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Letra 7

FIL o la caída de la casa Usher

Una evaluación entre graciosa y deprimida de la última feria del libro, que, según el autor, este año estuvo “pobre”.

FIL o la caída de la casa Usher
Mauricio Rodríguez  Crítico

 

 

Empecemos con una canción triste de la Nouvelle vague (por ejemplo, Comment Voulez-Vous; por ejemplo, Catherine et Jim). De fondo el bloque rojo del campo ferial de Bajo Següencoma está vacío (con sombras al estilo del expresionismo alemán y la risa macabra del final de thriller). 

El precio de la entrada es 15 bolivianos (o 40 bolivianos si compras un abono para toda la semana) y sólo sirve para el bloque amarillo porque en el bloque verde están los stands del Gobierno (Juancito Pinto ahora tiene un lápiz en vez de tambor). Entonces la feria del libro (FIL) se redujo a un solo bloque y nada más: ¿Por qué tantos stands del gobierno si Wilma Alanoca (ministra de Comunicación) quitó toda ayuda a la FIL?

Tengo una respuesta: los organizadores de la FIL quieren echarle la culpa a otra persona (o ente extraterrestre) respecto a la pobreza de stands de este año y escasas actividades.

Otro problema: en el bloque amarillo hay callejuelas que sólo muestran la pared de los stands (paredes blancas como si fueran un intento de arte conceptual posmoderno y que significa: la lectura no necesita de libros; ok, no; ok, mala idea). Entonces: hay pocos stands incluso en este bloque (eso quiere decir: poca oferta de libros. Mejor: paupérrima oferta de libros).

Aun así, encontré algunas joyas: La comedia humana, de Balzac, en cinco tomos (¡a tan sólo 950 bolivianos!); revivieron a Faulkner (varias de sus novelas) y llegó Ciudad en llamas, de Garth Risk Hallberg (a 250 bolivianos). Esto significa: a) te quedas sin sueldo, pero lees, b) te quedas sin sueldo y vendes un riñón, c) miras el stand, como niño en navidad, mientras se consumen todos tus cerillos.

Leí alguna vez en un libro de Javier Cercas que lo primero que hacen los herederos es quemar los libros o bibliotecas. Esto quiere decir que las nuevas generaciones quieren borrar el pasado de un solo trazo. Tal vez ése es el intento de cada nuevo organizador de la FIL: borrarlo todo, pero se equivocan: los libros encierran lo mejor del pasado y tal vez no es necesario traer autores nuevos (hípsters), sino aprender de aquellos que recorrieron el infierno (como Dante, como Vargas Llosa, como Ford).

Lo que no pude soportar fue el stand de Estados Unidos (cortesía de las nuevas políticas de Trump): sólo exposición de libros en inglés. El muchacho que me atendió me dijo que este año la embajada optó a mostrar libros en inglés para revalorizar el idioma y para que un boliviano (tercermundista) aprenda de una vez por todas inglés. "¿Es orden de Trump?”, pregunté. El muchacho calló y sonrió y me dijo por lo bajo: "Sí”. 

Según los organizadores de la FIL el continente homenajeado este año era Latinoamérica pero sólo había un stand (más pequeño, en proporciones, al de Estados Unidos y con menos libros) con las imágenes de Marco Tóxico. Y nada de las promesas de stands de gastronomía latinoamericana (en el lugar de las comidas vendían arepas venezolanas, sí; y sushi y helado de canela).

Pregunté a varios amigos qué les pareció la FIL de este año y me dijeron: "Pobre”. Incluso ya no compensa pagar 15 bolivianos (con decir que en un festival Otaku hay más variedad y cartas de Sakura de por medio). Y estoy seguro de que mañana habrá una noticia que diga: "Se rompió el récord de la FIL, asistieron más de… ciudadanos y viandantes”.

Esta vez salgo de la FIL sin nada entre las manos y algo deprimido (¿será así en todas las ferias de libros de Latinoamérica?): somos herederos de la nada.

 


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