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Viernes 22 de Septiembre | 20:18 hs

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La subida al Monte Sinaí, tras las huellas de Moisés

La ascensión al pico empieza pasada la medianoche, en puertas del monasterio Santa Catalina.

La subida al Monte Sinaí, tras las huellas de Moisés

Los beduinos guían a los visitantes en el ascenso al monte bíblico. Fotos Francesco Zaratti y archivo digital

 Francesco Zaratti  /  Monte Sinaí

Recorriendo, en sentido inverso,  parte del camino que hizo Israel para llegar a la Tierra Prometida, mi esposa Carolita y yo, después de un parco desayuno,  nos embarcamos en el auto enviado por la agencia. 

 Dejamos Jerusalén y, tras una rápida bajada, evitamos Jericó y bordeamos el mar Muerto -un lago salado sin vida a 430 metros bajo el nivel del mar y con temperaturas mayores de 40 grados centígrados-, cruzando territorio palestino por la carretera que termina a orillas del mar Rojo, en el balneario de Eilat, en la punta de un triángulo de desierto donde se dan cita, en un pañuelo de costa, las fronteras de Jordania, Israel y Egipto, con el territorio de Arabia Saudita mirando de lejos. 

 Está por demás remarcar que los discretos controles policiales están a cargo del Ejército israelí.
 
De hecho, nunca vimos un policía palestino.

En el camino  encontramos tres atractivos notables. Primeramente, la fortaleza de Masada, último y trágico refugio de los rebeldes judíos ante la arremetida de las legiones romanas (año 73 d.C.), en la "guerra judía” que narró Flavio Josefo. 

Luego pasamos cerca de enormes plantas industriales de sales (magnesio y potasio principalmente) que me hacen extrañar los sueños de la industrialización del Salar de Uyuni, sueños reducidos, después de 11 años, a derroche de dinero y muestras de diletantismo empresarial. 

Por último, hacemos un alto en una fábrica de cosméticos  (uno de los grandes emprendimientos de esa región)  donde nuestras tarjetas de crédito dejan algunas huellas. Esas fábricas utilizan agua,  plantas, barro y sal del  Mar Muerto para producir cosméticos de alta gama, exportados a todo al mundo. También acá me pregunto qué impide que algo similar se haga en nuestros salares.
 

En la poco frecuentada carretera pudimos apreciar el respeto a las reglas de tránsito, algo muy diferente de lo que se acostumbra en esa región.  Nuestro joven chofer Fadi, un árabe de Tel Aviv, es prudente y experimentado y el viaje resulta tranquilo y placentero. 

Finalmente "subimos” al nivel del mar justo a tiempo para almorzar a orillas del Mar Rojo, con sus aguas de colorado fondo coralino, más aptas para bucear que para bañarse.

En la tarde, arrastrando las pesadas maletas bajo 42  grados centígrados  de temperatura, cruzamos la frontera sin contratiempos, aunque gozando por la cara de sorpresa de algunos funcionarios ante un pasaporte boliviano. Nos recibe la ciudad egipcia de Taba, que se extiende en un litoral de kilómetros de desierto, sólo interrumpido por oasis de balnearios muy cotizados en Egipto. 

Llama mucho la atención la omnipresencia de la Policía egipcia, posiblemente debido  a esporádicos atentados terroristas que siguen después del sangriento golpe de estado del General Al-Sisi, hace cuatro años, contra el presidente Mursi que contaba con el apoyo de la "Hermandad Musulmana”. 

El turismo sigue siendo la principal fuente de ingreso de Egipto, según el guía Ahmed que no oculta su simpatía por el presidente Al-Sisi por haber reordenado el país con el masivo apoyo popular.

 Sin embargo, comenta Ahmed, esta actividad se ha visto mermada por el terrorismo, aspecto que pudimos comprobar a lo largo de toda nuestra estadía. Afortunadamente, el idioma común permite abordar temas políticos y económicos.

