 2013 dañaron su cabaña de madera ubicada al borde del río, frente a Brasilea; tampoco que El kiosco se le incendió en 2014 y que le costó reconstruirlo. Siente que la depresión económica no cesa, aunque algo de esperanza traiga el 2017.

Con nostalgia habla de Cobija. "Cobija ha cambiado bastante,  no en todo positivamente. Antes era un pueblo en realidad, pero tranquilo,  donde todos se conocían. Hoy día ya no conoces a muchos. Ha venido mucha gente del interior. La estructura sociodemográfica ha cambiado por completo, pero en comparación con otras ciudades no hay mucha criminalidad todavía, aunque está aumentando y eso es el gran problema”, dice.

"¿La crisis? Todos sufren y bastante. En realidad aquí nunca teníamos precios de verdad de zona franca, ahora cambió un poquito, bajaron, porque en los años anteriores una televisión estaba más barata en La Paz que aquí. Un amigo se compró en Santa Cruz un aire acondicionado e incluido el transporte le salió más barato que aquí. Y yo mismo quise comprar una laptop, pero en Zurich, mi hermano la compró a través de su hijo, que es ingeniero de sistemas, y resultó que una laptop de una de las velocidades más caras del mundo costaba 110 dólares menos”, añade con preocupación.

"De manera que  aquí no había precios de verdad bajos de zona franca y estaban más bien orientados al nivel de precios de Brasil, que es muy alto por los impuestos de importación. Eran más bajos que en Brasil, pero más altos como zona franca”, continúa el extranjero que ya es parte de Cobija.

Pero no sólo habla del aspecto económico y comercial del lugar, también del factor migratorio. "Si hablamos de cultura y migraciones, hay más cultura paceña, popular, la influencia de la colonización. El Gobierno siempre está hablando de descolonizar Bolivia, pero creo nomás que han colonizado Pando con gente del interior. Es paradójico”, comenta.

 

Ulrico Mahler, un chef aficionado 

 Una de las delicias de El kiosko del Beat es el spaghetti en salsa de champiñones y pimienta con bife o los tallarines que prepara personalmente Mahler, convertido en un personaje de la gastronomía y el turismo cobijeño. A cabeza de su equipo se encuentra Vivi, tras la Caja y los despachos. También están Lucía y Melina, las dueñas de la cocina, junto a Claudia, quien trajina entre las mesas.

 ¿Cómo  se convirtió Beat Mahler, en cheff? Al parecer lo impresionó una gran cocina zuriquense para 300 comensales de un solo tirón, el ejemplo familiar y los caprichos de infancia. 

"Me impulsaron una buena vecina, mi cuñada querida y un tío mío que vendía maquinaria grande de imprenta, viajaba a muchos  países y traía recetas”, afirma Beat.

 Cuando mi tío  se jubiló conoció a un amigo masón, que un día le pregunto: ¿Willy, no tienes ganas de cocinar para nosotros? Era una reunión para 35 personas. Y él lo hizo con gusto”, añade.

Recuerda  que la masonería ocupaba un edificio de tres pisos en Zurich y que encima, en el cuarto, había una sala grande de cocina,  para 200 o 300 personas. 

"¡Una cocina pero de lujo, hermano, casi lloro cuando entré a ella la primera vez! Todo era lindo, tenía todas las máquinas, de las mejores. La logia del segundo piso preguntó si podía cocinar para ellos y luego la tercera, así que tres días a la semana cocinaba para los masones, especialmente cuando había reuniones anuales. 

En las fiestas de fin de año y Navidad  en promedio se atendía a 250 personas y mi tío me pidió que le ayudara. Yo acepté con mucho gusto, primero porque era buen tipo y, luego, porque era interesante verlo trabajando, él era  muy metódico y persistente. Murió cocinando, de un ataque, pero feliz haciendo lo que le gustaba”, rememora.
 
 
 
 
 
 


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