La Paz, Bolivia

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Agustín Echalar Ascarrunz
La curva recta

El sombrero

El sombrero
Posiblemente, la primera vez que alguien llevó un sombrero sobre la cabeza en estas tierras fue durante la llegada de Almagro y sus hombres, en el año de 1533. Mucho de los conquistadores han debido portar cascos, pero otros también un sombrero. Este accesorio debió maravillar a los naturales que, como muchas otras cosas que llegaron con los españoles, a ellos no se les había ocurrido todavía.  Aquí la gente se protegía del sol cubriéndose la cabeza con gorros o awayos, algunos bellamente tejidos y que doblados colocaban sobre su cabeza. Los sombreros fueron una revolución, eso sí producto de la conquista, como la escritura y unas cuantas cosas más. 

Estas verdades de Perogrullo se hacen necesarias de ser contadas en estos tiempos de supuesta furiosa descolonización. Si siguiéramos la lógica choquehuanquiana de no leer porque la escritura la trajeron los españoles, tampoco se debería usar sombrero, pero ambos extremos hacen evidentemente mucho daño a la cabeza. 
 
Los sombreros empezaron a elaborarse en la época colonial, pero muchos fueron también importados. Han debido ser bastante caros, pero tenían una utilidad innegable, eso lo sabía cualquier campesino que, es posible, dejará de herencia su sombrero a su siguiente generación. A principios de siglo, la Princesa de la Glorieta, una millonaria y un tanto estrafalaria, pero de buen corazón, se le ocurrió financiar una fábrica de sombreros para abaratar el costo de éstos para los campesinos bolivianos.  
 
Hoy en día se hace muchos aspavientos respecto a que este accesorio tuviera un halo de identidad, y si bien eso es parcialmente cierto, por ejemplo en lo que respecta  a los bombines de las mujeres paceñas, o los sombreros altos y oscuros de las potosinas, o los blancos de las cochabambinas, lo cierto es que el resto de los sombreros, los que se venden en las ferias trashumantes de los valles y el altiplano andino, han perdido ese carácter que, de hecho, sólo era prestado.
 
La ministra Paco ha querido darle una impronta a su imagen usando sombrero, aún en ambientes donde éste es una absoluta superficialidad, digo indoors, y, naturalmente, tiene derecho de hacerlo. ¿Tiene la gente derecho de burlarse de los atuendos estrafalarios?  Tal vez no, tal vez sea una muestra de falta de buenos modales, pero ¿es un acto de racismo? Definitivamente no. Tampoco es necesariamente un acto de discriminación, y si lo es, es un ejemplo débil. 
 
He ahí el problema del proceso que la ministra Paco está siguiendo contra un grupo de políticos opositores al gobierno de Evo Morales. Paco es una mujer poderosa, es la Ministra de Comunicación de un gobierno muy fuerte y suena casi ridículo que ella aduzca que se siente víctima de algo parecido al bulling escolar. La irreverencia hacia los poderosos es parte inherente e importante, (no sólo) de la democracia, y proporciona ciertos equilibrios entre el poder y los gobernados. Antes que ir ante un juez, la Ministra debería recurrir a un psicólogo que la ayude con su autoestima o con un asesor de imagen, como de alguna manera lo tuvo el presidente  Evo, quien ha creado una nueva moda,  bastante sentadora, por cierto. Evo con sombrero mañana tarde y noche, tampoco la tendría fácil.  
 
Lo que está haciendo la ministra Paco es hacer uso y abuso del Ministerio Público en algo que no tiene la menor importancia, haciendo gastar horas de trabajo a fiscales, jueces y demás funcionarios en una querella que no tiene sentido y que devaluó la genuina lucha contra el racismo y la discriminación que existe en nuestro país, y que debe ser combatida seriamente. 
 
La ministra Paco tiene que estar consciente que la crítica hacia ella no es hacia su vestimenta, ni a su origen étnico, ni a su género, es hacia su prepotencia, su ineficiencia, sus limitaciones intelectuales y su falta de transparencia. En descargo a su favor  sólo se puede decir que debe ser extremadamente difícil ser Ministra de Comunicación  de un gobierno como el de Evo Morales.

Agustín Echalar Ascarrunz
 es operador de turismo.
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