Siguiendo rumbo al sur en la vagoneta egipcia provista de infaltables botellas de agua, nos desviamos al atardecer hacia el Monte de Moisés (Jébel Musa, en árabe), donde llegamos al anochecer. Nos alojamos en una de las aldeas turísticas de la región, bastante concurrida, siendo nosotros los únicos occidentales presentes. 

Después de una cena exótica para nuestros paladares y un corto descanso al son de la música característica de los beduinos  acampados en la aldea, emprendimos la aventura por la cual habíamos viajado hasta ahí: subir al Monte Sinaí.
 

La subida al Monte Sinaí

La ascensión al pico, tradicionalmente conocido como el Monte Sinaí, empieza pasada la medianoche, en puertas del monasterio de Santa Catalina, en las faldas de la montaña.

 El calor sigue siendo asfixiante a esa hora, pero en la cumbre puede refrescar, de modo que una chompa es una carga recomendable. 

En la mochila ligera van también tabletas de cereales, traídas de Bolivia, una cámara de bolsillo y agua, por supuesto. Después de sortear dos o tres puestos policiales  encontramos a nuestro guía beduino, Mohamed, acompañado de otros dos beduinos con sus respectivos camellos.

 Sobradores e ingenuos rechazamos alquilar los camellos y emprendemos la caminata, presuntamente de cuatro a cinco horas, siendo los primeros en ponernos en marcha, tal vez por consideración a nuestra edad. 

El bastón de montaña, arrendado en la aldea, nos es de invalorable ayuda, gracias a la linterna incorporada. En fin, según narra la Biblia, también Moisés se ayudaba con un cayado, aunque él tenía más años que nosotros.

La primera hora de caminata hasta la primera "cafetería”, que es en realidad una choza de beduinos donde sirven café y chocolate caliente a precio de aeropuerto, transcurre sin sobresaltos por lo regular del camino de tierra y piedras y por la motivación de los viajeros. 

Sin embargo, noto que se desarrolla una silenciosa batalla psicológica: los viajeros decididos a subir con sus fuerzas y sus bastones, por un lado; el guía Mohamed bastante perplejo sobre esa posibilidad, a nuestro lado; y, más atrás, el camellero interpelando continuamente a la señora para que acepte los servicios de trasporte animal. 

Una media hora más tarde se da el desenlace de esa lucha tripartida. Carolita acepta la ayuda del camello, pero otro beduino que nos seguía a la distancia emprende el camino de regreso, considerando que el "gringo” no renunciará a su voluntad de subir con sus piernas. 

De ese modo, la caravana se reduce a cuatro personas, más el camello, cuyo nombre, "Michael Jackson”, no guarda relación con su género. En efecto es una camella, en realidad una dromedaria, porque tiene una sola joroba. 

Una hora más tarde llegamos a la estación final de los camellos, que es una cafetería ubicada a poco más de mitad del camino. Después de recobrar fuerzas con chocolate, prolijamente diluido en agua caliente, decidimos separarnos: Mohamed y yo seguimos subiendo, pero la esposa se queda en compañía de Michael Jackson y su dueño quien, para variar, se llama también Mohamed. 

De hecho me espera la parte más empinada: entre 700 y 800 gradas irregulares (confieso que no las conté) en el trecho que asciende directo a la cumbre. 

Antes de separarnos  leemos en la Biblia grabada en el celular algunos pasajes de Éxodo que hacen referencia al Monte, al Decálogo y a las subidas y bajadas de Moisés para ser reprendido, alternativamente, por Dios en la cumbre y por el pueblo en el campamento. 

Pronto nos alcanzan otros caminantes, jóvenes y mayores, incluso mujeres y niños, árabes y occidentales.  A paso constante, cerca de las  4:00 y en plena oscuridad, llego íntegro a la última cafetería, donde un simpático beduino de barba blanca nos sirve un café. 

Este hombre,  en su escaso inglés, se queja por la disminución de turistas occidentales. Ofrezco llevar la queja a Evo Morales, pero mi ironía no es comprendida. 

La cumbre se divisa al final de la última escalinata que  no exige más de 20 minutos. 

