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Cómo ser empáticos y no fallar en el intento

Cómo ser empáticos y no fallar en el intento
La Vanguardia /Ana Pagés
Los profesionales de distintos ámbitos, la gente de la calle, nuestros vecinos y amigos en las redes sociales, usan a menudo la palabra "empatizar”. Se ha convertido en un comodín, una consigna, una especie de contraseña para organizar nuestras relaciones.

En contextos educativos los buenos profesores deben "empatizar” con los alumnos, ponerse en su lugar, entender cómo se sienten. Si se consigue, todo irá mejor favoreciendo la creación de un vínculo más sensible. La empatía es en cierto modo una divisa para estar con los demás, un método para quererles y tratarles. Es la solución al problema de lo humano en el sentido del manual de instrucciones.

¿Cómo se hacen amigos? ¿De qué modo hablar bien con la pareja? ¿Cuál es la mejor vía para dialogar con los hijos? ¿Cómo ser un buen maestro? Empatizando. Decirlo es bastante sencillo, repetirlo más. Pero ¿cómo se logra empatizar? ¿De qué se trata exactamente? ¿No estaremos hablando de otra cosa?

La forma del mito
La empatía es un ideal de nuestra época que adquiere la forma del mito. Un mito es una interpretación: viene a ocupar el lugar de lo que no hay, de una ausencia. La empatía recubre el lugar del vacío entre personas en el individualismo narcisista del mundo contemporáneo que el sociólogo Bauman llamó "amor líquido”. También enmascara el lugar del malentendido que caracteriza a los lazos inciertos y frágiles con los demás.

Por ejemplo: a veces, en clase, nos encontramos con alumnos que no entienden algo y preguntan sin parar. Reaccionan como si el profesor quisiera convencerles de su perspectiva pero no la aceptan. Hay otra cosa en su cabeza que les impide pensar porqué no pueden.
 
El error
La empatía se equivoca al querer adivinar, cuando pretende tener la razón de un falso y certero saber, como el que se esconde en la cabeza del alumno obcecado.

Tienen miedo de comprender, no quieren saber. Siguen preguntando y siguen sin entender las aclaraciones del profesor. ¿Qué sucede en este caso con la empatía? El profesor, para ser empático, debe "adivinar” qué es lo que tienen en la cabeza estos alumnos, hacer un intento por pensar en su lugar. Se trata de intuir qué camino tomó la inquietud de la pregunta inacabable, sí, esa pregunta tan rara que no quiere disolverse en una respuesta prudente.

Sin embargo, la empatía se equivoca al querer adivinar. Encubre la inquietud del otro con una respuesta del tipo: "yo sé por qué lo preguntas de esta manera y tantas veces”. La empatía pretende tener la razón de un falso y certero saber, como el que se esconde en la cabeza del alumno obcecado.

"Sé cómo te sientes”
Se empatiza escuchando lo que el otro no está diciendo para pronunciar la frase: "sé cómo te sientes.” Esta sentencia bloquea cualquier otro sentido que la contradiga. Por eso nunca somos suficientemente empáticos, porque no podemos esperar que se diga otra cosa distinta a la que ya habíamos adivinado.

Tal vez, entonces, se trate de ser menos empáticos, de estar más abiertos a escuchar aunque lo dicho no coincida con nuestra idea previa, concediendo al otro un instante de espera y el derecho a desmentirnos. Al fin y al cabo, el lazo con los demás es eso: una sorpresa interminable, un constante malentendido que nos obliga a seguir hablando, sin que sepamos muy bien de qué.


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