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El Papirri de vuelta después de 8 años: “Estoy descubriendo a La Paz de día”

El cronista de la noche paceña regresó a la ciudad y no encontró la Pérez, ni la Cabeza de Zepita, y sus amigos se fueron a la zona Sur. Le siguió el rastro a la Margarita, dice que está por la Garita de Lima.

El Papirri de vuelta después de 8 años: “Estoy descubriendo a La Paz de día”
Ivone Juárez / La Paz 
 
Desde hace unas semanas  se lo ve caminando por algunas calles de La Paz. Aunque a veces los cubre con un sombrero, sus rizos desordenados lo delatan... Es El Papirri, el bien le cascaremos, Manuel Monrroy Chazarreta, que ha regresado después de ocho años. Estuvo en Ecuador, donde cumplió  una misión diplomática representando a Bolivia y enfrentó un grave problema de salud, que felizmente lo superó. Dice que esos dos episodios en su vida lo  volvieron un "ser del día”.
 
"Yo era un ser de la noche paceña, cuando paso a ser un ser del día es diferente. En Ecuador pasé a ser un ser del día, ahí me quedó esa disciplina ¿no? Fue por la misión que llevaba y por cuestiones de salud”, expresa el cronista de la noche paceña, quien le regaló a los paceños composiciones como Bien le cascaremos, Metafísica popular, Alasita, Qué tal metal, Sordo del alma, La cabeza de Zepita... cuentos hechos canciones que narran a La Paz y sus personajes.
 
El Papirri dice que ahora está conociendo La Paz de día. "Pienso que La Paz de día es maravillosa, estoy aprendiendo a vivirla. Antes yo la pasaba de noche y la mañana era parte de la noche. La noche era maravillosa, yo he tenido unos 25 años de noche paceña. ¡Pucha! qué intensidad, ¿no?”, expresa con  nostalgia en esta entrevista con Página Siete.
 
Regresas a La Paz después de ocho años, ¿qué ha cambiado en la ciudad para ti?
 
En la calle la gente se ha vuelto un poco dura, más tensa, más de malhumor. Hay taxistas que ni siquiera me quieren charlar;  hay otros que son como antes ¿no? En los minibuses todos van muy callados. El otro día estaba en un minibús, porque yo soy de minibús, tengo que escuchar las voces de la calle, y comencé a contar las sonrisas. Más o menos desde la Arce hasta el Monje Campero conté dos sonrisas: un joven con su chica de la mano y una cholita que estaba con su wawa. La Paz ha cambiado bastante.
 
Además, todos mis amigos se fueron a la otra La Paz, porque hay una otra La Paz  que tiene que tener un nombre; le dicen zona Sur pero no es una zona es una ciudad. Hay que ponerle un nombre, ciudad sur, si quieres; tiene otra dinámica, no la conozco. Tengo parientes, amigos muy cercanos que viven ahí y  me dicen: ¡Nooo!, qué voy a estar subiendo a tu casa, yo no subo ahí arriba. Lo dicen con un desprecio, y estos llokallas vivían en San Pedro, en Miraflores, ¿no ve? Pero ahora así hablan de sus barrios. Yo soy de Sopocachi, soy calixtino, estronguista. Soy de la hoyada que comienza en San Jorge y va hasta las laderas, hasta llegar a La Ceja, de esa La Paz profundamente aymara, que no es de indígenas, te hablo de esa pulsación aymara que para La Paz es fundamental.
 
¿Por qué crees que el paceño perdió la sonrisa?
 
Yo creo que es el capitalismo ¿no? El sujeto capital, el sujeto de crédito, el endeudado, el que está haciendo su casita y tiene un préstamo bancario, que se quiere comprar tres televisores o un  minibús. El sujeto capital urbano que se ha incorporado mucho al imaginario paceño. Ya no hay caso de charlar, pero la pulsación aymara la sigo sintiendo.
 
 El otro día, por ejemplo,   fui a la Pérez Velasco, ¡la han matado! Toda esa zona que era la Pérez, la plaza de Los Héroes, La cabeza de Zepita era una zona entrañable. La he visto como una viaducto, muy parecido al DF de México, pero hasta eso el aymara urbano lo humaniza. La pulsación de esa la Paz maravillosa sigue existiendo, es cuestión de estar ahí, de seguir viendo, aunque ha sido devastada gran parte de esa ciudad entrañable.
 
¿Con qué imagen de La Paz te fuiste a Ecuador?
 
Yo era un ser de la noche paceña, cuando paso a ser un ser del día es diferente. En Ecuador pasé a ser un ser del día, ahí me quedó esa disciplina ¿no? Fue por la misión que llevaba y por cuestiones de salud, pero ayer  fui a un café en la Jaén, después de 10 años, y la gente muy amable, conversé  con un chico que me enseñó una cosa en el celular. Entonces, yo pienso que La Paz de día es maravillosa y estoy aprendiendo a vivirla. Antes yo la pasaba de noche y la mañana era parte de la noche. 
 
¿No es el día el que te hace ver a La Paz sin sonrisas?
 
¡No! Toditos estamos endeudados, preocupados por pagar. Antes no era tanto así y no estaba la gente todo el tiempo en su celular. La globalización nos hizo bien, pero tambien mal; la Internet nos hizo bien, pero también nos hizo mal.  En todo caso estoy empezando a descubrir La Paz de día.
 
La Paz tiene otra fisonomía. Más edificios, más puentes, tenemos  teleféricos...
 
