La Paz, Bolivia

Jueves 27 de Julio | 16:38 hs

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Guadalupe Peres Cajias
Alias agatha

¡Feliz Año Nuevo!

¡Feliz Año Nuevo!
Portar ropa interior de determinado color. Asegurarse de tener 12 uvas. Reservar una copa para el brindis de la primera campanada. Ubicarse bajo el muérdago. Tener maletas listas que simulen un viaje. Contar billetes que prometan la multiplicación de bienes. Hacer la cuenta regresiva y abrazar, o besar, a alguien que se quiere... Son algunos de los rituales que varios de ustedes habrán desarrollado, o al menos observado, a las 12 de la noche que acaba de transcurrir.
Estas prácticas se habrán ejecutado con ciertas particularidades, acorde a los tipos (y niveles) de creencia, el país de origen y a la herencia familiar, entre otros factores. No obstante, tengo la certeza de que todas ellas compartieron la misma finalidad: augurar un buen año nuevo.
El hecho de celebrar el transcurso del tiempo no es exclusivo del calendario gregoriano, el que ha establecido que hoy es la primera jornada de 2016. Sin embargo, al ser una fecha que se conmemora en distintas latitudes, considero que es una ocasión pertinente para reflexionar  ¿por qué los sujetos  han desarrollado la noción de un año viejo y de uno nuevo?
La primera explicación está vinculada con la sobrevivencia básica de la especie. A medida que los grupos de individuos empezaron a ser más sedentarios debían saber los periodos en los cuales podían contar con determinados elementos para subsistir. Esto se confirmaría con el hallazgo, en 2013, del que fuera el calendario más antiguo, atribuido al Mesolítico y situado en Aberdeenshire, Escocia.
Según los profesores que participaron en ese descubrimiento, V. Gaffney y C. Gaffney, de las universidades de Birmingham y Bradford -respectivamente-, la representación del tiempo estaría evidenciada en los hoyos creados para simular las fases de la Luna. Así, el concepto humano del tiempo lo habrían inventado grupos de cazadores-recolectores, a través del que sería el primer calendario lunar.
Posteriormente, en el Neolítico, se incorporó otro factor al desarrollo del tiempo, también relacionado con la sobrevivencia de los grupos de humanos. Este elemento fue el ciclo agrícola. El trabajo de la tierra caracterizó a esa era y permitió concebir la noción del inicio -con la siembra- y el fin -con la cosecha- de un periodo.
El desarrollo de esta pauta incidió en la que podría ser una segunda explicación a la sistematización del tiempo: la necesidad de construir un orden social. Esto podría advertirse en la influencia del proceso agrícola en la construcción de creencias y rituales particulares, que permitieron formas de ser y estar en sociedad. En muchas civilizaciones, las divinidades estuvieron vinculadas con los beneficios que otorga la  tierra. Por lo mismo, y como ejemplo, "el calendario ritual original de los aymaras se confeccionó en directa relación con el ciclo productivo”, afirmó el investigador  H. van der Berg (s.f.).
Esto también habría ocurrido con el calendario romano, la base del que ahora conocemos como gregoriano, y que hoy advierte el inicio de un nuevo año. Sin embargo, cabe aclarar que esta celebración se producía en el mes de marzo, debido a la llegada de la primavera en el hemisferio norte. Pero Julio César decidió cambiarla al 1 de enero, pues en esta jornada los funcionarios del emperador asumían su cargo.
Así, el tiempo empezaba a vincularse con otro factor en la organización social, la política. Esto también se evidencia en otra alteración que produjera posteriormente Augusto, al añadir un día más al mes que se nombró en su honor (agosto). Este emperador quería tener similar cantidad de días que el mes de Julio, nombrado así en conmemoración de Julio César. De esta manera, Augusto utilizó el poder para alterar el tiempo, justificando su relevancia como líder político.
Curioso ver cómo esto último podría repetirse en Bolivia. Otro "emperador” que busca reconfigurar el calendario político. Su fin no sólo es destacar, sino perpetuarse en el poder. En fin... ¡Feliz año NO-Evo!, estimados lectores.

Guadalupe Peres-Cajías es docente universitaria y especialista en investigación en Comunicación.
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