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Una vuelta a La Paz y El Alto en 95 minutos

Las líneas naranja, roja y azul regalan un paseo aéreo sobre La Paz y El Alto mostrando los contrastes de las urbes. La compañía en el viaje es otra aventura.

Una vuelta a La Paz y El Alto en 95 minutos

Una cabina de la línea anaranjada que pasa por la zona Norte de La Paz regala una vista de la plaza Murillo y sus alrededores. Foto:Alexis Demarco / Página Siete

 Ivone Juárez /  La Paz-El Alto

Pasan unos minutos de las 15:00. La estación de la línea naranja de Mi Teleférico, construida en plena plaza Villarroel y recién estrenada, está bañada de sol. Los vecinos de Miraflores   recuperaron su plaza (una de las más grandes de La Paz).

 La Villarroel cambió de cara, al menos desde la avenida Busch: ganó un aspecto  futurista, por las cabinas del transporte por cable que despegan y aterrizan en  su lado derecho. Tiene menos espacios  verdes y ya no se ve el monumento de la Revolución. Pero sobre la estación se erigió  un mirador desde donde se contempla la avenida Busch, llena de edificios y adornada de árboles. Los enamorados ya se apropiaron del mirador.
 


 Dentro, en  la estación, la impresión es que se está en otro país, por la infraestructura amplia, iluminada y porque está unida a lo que será la parada de la línea blanca (funcionamiento  anunciado para 2018). En la boletería hay  una fila, en su mayoría de adultos mayores, que  fluye rápidamente. Será porque es un día de semana y por la hora. 

 La línea naranja se conecta con la roja, que está en la estación central de La Paz y llega hasta la avenida 16 de Julio, de El Alto, donde está la azul,  que tiene su parada final en  Río Seco. El plan es recorrer este circuito, ida y vuelta, que en  transporte terrestre llevaría más de cuatro horas. Se dice que en teleférico no es más de hora y media.

 Con seis boletos en mano, los que se necesitan  para las tres paradas de  ida y tres de regreso, nos unimos a una corta fila para abordar las cabinas. Pagamos 18 bolivianos por los tiques.
 

Un joven, con un tono muy amable (algo no muy frecuente en La Paz) invita a apurarse para  abordar las cabinas. La idea es que puedan llenarse. Pese a que la velocidad es mínima, algunas personas aún enfrentan dificultades y casi suben "al vuelo”, como en los  pocos micros que  quedan en La Paz.

  Cinco pasajeros abordamos: una pareja, un hombre solo y nosotros, dos periodistas de Página Siete. Todos muy bien acomodados para no desequilibrar la cabina. La vista aérea  que se comienza a tener  de Miraflores parece un excelente pretexto para no hacer conversación, pero la admiración que arranca hay que compartirla. 

  La pareja  comienza a mirar para todo lado, estirando el cuello, reconociendo lugares. "¡Ah mirá, el estadio!”, dice la mujer. Él mira hacia donde ella señala y se queda viendo unos segundos. 
 
 
Ambos siguen devorando con la mirada el contraste entre la avenida Busch, con sus edificios y espacios verdes, y la Periférica, un cerro forrado de casas de ladrillo, que parece que estuvieran colgando. 

 Es la primera vez que se suben a la línea naranja. Son marido y mujer, y viven en Río Seco de El Alto. "Bajaron a la ciudad” para ir al Hospital Obrero, que está en Miraflores. En vez de ir hasta la Pérez, a tomar minibús, "subieron” a la plaza Villarroel, "para hacer la prueba”. "A ver en cuánto tiempo llegamos”, dice la mujer con una sonrisa tímida.

 Otra vez el silencio, pero ahora es roto por el esposo. "¡Un cementerio!”, dice.  Está impresionado por La llamita, el camposanto de la Periférica, donde está la primera parada de la línea naranja. La puerta de la cabina se abre y una chica que lleva el distintivo de Mi Teleférico sonriente casi mete la cabeza para saludar y preguntarnos si estamos bien. 
 

  Continuamos el viaje y comenzamos a ver el Illimani, impresionante como siempre. A ratos, mientras se desciende hacia la tercera parada de la línea naranja, en la Armentia, parece un helado barquillo: el nevado es el helado y el cerro forrado   de casas de ladrillo es el cono de galleta. Otro de los pasajeros, mientras mira hacia abajo, habla: "La casa de Dios”. Eso se lee en un techo redondo y enorme que se asemeja a un coliseo. Es el templo de Eklesía.   Pasan unos segundos y reconoce un lugar.   "Aquí era la Coca Cola”, dice. 

 Desde que abordamos en la plaza Villarroel pasaron unos seis minutos y ya estamos admirando la avenida Montes, llena de vehículos que suben y bajan de El Alto. Pasan unos tres minutos más y desembarcamos en la estación central. Ahora a abordar la línea roja. Hay que transitar por un pasillo panorámico que impresiona.

 Son las 15:27 y estamos en las cabinas rojas. Perdimos a nuestros primeros compañeros de viaje.
 
Ahora nos toca otra pareja. Ambos están tan absortos en su charla que ni siquiera logra interrumpir la vista área del Cementerio General. Se bajan en la parada que está en el campo santo. Suben tres mujeres sonrientes y un varón.
 

