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Letra 7

Dos viajes de luz

El autor recomienda dos libros que es posible encontrar en la FIL. El primero es de poesía; el segundo... también, aunque haya sido escrito en prosa.

Dos viajes de luz
Gabriel Chávez Casazola Poeta

 

La pasada feria del libro de Santa Cruz dejó varios libros de poesía presentados o puestos a disposición en lecturas públicas, tanto de autores nacionales como de escritores invitados que los trajeron desde sus países, además de tres antologías del género -una boliviana que incluye autores extranjeros, otras dos a la inversa- y un par de títulos de poetas internacionales publicados en Bolivia, nuevo fenómeno editorial del que se ocupó en su momento Letra Siete.  

Con este antecedente, me llama la atención que la poesía haya tenido escasa presencia este año en las presentaciones de la feria del libro de La Paz, de no ser -aunque puedo cometer aquí alguna omisión- por la publicación de   Poesía de Édgar Ávila Echazú, con prólogo de Marco Montellano, que ahora mismo tengo entre manos para su lectura; de la antología de poesía de Oruro La música y el viento, publicada por la FCBCB y cuidada por Benjamín Chávez; de la presentación de la editorial La bella Varsovia de la española Elena Medel (cuya llegada pudo haber sido mejor aprovechada, ya que se la invitó ante todo como editora siendo una poeta reconocida); del libro Pájaros muertos de Javier Aruquipa; y de un diálogo con Jorge Campero, poeta de valía al que siempre vale la pena escuchar.

Melissa Sauma Vaca

Precisamente por esa poca presencia de la poesía, aprovecho para recomendar a los lectores un libro que, creo, debió haberse presentado en esta última feria paceña. Me refiero a Luminiscencia, de la joven autora Melissa Sauma Vaca, obra publicada por Editorial 3600 y ganadora del octavo Premio Escritores Noveles de la Cámara del Libro de Santa Cruz, que a lo largo de los años ha demostrado ser un interesante espacio impulsor de escritores emergentes.  

A decir del jurado calificador del premio, en Luminiscencia, "el lenguaje es tratado de una manera limpia, precisa. En la unidad que logra este conjunto de poemas encontramos un yo poético atento al mundo. El poema mismo explora en la experiencia, contempla, reflexiona, se proyecta lejos, transita por lo cotidiano y también por lo extraordinario, sin dejar de preguntarse en qué medida ese tránsito es acompañado por la palabra y su potencia”.

Por mi parte, puedo decir tres cosas de Luminiscencia y de la joven -aunque, por lo leído, ya sapiente- voz de su autora: que es un alumbramiento; que como todo alumbramiento es la realización de una promesa (o su prolongación en el espacio tiempo); que como toda realización no es sino una irrealidad que advino; o mejor: un racimo de irrealidades -imágenes, intuiciones, iluminaciones- sobrevenidas palabras, lenguaje, escritura, haceres de la luz.

Para Melissa Sauma, nacer es un acto silencioso de fe.  El nacer de este libro también lo es, como lo son escribir y leer poesía; es decir, dejar que en nuestro centro vibre una música escondida y alce vuelo un canto prístino. Acaso esa música, esa fe, ese canto, sean apenas un fuego frágil, diminuto. Pero no olvidemos la antigua promesa: "la llama en la pradera verde se volverá una alta llamarada”. Y no olvidemos la nueva revelación: he viajado tanto en busca de la luz / que finalmente he descubierto / que todo viaje es luz / y hay en cada palabra un viaje nuevo. 

Dejándonos llevar por esa verdad poética sabremos que todo cuanto conocemos / es lo que su ausencia oculta / o su presencia / manifiesta. Bien advenida sea, entonces, bien alumbrada (y aquí pienso en la caverna de Platón, en una cámara oscura, en un cinematógrafo) esta luminiscencia en la poesía boliviana. 

Piedad Bonnett

Todo viaje es luz, citaba hace un momento. La asociación entre el viaje y la luz se nos hace posible cuando se trata de un periplo placentero o que transcurre, al menos, por un sendero llano. Hay viajes, empero, atroces, verdaderos descensus ad inferos, catábasis de las que parece muy difícil extraer alguna luminosidad. Y sin embargo, si el viajero sabe descifrar su sentido (o sinsentido), estos viajes a las profundidades pueden ser fuentes de poderosa luz, como el horror puede serlo de belleza, con la debida alquimia de por medio. 

Por eso, a la sombra de aquel verso de Sauma, pienso en otro libro, escrito por otra poeta y que aun siendo poético, poético y a la par terrible, en tanto se trata de un viaje a las raíces del dolor humano, no es un libro de poemas sino más bien una novela de no ficción sobre aquello que la ausencia -en este caso, la ausencia de un hijo suicida- y la presencia de la locura -en ese mismo hijo, así, tan cerca- pueden revelar.  

Me refiero a Lo que no tiene nombre, de la colombiana Piedad Bonnett, que me tocó descubrir en su edición internacional de Alfaguara el año pasado y que, desde hace algunas semanas, está por fortuna disponible en una edición boliviana -también en la feria paceña estos días- en la colección Mantis de Plural Editores.  Pocas obras en prosa logran disparar resortes tan recónditos y auténticos en la emoción como este atípico libro, para nada sentimental, aunque pueda un lector desprevenido pensar lo contrario. Y es que nada hay tan poco sentimental, tan atrozmente lúcido, como una madre escritora en busca de respuestas a aquello que quién sabe no las tiene, que jamás las tendrá. 

Puestos entonces a recomendar un libro de poesía, me dije, por qué no dos títulos. Aun a sabiendas de que Lo que no tiene nombre no es poesía, pero lo es.

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