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Matilde Casazola, la historia detrás de sus canciones

La chuquisaqueña lleva magia a cada una de sus composiciones. Muchas de ellas tuvieron una génesis particular. De regreso, por ejemplo, está inspirada en la alegría del retorno a su tierra.

Matilde Casazola, la historia detrás de sus canciones
Carlos Fossati Miranda /  La  Paz
 
Matilde Casazola es una de las más grandes y prolíficas cantautoras vivientes de nuestra querida patria, o "cantora”, como ella se auto denomina.  Autora, compositora e intérprete, lleva magia a cada una de sus composiciones. Muchas de ellas tuvieron una génesis particular.
 
La cueca De regreso, por ejemplo, fue escrita en los años 70. Inspirada en la alegría de Casazola al retornar a su tierra. En ese tiempo vivía en el exterior y regresaba por temporadas cortas. 
 
Habiéndose ausentado del país junto a su pareja, debido a un alejamiento no voluntario de Bolivia por temas políticos, se produce el reencuentro con su terruño, sus paisajes. Por esa conexión tan fuerte que tiene con el país, sus montañas, paisajes, selvas y ríos es que surge esta canción. La letra fue inspirada en el anhelo de retorno a la tierra que la vio nacer. Señala que  en nuestro país aún mantenemos esa relación tan cercana con la naturaleza. 
 
Otra de sus composiciones con singular profundidad es El cuento del mundo, un aire de cueca inspirado en 1974. 
 
Unos amigos suyos le hicieron saber que estaban esperando su primer niño y la  canción fue motivada por la mencionada circunstancia, así como por el reencuentro con su sobrino. Aquél  contaba  con dos años y Casazola estudiaba guitarra en las habitaciones de su casa. Él la veía tocar y permanecía escuchando los ensayos. El niño hacía preguntas y ella le revelaba  la manera en que funciona el mundo. Todo aquello se tradujo, posteriormente, en el proceso creativo y de composición, un mundo lleno de fantasía, magia y descripciones del mismo. Ese entorno permitió que dicho mensaje pueda trascender con vivencias profundas. 
 
Para Matilde cada canción de su obra tiene fragmentos de sí, de su propia esencia.  
 
De acuerdo al momento en que vive, va aquerenciando más una canción u otra, por algún motivo especial de la época. Todas están muy enraizadas, mas no tiene una preferencia concreta. Por épocas llega una y la acompaña por un tiempo, y luego otra.  Algunas de ellas se perfilan con una mayor hondura, como la cueca De regreso, Como un fueguito, Viento pasajero, creando lazos interesantes entre la autora y su composición. No obstante, ninguna tiene un primer lugar, todas tienen su espacio. 
 
Respecto a La sonrisa de piedra refiere: "Fue una de mis primeras canciones. La compuse durante un viaje de promoción a La Paz. Estuvimos en Tiwanaku, el lago y me encontré con un amigo. Paseábamos por la ciudad. Nos gustaba ir a la plaza del monolito en el Estadio (Hernando Siles) y sentarnos allí, mirando el atardecer junto al muro de piedra.  Allí surgió esa canción con una motivación de amor nostálgico y, al mismo tiempo, me dejaba pensativa respecto a la implicancia de la  presencia de un "dios” que va sonriendo mientras ve pasar las vidas efímeras de los seres humanos, mientras él permanece impávido en el tiempo. Me inspiré en todo aquello para hablar de la fugacidad de la vida, así como la impasibilidad de los "dioses”. Eso motivó esa canción que fue una de las primeras que compuse”. 
 
"Bolivia es muy rica en ritmos. En el valle,  tenemos la cueca, el bailecito. En el  altiplano, tantos aires como el huayño. En el llano los taquiraris, carnavalitos. Todos ellos reflejan mucho de nuestra geografía. El alma del paisaje de cada lugar. Todos me cautivaron bastante. De acuerdo al momento, me inspiré en una cueca, un taquirari, un carnaval o un huayño. Compuse varias canciones que las denomino huayño-canción, ya que el huayño se presta para narrar, por su ritmo paralelo, que puede extenderse en forma indefinida. Las hice más para contar historias como  El pájaro brillante o El anochecer”, añade Matilde.  
 
