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Letra 7

“La fragmentación de la lectura se ha dado siempre”

Uno de los invitados de la FIL fue el autor y crítico español Antonio Jiménez Morato, que además de presentar la edición boliviana de su novela corta Lima y limón, publicada por la local 3600, habló con el público y con Letra Siete (memorablemente) de la lectura.

“La fragmentación de la lectura se ha dado siempre”

 Redacción Letra Siete
 
Antonio Jiménez Morato es un hombre afable, un escritor de precisión, un observador detallista. Su novela corta Lima y limón, que gracias a la publicación de la editorial 3600 estará en circulación entre nosotros, es una suerte de diario de "la relación amorosa regular”, no la que presentan los libros, sino la que vivimos y padecemos todos cotidianamente. Una mitad lima y otra mitad limón. 

Pero además Jiménez es un filólogo, un estudioso de la literatura tal como era, y un crítico, es decir, uno que se mete con la literatura tal como es ahora mismo. Estuvo en La Paz hablando de la "lectura creativa”, así que, para presentarlo al público local, le lanzamos una serie de preguntas sobre esto, justamente, sobre la lectura.

¿Qué clase de lectores son los que produce el tiempo actual? ¿Por qué se prefiere las obras "basadas en la realidad” que las puramente ficticias? ¿Por qué el boom de la novela negra?

Resulta un poco complicado jugar a ser vaticinador del presente. No termino de tener claro qué clase de lectores produce esta época que nos ha tocado vivir. Sí creo, y me da que por ahí va su pregunta, que el "zeitgeist” actual piensa que lectores fragmentados y difusos. Pero no creo que sea tanto así. Creo que son los hábitos, en general, los fragmentarios. La gente no piensa en lo sencillo que es silenciar el teléfono móvil, por ejemplo, para no escuchar los mensajes entrantes y poder dedicarse a la lectura. 

Lo de las novelas, o los textos en general, "basados en la realidad”, creo que tiene su origen en el cambio de percepción originados por los medios de comunicación actuales. Hoy sabemos que eso que llamábamos "realidad” no existe, que hay un discurso hegemónico, impuesto por el poder económico, que transmiten los medios de comunicación. Y luego hay una plétora de discursos que analizan esos mecanismos de imposición de una realidad, que en última instancia no es sino la dictadura de una ficción que no puede ser rebatida bajo la amenaza de que uno sea considerado un antisistema. 

Por eso no creo tanto que haya un cambio de interés en el lector, sino que el lector se da cuenta de que la realidad es ya una ficción, y no es necesario andar creando nuevas ficciones. Ballard, en el prólogo que escribió con la excusa de la traducción al francés de Crash, lo dijo muy claramente:  "Vivimos dentro de una enorme novela. Ahora es cada vez menos necesario que el escritor invente el contenido ficcional de su novela. La ficción ya está ahí. La tarea del escritor es inventar la realidad”.

Pues es tan sencillo como eso, ya no se trata de la tensión entre realidad y ficción que inauguró la novela moderna con el Quijote, sino de entender que eso que hemos dado en llamar realidad no es sino otra ficción. 

Y la novela negra, ontológicamente, se basa en esa idea de la sospecha. La identificación del lector con el detective de la novela negra es muy sencilla, porque el lector también supone que hay algo moviéndose por debajo del entramado de la ficción. El detective negocia entre esos dos mundos, esas dos leyes, la de lo que debe ser la realidad (lo simbólico lacaniano) y lo que en realidad es (la aparición de lo real ominoso) y finalmente llega a un pacto (lo imaginario) donde finge respetar lo simbólico pese a conocer esas grietas por donde lo real acecha. Creo que todos los seres humanos, hoy, tenemos esa sensación. Son por los mismos motivos que todos los espectadores conectaron de modo tan inmediato con la saga de Matrix, que dice eso mismo pero en clave de ciencia ficción anticipatoria o especulativa. 

¿
Qué efectos en la lectura puede tener el que los primeros lectores se formen en las sagas de fantasía de la "literatura juvenil” y ya no en los clásicos tipo Julio Verne?

No creo que vaya a haber muchas diferencias. Yo, generacionalmente, crecí rodeado de lectores de Tolkien, y ahora veo que se trata de lectores de Juego de tronos o de Harry Potter. 

No sé cómo serán las cosas en Bolivia, pero sí sé cómo son en España. El porcentaje de lectores mengua extraordinariamente de la adolescencia a la adultez. Puede ser porque la gente debe trabajar y tiene menos tiempo para la lectura ociosa, o puede ser que lo que buscaba en la lectura ya lo sació con esas lecturas más o menos escapistas. 

Si hay una constante en la historia de la lectura es que la mayoría de los lectores se han acercado a lecturas más superficiales o ligeras antes que a grandes clásicos. Y lo veo lógico, sucede con todas las producciones culturales. La gente no escucha a Pat Metheny, escucha reggaetón y cumbia. La gente no va a ver películas de Tarkovsky, sino de superhéroes. Y así con todo. 

