La Paz, Bolivia

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Agustín Echalar Ascarrunz
La curva recta

¡Liberen a la madre!

¡Liberen a la madre!
Esta semana hemos presenciado la terrible muerte de una niña, ella aparentemente ha pasado por un verdadero martirio, pero como corolario, estamos presenciando y de palco, posiblemente, una de las mayores injusticias que se haya cometido en los últimos tiempos contra una mujer, contra una madre, si me permiten.

Me refiero a la madre de la niña, que no vivía con ésta. La niña estaba en la casa del padre y de la pareja de éste. Es más, la mujer  no estaba en la ciudad y ha sido acusada de infanticidio; por lo tanto, el día que estaban enterrando a su hija la han llevado a la cárcel.  Se le acusa de ser responsable del supuesto asesinato, por omisión, por haber abandonado a sus hijos, aunque, como sabemos, la niña que murió no estaba abandonada,  vivía con su padre.
 
El fiscal a cargo hizo muy orondo las declaraciones por la televisión. Está,  podría decirse, orgulloso de su labor. Las personas de raciocinio claro no pueden seguir su lógica. 
 
Es posible que haya algún tipo de responsabilidad en el accionar de la madre, aunque es más posible que si de verdad estábamos ante un tipo extremadamente violento e irracional, como aparentemente era el padre de sus hijos, ella sea en realidad una víctima más. 
 
Existe la posibilidad de que el daño irremediable y total que sufrió la niña hubiera podido ser evitado si se hubieran activado las alertas de maltrato a niños en forma oportuna, aunque, como todos sabemos, ese es un espacio difícil.  Ahora bien, el daño, la injusticia que se está cometiendo contra su madre es algo que tiene que ser rectificado ya y que tiene que ser denunciado. El celo desmedido de un fiscal puede llegar a ser delictivo también. 
 
Mientras escribo esta nota acabo de enterarme de que el padre de la niña, acusado de haberla flagelado, está en estado de coma producto de una golpiza propinada por criminales reclusos en el penal a donde fue trasladado.  ¿Y si le pasa algo parecido a la madre? Aclaremos, en ambos casos, más allá del asco y rechazo que se pueda sentir por el supuesto desalmado padre, el Estado boliviano no puede permitirse que se dé una acción de esa naturaleza.  
 
Por lo demás, tengo serios cuestionamientos al trabajo de los fiscales en Bolivia, ágiles para llevar a ciudadanos a prisión y tremendamente obtusos, cuando no corruptos,  a la hora de hacer sus diligencias.
 
No quiero enumerar aquí la cantidad de casos públicamente conocidos que reflejan un accionar de la Fiscalía que debería llevarnos a los bolivianos de la calle al espanto. Basta recordar el caso de la señora Castedo de Aasana, que sabiamente huyó al  Brasil cuando fue acusada penalmente por un fiscal irracional. Los bolivianos tenemos que tener miedo de la justicia y de eso es responsable el Gobierno. El pasado no era perfecto, ni mucho menos, pero diez años y decisiones políticas equivocadas nos han llevado a este estado de cosas.
 
En el caso que nos ocupa, no se puede vislumbrar un interés político o económico para hacer daño a la pobre madre encarcelada y eso me estremece aún más,  porque de ser así siquiera habría un motivo, perverso, inadmisible, pero entendible; en cambio, aquí  vemos una combinación de estulticia y mezquindad que es simplemente aterradora.
 
Tengo la esperanza de que cuando esta columna esté impresa ya sea extemporánea  y la mujer haya sido liberada. Si no es así, estimado lector, siéntase culpable, porque usted no está haciendo algo para que no se cometa esta terrible injustica. Estamos, además, ante un emblemático caso de maltrato a una mujer por parte del Estado.  Este es el momento en que Evo, los ministros, los senadores, los diputados,  todos deberían manifestarse.  
 
¡Liberen a la mamá de Abigail ya!

Agustín Echalar Ascarrunz
 es operador de turismo.
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