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Virginidad, divino tesoro

Virginidad, divino tesoro
elmundo.es/ Lola Navas
El día que ingerí mi primera hostia me prometí a mí misma que lo de quitarse la virginidad iba a esperar al lecho marital. Mi abuela, la catequesis, Walt Disney y sus malditos príncipes azules, el tutú que llevaba de pura hasta los 40... Todo me impulsaba a conservar mi castidad.

Lástima que la Primera Comunión fuese sólo cosa de un rato. Pasó el tiempo y se me olvidó el Credo, 'Picachu' y hasta 'Mi música es tu voz'. Los vestidos de princesa pasaron a un segundo plano -sí, para mí, el de la Comunión era de princesa-. Las chicas guays llevaban falda y se deshacían en un abrir y cerrar de ojos de mi otrora apreciada virginidad. Porque a esta que está aquí no había quien le quitase el San Benito. Madre de Dios.

La primera en lograrlo -aquello parecía eso, un triunfo, un Oscar, un cheque del Euromillón- fue Carmen. Se estrenó en un campamento de verano, en Oxford. Estaba borracha y usó a modo de cama un espacio de césped detrás de un matorral. Luego le llegó el turno a Isa, con un chico al que conoció por Messenger. La última fue Laura. A ella Cupido le sorprendió en Tuenti -¡Papá! Que en casa, la única fuente de conocimiento virtual fuese la Encarta no era el mejor plan-. Fue la única que limó su pureza con el adolescente que le gustaba, su primer novio. Y la única que confesó que la premiere le había ido fatal.En un parking, en el coche del padre de él, en los asientos traseros. Chicas, os lo prometo, una noche para olvidar.

Y así pasó un curso de la ESO, dos de Bachillerato, una Selectividad... un año de Universidad... De esta guisa hasta los 18. A punto estuve de llegar al ecuador de la carrera pura y casta. Sin comerlo ni beberlo. Porque de verdad, os prometo que no era esa mi intención. Que yo llevaba mucho tiempo queriendo pillar cacho. Como todas las demás.

Pero, Lola, ¿A ti de verdad que te gustan los hombres?, me preguntaron una vez.
Hasta que por fin llegó mi momento. Había cumplido la mayoría edad y caí rendida a los pies de un típico músico, bohemio, artista y sentimental. Por más desgracia que suerte -el sexo del estreno fue un desastre monumental-, me desvirgué con mi amor. Ocurrió una noche de verano. Antes de empezar, él me dijo -otra cosa muy distinta es que yo le creyera- que una vez estuvo siete días con una chica y que de aquella había salido hecho todo un hombretón. Yo, convencida de que mi himen me había abandonado a los ochos años durante una excursión a caballo en una granja escuela, le contesté que, vale, que yo ya le había dado al tema en más de una ocasión.

Al final, un colchón manchado de rojo -no, la clase de hípica no me había violado-, muchos nervios, aún más vergüenza, 20.000 condones desperdiciados, un adolescente primerizo que fue meterla y correrse y una adolescente que sintió un dolor, leve, pero un dolor.

¡Ay,Dolores! Tanto tiempo esperando. Tantos cursos sintiéndose la más tonta, fea y pringada del patio.... ¿Y el tesoro era esto?.

Porque después de aquella noche, yo no me sentía ni más mujer ni menos inocente. Tampoco, más guapa y segura. Podía andar con las dos piernas separadas a una distancia normal y mi vagina no desprendía ni ningún olor ni humor especial. Todo era exactamente igual.

Virginidad, maldita virginidad. ¿Por qué te hiciste tanto de rogar? Te deseé con todas mis fuerzas y quedaste reducida a un mero trámite. Sí, no eres más que eso. Un mero trámite. Un mal trago que toda persona tiene que superar. Cuándo sea, con quién sea y cómo sea, pero a ti se te tiene que superar. Eso sí, una vez que te enfrentamos, las noches de sexo no hacen más que mejorar.





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