Siempre habrá una minoría, selecta y fatalmente elitista (insoportable por eso mismo pero que debe ser respetada socialmente y cuidada por las instituciones) que se encarga de que el Arte avance. La obligación de las instituciones es que esos usuarios y creadores puedan seguir haciendo su trabajo: que haya bibliotecas, becas, espacios, asistencia, etc. para que eso suceda. 

Hay gente que comienza comiendo en el McDonald’s y termina siendo chef de alta cocina, hay otros que jamás dejan de comer en el McDonald’s y otros que jamás se alimentaron de otra cosa que delicias turcas. Pero a nadie se le ocurre decir que hay que cerrar el McDonald’s o cerrar las escuelas de cocina. No termino de entender por qué en el caso de la cultura ese debate sigue siempre vigente. 

¿La fragmentación de la escritura en las redes es el correlato de la fragmentación de la lectura? ¿Los lectores de hoy terminan las novelas que comienzan a leer? ¿Por qué es un valor promocionado que una novela "no se pueda dejar de lado ni un instante”?

Comenzaré por el final. A mí me causa auténtico pavor lo de que "no podrás dejar de leer este libro” o "este libro te atrapará”, son argumentos promocionales tan usados. 

Me da verdadero pánico por lo que supone la idea de rapto y prisión. No lo digo en broma. A mí me gusta que un texto me seduzca, si ocurre me apetecerá pasar más tiempo en él, pero no me impedirá apartarme de él cuando lo crea necesario. La idea del rapto, como algo romántico, sigue demasiado presente en la cultura occidental. Y creo que eso es un problema. Uno serio. Yo no quiero que nadie me prive de mi libertad. Ni siquiera bajo la excusa de que va a ser para mí una experiencia placentera. 

No creo que sea tan determinante terminar una novela. Eso debe ser algo que la propia novela logre o merezca. Yo no tengo problema en abandonar libros a la mitad, y en muchos casos creo que le he hecho un favor al libro al hacerlo. Además, tendemos a pensar que todo el contenido de un libro es productivo o interesante y en muchos casos no es así. Basta con leer la presentación de muchos ensayos para entender lo que el autor ha querido decir. Y no son pocas las novelas que van perdiendo fuelle de modo preocupante cuando se avanza en su lectura. Por no mencionar ya el caso de los poemarios, que están, casi, pensados para una lectura salteada y que sólo cuando verdaderamente nos fascinan leemos de corrido. 

El mito de la tenacidad lectora ha asesinado a muchos lectores, acaso ocasionales, pero que no habrían dudado en hacer incursiones ocasionales en la lectura en dosis más soportables para ellos. No hemos perdido, con total certeza, a grandes autores ni a grandes lectores, sino compradores ocasionales que no le habrían venido mal al negocio editorial. 

Y en cuanto a la primera pregunta…

No creo que la fragmentación, ya sea de la lectura o de la escritura, sea una marca de los tiempos actuales. Creo que es algo que se ha dado siempre. Antes hablé de la poesía, que me parece el género fragmentario por antonomasia. Y nadie jamás ha pensado que la poesía sea poco exigente con el lector.

Cuando Poe, hace más de doscientos años, se planteaba la idea de la unidad de impresión estaba viniendo a decir algo obvio: la atención de la mente humana tiene límites. Lo que quizás ahora se plantea es si esos límites están menguando. No creo que sea así. Hay gente que se mete sesiones de diez horas de televisión cuando en Netflix o Amazon estrenan la nueva temporada de la serie que le gusta. O que se lee de un tirón esa novela del autor al que sigue. Creo que es más una cuestión de interés, de mecanismos de deseo. 

Lo terrible es lo contrario, no que la gente no lea con ese interés textos más largos, sino que se dejen de escribir bajo la idea de que no tendrán lectores: o sea, la visión de muchos editores del mundo digital. Cuando un editor de un diario te dice que tus textos son muy largos, o que no encajan en las recomendaciones de Wordpress y Google, uno ya sabe que tiene delante a un idiota, no porque sea tonto, sino porque está en un trabajo que no le corresponde. Realmente no le gusta leer, así que no debería estar ahí. 

Por otro lado, esta obsesión por el fin de la lectura creo que no es tanto provocada porque el mundo se acabe como por la falta de adaptabilidad de las élites intelectuales, o periodísticas (no suelen estar formadas por las mismas personas), a las novedades. No es tanto que el mundo vaya a la deriva como que ellos no entienden lo que está sucediendo. Y está bien que protesten ante ello, pero no sería mala idea que la protesta fuera más honesta, como la que hiciera Monsiváis tras el alzamiento zapatista en Chiapas, cuando dijo eso de: "No sé si no entiendo lo que está pasando, o ya pasó lo que estaba entendiendo”.
 
 
 


 

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