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La curva recta

De alfombras y funcionarias que salen volando

De alfombras y funcionarias que salen volando
Tengo que confesar que me encantan las alfombras persas y lo hago en tono de confesión porque no deja de tener ese gusto un alguito de snobismo, de wanabee. Tiene que ver con mi primer viaje a Europa y a la suerte que tuve de conocer a unos burgueses alemanes muy potentes económicamente que tenían sus casas llenas de esas maravillosas joyas textiles.
 
Siempre quise comprarme una y no es que jamás tuve la plata junta, alguna vez sí, pero siempre aparecían otras prioridades: sean de salud o de confort. 

 Las alfombras persas son para las personas que les sobra dinero, no es mi caso y tampoco es el de mi país. Por lo mismo, eso de comprar esos objetos decorativos, tan pero tan exclusivos, es algo que simplemente desentona. En primer lugar, con un país que sigue siendo tan pobre como el nuestro y, en segundo lugar, porque somos un país que ha hecho suyo el discurso cacofónico del "vivir bien”, aunque, obviamente, sabemos que eso no se lo cree ni el hermano ministro Choquehuanca. 

En el último escandalete del  superministerio de Economía y Finanzas Públicas  hay algunos detalles que merecen ser mencionados a la pasada. Empecemos por el precio: un promedio de 7.000 bolivianos para cada alfombra, por lo que se me antoja como que, o iban a comprar unas alfombras de muy dudosa calidad, o se trataba de pisitos minúsculos.

Alfombras persas suena a extravagancia supina, a lujo asiático, y lo son, aunque debemos decir que hay otro tipo de lujos que son aún mucho más onerosos y, por ende, más extravagantes, y,  en el caso de Bolivia, eventualmente más obscenos, precisamente porque se necesita el dinero para cosas no sólo primordiales, sino a veces de vida o muerte.

Vayamos enumerando algunos gastos. Por ejemplo, el viaje de los dirigentes de movimientos sociales que costó el doble del dinero asignado para las 30 alfombras, las cuales siquiera se iban a quedar allí. Nadie sabe para qué fueron estos señores a Panamá, qué hicieron y qué beneficios le trajeron al país. Estoy seguro que ni ellos mismos supieron que su viajecito costó más del doble que las dichosas alfombras. Y el Ministro de la Presidencia ya ha declarado, a gritos como es su costumbre, que seguirán tirando la plata así, sólo que multiplicando por 10.

De todas las extravagancias de la corte del hermano Presidente, la más onerosa, la más escandalosa es, sin lugar a dudas, el hecho de que Su Excelencia tenga un avión de las características que conocemos, con un precio de más de 38 millones de dólares y con costos de operación que nunca han sido transparente y oportunamente ofrecidos a la opinión pública.

En un mundo donde las comunicaciones son tan espléndidas, un Presidente no necesitaría moverse de su escritorio y en caso de querer hacerlo, bien podría utilizar las líneas aéreas comerciales, sobre todo siguiendo la idea de austeridad que con tanta insistencia vendió al inicio de su gobierno. 

El que su hubieran echado a dos personas del Ministerio de Economía, responsabilizándolas de ser las artífices de una compra estrafalaria, no es una señal de rechazo al dispendio, sino una muestra de prepotencia, de abuso de autoridad y de falta de respeto, no sólo a la institucionalidad, sino al debido proceso. Las funcionarias cumplieron el patriarcal, colonial y monárquico papel de niños de azotes para  el jefe de esa cartera.

Primero, no hay delito en pretender comprar una pieza de mobiliario, sea este extravagante o no.
 
Segundo, la responsabilidad debería recaer en quien verdaderamente autoriza esos gastos, que por lo que sabemos fue el Ministro en persona. Tercero, lo mínimo que se puede esperar es un proceso administrativo sereno y de seguro que se pueden encontrar muchos atenuantes, considerando precisamente la  gastadora del Gobierno.

Dentro de esa lógica cabría preguntarse si van a haber despidos un tanto extemporáneos por la compra del avión de Evo y por cientos, cuando no miles de otras adquisiciones absurdas.
 
Finalmente, el tema de las funcionarias es también un asunto para el todavía no desgastado Defensor del Pueblo. Sería interesante escuchar la postura de la Defensoría respecto a este atropello a unas trabajadoras del Estado.

Agustin Echalar Ascarrunz es operador de turismo. 
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