¿Sabes que me preocupa? Los achachilas de La Paz, Llojeta, el Valle de la Luna, no hay protección. También me preocupan las casas antiguas. Frente al Tambo Quirquincho hay una casa que se está cayendo, no hay protección de ese patrimonio, como de los achachilas. Me preocupa el Illimani, todos los días estoy con él, lo veo desde mi ventana. Tomo tecito con el Illimani, veo que en tres horas tiene seis estados de ánimo, como yo. Me identifico mucho con él, porque de grises pasamos a colores. Hay que proteger la Muela del Diablo, el bosquecillo de Pura Pura, las apachetas, eso es bien importante, porque el cielo sigue magnífico. Los teleféricos me facinan, el PumaKatari también.  El teleférico es impresionante, no lo he visto en otra parte. 
 
Es la ciudad desde arriba
 
He sentido volar, no necesité morirme para ver La Paz volando. Es impresionante pasar por encima del Cementerio. Yo vivo feliz en el teleférico, en su silencio, en su respeto, en su visión, es magnífico, es como ir al mar. Hice una canción para La Paz, Mar aéreo, y es eso, navegar por un mar aéreo. Me estoy encontrando recién con La Paz de nuevo y quiero  un encuentro así, lindo.
 
 La gente, la calle a la que le cantaste, ¿las viste de día? 
 
Sí, y me da pena que la Alonso de Mendoza tenga rejas, pero la visité el otro día y estaba pletórica. Me encantaba ver a los fotógrafos, que siguen ahí, más mayores. Uno estaba charlando con una palomita, otro leía un periódico. Eran las cuatro o cinco de la tarde, esa hora en  que La Paz tiene un color. Yo creo que me voy a enamorar de La Paz de día... porque la noche era maravillosa, yo he tenido unos 25 años de noche paceña. ¡Pucha! qué intensidad ¿no?
 
¿Qué te quedó de esa intensidad?
 
Creo que nada, por eso no estoy componiendo. Estoy creando cosas que no me satisfacen mucho. Es como que yo me alimentaba de  la noche, pero ahora tengo que aprender a inspirarme  de día, mirando el sol, a las personas, a los ojos, escuchando. Eso es  un aprendizaje en estos últimos años de vida.
 
Cuando piensas en esas noches, ¿qué lugares se te vienen a  la mente?
 
Nosotros teníamos un plan, que era Ave Sol hasta las tres de la mañana y El Inca desde la cuatro de la mañana. El Inca abría a esa hora y tenía derecho de admisión. Había un tipo que se llamaba El Cartílago y tú, por ejemplo, no podías entrar Al Inca, eres muy guapa, muy sana; ahí entraba gente necesitada de que no acabe la noche. El Ave Sol era intelectual. El Inca era una La Paz muy intensa, con personajes de enorme identidad, como Víctor Hugo Viscarra, como tantos.
 
¿Fuiste por la Pérez?
 
Sí, ya no está la Cabeza de Zepita y eso me duele en el alma. Ahora se llama plaza de armas. Son zonas aymaras de encuentro, tiene que haber bancos, círculos, lugares para refugiarte. La estructura de Ted Carrasco no era sólo la cabeza (de Zepita), era unas apachetas que rodeaban, era una estructura, una composición que se volvió un taypi paceño de energía, yo lo percibo así. Voltearon eso y se volvió un rebote de luz muy fuerte.    
 
¿Sigue la Margarita?
 
Mira, a la Margarita la he visto muy poco, más arriba, por la Garita, ya no está tan cerca de mis ojos, pero está aún. Al que he visto es al llokallita moco tendido, tenía una radiecito debajo de su sombrerito, bailaba música potosina, tendría dos años, está. La señora gorda dueña de casa sigue estando, el k’encha Terán vino el otro día a tocarme el timbre para que le preste quivo, sigue estando. La metafísica de La Paz está todos los días. El otro día nomás escuché una: El futuro ya no es como antes... ¡lo escuché en el minibús y me pareció una gran poesía!
 
También pienso que el cielo está igual, que las paceñas están muy hermosas, que el Gran Poder está demasiado grande, dura demasiado, pero es el folklore, y que la música paceña está de un alto nivel... y que tengo que ir a ver muchos lugares de La Paz de día.

 

20 y 21 de julio en el Teatro Municipal 

El 20 y 21 de julio, desde las 19:30, Manuel Monrroy Chazarreta estará en el Teatro Municipal de La Paz después de nueve años para presentar su concierto La Paz, mi ciudad.
 
Pero El Papirri no viene sólo, estará acompañado del Grillo Villegas, Mayra Gonzáles, Tincho Castillo, Álvaro Montenegro, Tere Morales, Efecto Mandarina, Las mentes ociosas y Los bolitas. "Son  músicos,  extraordinarios que  tocarán conmigo. No lo hacen por dinero, sino por afecto porque fui su amigo o su profesor en el Conservatorio”, dice Manuel Monrroy.
 
Con Grillo Villegas El Papirri  cantará  No viene nadie, una canción compuesta por ambos;  con Efecto Mandarina estrenará Ego, "una canción de soledades intensas”.
 
"Con Álvaro Montenegro, que es un maestro muy querido, vamos a tocar después de 15 años. Con Mayra Gonzales estrenamos el taquiboza No quiero perderte”, comenta.
 
Manuel también tocará con algunos de sus alumnos del Conservatorio de Música que, asegura, lo superaron. Menciona a Tincho Castillo,   Raúl Flores y a  Ebert Peredo.
 
Los bolitas interpretarán su éxito Metafísica popular.

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