La Paz, Bolivia

Miércoles 28 de Junio | 17:04 hs

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Lupe Andrade Salmón

Mi transmogrificación

Mi transmogrificación
Hace algunos días, al esparcir champú por mi cabello encontré algo extraño detrás de las orejas.  Sentía hinchazón en ambos lados y mucha sensibilidad.   Me enjuagué rápidamente y salté de la ducha para ver qué había sucedido.  Al secarme los pies, pude constatar que también tenía pequeñas obstrucciones entre los dedos, como si la piel estuviera creciendo.  Además, su tonalidad era extraña, enrojecida y de textura resbalosa.  
 
 No podía ver nada detrás de las orejas (¡haga usted la prueba!), pero luego de un par de maniobras con un espejito de mano pude ver y comprobar que sí, detrás de ambas orejas había una hinchazón rojiza y moteada.  No dolía, pero era muy sensible al tacto y palpitante.  Al mirar la parte de atrás de mi cabeza y cuello  pude ver un pequeño bulto en mi espalda, que parecía estar creciendo. Asustada, dejé caer el espejo, cargándome 20 años de mala suerte encima.  
 
 ¡Cáncer!  Ese fue mi primer pensamiento.  ¡Dios mío, y muy avanzado si está desde la cabeza a los pies!  Sin decir nada a nadie, y menos a mis hijos para que no sufran con la noticia, fui a ver a un viejo amigo médico para contarle mis preocupaciones.  Me examinó y quedó perplejo.  "Nunca he visto nada parecido…”, dijo. "Consultaré con mis colegas oncólogos y un par de expertos en dermatología”.  Sacudió la cabeza, confundido, "nunca he visto un cáncer con este aspecto… y he visto muchos…”. Tomó unas muestras (cosa que sí dolió), sacó un par de fotos con su celular y me recetó una pomada "por si acaso”, prometiendo llamar en cuanto supiera algo.
 
 Llamó al día siguiente y fui a verlo.  El resultado era desconcertante.  El tejido que crecía detrás de las orejas era sano y muy bien irrigado.  Lo que crecía entre los dedos del pie era también tejido sano y de características inusuales.  Con una mirada de bochorno me dijo: "No sabemos qué está pasando,  pero no eres la única… algunos de los colegas han visto casos similares recientemente… y ya se han hecho otras pruebas”. Hizo una pausa: "...te están saliendo agallas, y el tejido de los pies es como el de los pinnípedos: es decir focas y elefantes marinos…”.  
 
 Muy serio, continuó: "Mis colegas y yo creemos que puede haber, aquí en La Paz donde nos adaptamos a todo, una mutación nueva frente a las lluvias constantes y a los suelos paceños que cada día se parecen más a riachuelos, ríos y lagunas”.  "Pero”, dije, "¿el bulto en mi espalda?  Ahh… esa parecería ser otra adaptación parecida a las jorobas de los camellos: allí podrás almacenar agua en épocas de sequía o cuando las autoridades se ‘olviden’ de verificar los niveles y condiciones de las represas”.  Lo miré, atónita. "Creen ellos”, continuó el médico, "que los paceños nos estamos adaptando al cambio climático mucho antes que el resto del mundo, por nuestra especial situación y formas de vida”.
 
¡Ajá! Me sentí mejor. Conque agallas ¿no? Pues ¡bienvenidas sean!  Claro que nos caerían bien agallas para sobrevivir a las inundaciones, las locuras de la política, las sequías, las huelgas y... para estar listos el día en que recuperemos el mar. 
 
Pero me queda algo de temor.  Pese a mi transmogrificación (aún compartida con otros) temo que no estemos a salvo.  El nuevo ministro de Medioambiente y Aguas  no ha dado mayores explicaciones sobre qué pasará si luego de lluvias interminables vienen nuevas sequías.   Quisiera saber qué planes tenemos como país y qué nos espera a los bolivianos si continúan estos extremos climáticos.   Yo quizás estaré a salvo con giba y agallas, pero ¿y los demás?  Ellos son los que verdaderamente me preocupan.
 
Lupe Andrade Salmón es periodista.
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