 Mi compañero de trabajo está entusiasmado con ver nuevamente el vehículo plateado atrapado en medio del barranco Utapulpera, que está subiendo a la estación de la 16 de Julio. 

 Les preguntamos a las mujeres hacía dónde se dirigen. "A Río Seco”, responden casi en coro y se ríen. ¿En cuánto tiempo llegan?, es la siguiente consulta. "En 20 minutos”, afirman. "En minibús desde el Cementerio sería  más de hora y media, por la trancadera”, añade la más joven. Se trasladó recién a Río Seco. Se animó porque el teleférico llegó a la zona.

 La mujer más adulta interrumpe la conversación. "Pero la luz que gasta el teleférico la pagamos nosotros. ¿No se han dado cuenta que ha subido?”, asegura. El pasajero varón interviene: "Cambiaron los medidores, ahora son analógicos y la medición es más exácta”. La mujer responde inmediatamente riendo: "Bueno, todo sea por llegar más rápido a mi casa”. 

 Son las 15:42 y arribamos a la estación de la 16 de Julio, El Alto. Ahora a tomar la línea azul, que está conectada a la roja. Para facilitar el paso, hace unas semanas, Mi Teleférico instaló una gradas eléctricas, que por el momento son la atracción. Tres mujeres de pollera están paradas al pie de la escalera, mirando atentas. De rato en rato lanzan unas risitas tímidas. Nos acercamos, se divierten viendo cómo la gente tambalea y hasta pierde el equilibrio en las gradas. Ninguna quiere subir.
 

 Un hombre joven está atento a los que usan las escaleras. "La gente no está acostumbrada, estamos cuidando que no se caigan”, explica sin quitar la vista de los pasajeros que abordan las gradas para alcanzar el pasillo panorámico que conecta con la estación del teleférico azul. Cuando le toque su hora de descanso las escaleras eléctricas que vigila pararán. "Hay que prevenir  accidentes”, justifica.

 15:50. Estamos por abordar las cabinas azules. La pareja que inició el viaje con nosotros en la  plaza  Villarroel aparece. Sería interesante seguir el viaje con ellos para preguntarles qué les parece, pero el varón hace un ademán y la mujer frena el paso. Toman la siguiente cabina.

 Nuestro viaje aéreo a Río Seco será solitario, es lo de menos porque tenemos El Alto a nuestros pies, con sus avenidas enredadas con vehículos y comerciantes que se disputan el espacio en medio de bocinazos que llegan hasta la altura en que estamos.... Y los edificios de ladrillo que palidecen ante los imponentes y coloridos "cholets” de  Freddy Mamani, ese albañil alteño que estudió arquitectura, y hoy asombra al mundo con su arquitectura andina. Por si fuera poco, se ven los templos de torres altísimas que hizo construir el fallecido padre alemán Sebastián Obermaier.
 
 
De frente el Illimani y al lado derecho los nevado Chacaltaya, Mururata y el Huayna Potosí... una postal.

16:10 llegamos a Río Seco. Nos tomó 55 minutos, menos de una hora. Ahora a regresar a La Paz.

16:15 tomamos una cabina azul. Un hombre va con nosotros. Apenas se sienta comienza a hablar por teléfono. Asegura a su interlocutor que en una hora estará en la plaza del Estudiante de La Paz y cuelga. Le preguntamos en cuánto tiempo llegaría a ese destino en minibús. "En el mismo tiempo”, responde. ¿Entonces por qué usa el teleférico? "Porque no hay trancadera”, dice. "Aquí reina el desorden”, añade. Vivió dos años en Brasil y otros tantos en Perú. "En Brasil todo es ordenado; en Perú, en el área rural, están peor que nosotros”, continúa. 

 Su nombre es Adelio, tiene 39 años y es agrónomo, pero ahora está abocado a la construcción.
 
"En Brasil todo son especialistas en algo, no es como aquí, que el albañil hace  hasta plomería”, dice. Y aquí aplicó esa idea de la especialización y asegura que le va bien.
 

 Durante los 20 minutos de viaje hacia la parada de la línea azul en la 16 de Julio, Adelio cuenta sus experiencias de manera jocosa. Le es fácil arrancar sonrisas. Al llegar a la parada nos despedimos, pero nos volvemos a encontrar en la cabinas del teleférico rojo y continuamos la charla, que cuando llegamos a la parada de la estación central ya se convirtió en una pequeña lección de cómo emprender un negocio propio y "ganar un poquito más de plata”.   Volvemos a despedirnos y él dice: "Adiós otra vez”.

A las 16:40 estamos tomando las cabinas color naranja, de regreso a nuestro punto de partida. Un hombre joven va con nosotros, la vista lo cautiva. "Me encanta La Paz”, expresa.  "Esto es perfecto, lo único que falta es que se cree un sistema para no pagar en cada estación, como se hace en Guayaquil (Ecuador)”, añade. Llegamos a la plaza Villarroel a las 16:55, hicimos el viaje hasta El Alto, ida y vuelta, en una hora y 35 minutos.
 
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