Mohamed, aún sorprendido por mi capacidad de subir a un ritmo aparentemente "terminal”, pero constante (luego confesará que podía haber apostado a que yo nunca llegaría a la cima), insiste en que me recueste en una banqueta alfombrada. 
 

No tardo en quedar dormido -si vale la comparación- como Elías en el Horeb (monte que, dicho sea de paso, a veces se lo identifica con el Sinaí).

Media hora después abro los ojos, demoro unos segundos en ubicarme hasta enfocar una estampa inesperada: un pálido claror que lucha por cruzar la puerta obstruida parcialmente por una sombra; es mi buen amigo Mohamed, vigía de mi descanso. 

Miro el reloj y, afortunadamente, tengo tiempo para alcanzar la cumbre antes de la salida del sol. Mohamed me ofrece otro café caliente y me insta a subir sin él, debido al poco espacio que hay allá arriba. 

De ese modo, sólo con mi cámara de bolsillo, emprendo la última escalinata y me encuentro con una veintena de personas ya bien ubicadas mirando al este. 

De hecho, recién entiendo que la mayoría sube al Sinaí a esa hora para contemplar el amanecer, más que por aprecio a Moisés y las Diez Palabras. 

Lleno de emociones, hago un rápido reconocimiento de la cumbre, desde donde se aprecia una vista excepcional del macizo y del valle con el Monasterio al fondo. 

Me detengo ante una capilla con torre y campana de bronce, sin reparar en cómo la habrán subido, y termino echándome sobre una enorme roca para gozar del amanecer detrás de un grupo de jóvenes alemanes y una familia japonesa, que, tal vez debido a mi traza, me pregunta si necesito ayuda. Distingo árabes y afroamericanas en otras rocas vecinas.

Vivo un momento ideal para agradecer por esa experiencia; recordar a los seres queridos, vivos y difuntos; valorar las raíces de mi fe cristiana, don de Dios a Moisés y a su pueblo de "dura cerviz”;  y para rezar, hasta que un arco amarillo despunta al este entre las ondas de los montes y se transforma, lenta e inexorablemente, en un disco anaranjado que baña el macizo con sus rayos dorados. Un día más de vida, de luz y de calor.

Siguiendo las instrucciones de mis guías  emprendo velozmente la bajada, cuidando mis rodillas.
 
Nos espera un largo día de travesía por el desierto del Sinaí para alcanzar El Cairo.

 Mohamed me secuestra la cámara y se dedica a sacar fotos a diestra y a  siniestra por mí; un bonito detalle, pero me preocupa que se llene la memoria. 

Bajando lo más raudamente posible, a riesgo de resbalar sobre la arena que cubre las gradas, alcanzamos al resto del grupo que nos había estado observando y fotografiando desde más abajo. 

Me sorprende el moderno smartphone Samsung del camellero y más aún su maestría para sacar fotos artísticas. Imagino que se debe a la práctica diaria, pero no excluyo un talento innato. 

Un pequeño descanso y a seguir bajando con Carolita, que pronto renuncia montar Michael Jackson ante el riesgo de resbalones en la bajada.
 

El monasterio

Llegamos al Monasterio de Santa Catalina, cerca de  las  9:00,  y regresamos a la aldea para una ducha refrescante y un ligero desayuno. Luego volvemos para una apresurada, pero imperdible, visita al Monasterio, el más antiguo en actividad de la Cristiandad (siglo VI), todavía hoy custodiado por monjes greco-ortodoxos bajo la protección del Islam decretada por el mismo Mahoma. 

La  valiosa biblioteca de códigos bíblicos (la supera sólo la del Vaticano) y la pinacoteca que, no obstante su sencillez, conserva preciosos  y antiguos íconos, son bellezas que aún llenan nuestra memoria.

En fin, ya llegó la hora de retomar el camino hacia El Cairo, cruzando de este a oeste un buen tramo de desierto, hasta alcanzar el golfo de Suez, bordearlo camino al norte y llegar a destino al anochecer para emprender otra aventura. ¡Pero eso da para otra crónica!
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