El año 1976, compone el yaraví Tiempo. En él toca otra de sus temáticas preferidas, el transcurrir del tiempo. Dice la letra: "El tiempo se va pasando y ya no vuelve, ¿de dónde? Una a una va borrando las letritas de tu nombre. Y el tiempo me va engañando día a día con eso que de tanto ir andando está más cerca el regreso”. 
 
Todas estas letras reflejan un poco de la propia historia de Matilde Casazola, de sus anhelos, de las cosas realizadas o las que pasaron.
 
Para ella, el canto es algo que nace con el ser humano y produce un regocijo especial al ejecutarse. El canto tendrá dos miradas. El canto popular, que podrá manifestarse sin estudio previo y, por otro, el canto estudiado, elaborado, capaz de llegar a situaciones maravillosas, como la ópera, versiones extensas en las cuales la voz tendrá oportunidad de lucirse maravillosamente. 
 
Si bien no se considera puramente intérprete, ejecuta música comunicando poesía y belleza a través del canto al desnudo. Califica su estilo como puro, con un trabajo interno en el mensaje que se traduce hacia afuera de manera sencilla. Por esa razón se considera más "cantora” que cantante; es decir, será más importante lo que pueda expresar mediante el canto que otras circunstancias. 
 
Actualmente, su trabajo va trascendiendo fronteras. Recientemente Gitte Palsson, cantante sueca, grabó un disco respecto a su obra, acompañada por el guitarrista boliviano Juan Carlos Cordero. Igualmente, artistas foráneos tradujeron sus poemas a otros idiomas, con interés en la poesía. 
 
No obstante, para Matilde Casazola existe una canción que aún rehúye ser interpretada por sus colegas. Habla de ella. "Está en uno de mis discos, se llama Dale el perfume de mi amor. Es una canción lírica sin ritmo específico. La letra es un poema surrealista con figuras interesantes y pictóricas. No explica respecto a un amor determinado, sino lo que trasciende desde el amor hacia el perfume de ese amor. Aún no cuenta con intérprete, pero para mí tiene un encanto especialísimo en la melodía y letra que se podría explotar en muchas versiones”, expresa. 
 
Finalmente, refiere el génesis de la canción El ser feliz, aduciendo que la grabó años atrás en el centro portales en Cochabamba. La versión se agotó y no la volvió a grabar más. Es una canción en ritmo de huayño, muy profunda, tiene que ver con el regreso hacia uno mismo, tiene que ver con la verdad. 
 
Matilde dice de su canción: "Es como un cuento. Tiene muchísimas figuras y se presta mucho para imaginar.  Habla por ejemplo del árbol, con hojas de plata con frutos de rubí… como esos cuentos antiguos orientales que escuchábamos en la infancia, en unos jardines extraordinarios donde las rosas eran de oro y los manantiales tenían pedrería. Esas cosas que nos gusta imaginar, sobre todo cuando somos niños. Cuenta precisamente eso: ‘Yo buscaba lejos lo que cerca estaba, gasté mis pisadas persiguiendo al sol, pero detrás mío tú te proyectabas silencioso y quieto sin mirarte yo’.  Preguntarán ¿quién se proyectaba? Es, precisamente, el ser en una situación de felicidad, que viene a ser una  esencia. El ser dentro de lo que significa la esencia de existir y que es feliz eternamente”. 
 
"Ese ser feliz generalmente está a nuestro lado y no lo podemos ver, precisamente porque está demasiado cerca. Porque uno necesita ver algo desde lejos para apreciarlo, porque cuando está cerca no puede ser apreciado. Es de las más poéticas y melancólicas que escribí”, expresa Matilde. 
 
"Me inspiré en una cueca, un taquirari, un carnaval o un huayño. Compuse varias canciones que las denomino huayño-canción”

Matilde Casazola
 
 

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