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La curva recta

De cambios de gabinete y columnas

De cambios de gabinete y columnas
En mi columna de la semana pasada me referí al exministro de Culturas y escribí que éste había sido echado el 22 de enero,  el día del cambio del gabinete. El mismo domingo recibí un mensaje de su padre, haciéndome notar el error y planteando un reclamo, que considero justo.
 
Evidentemente, hay una diferencia entre que un alto funcionario sea echado y en que se le acepte la renuncia colectiva, que formuló junto a sus otros colegas de gabinete, como es la actual tradición en Palacio Quemado cada año.  Utilizo esta columna para presentar mis disculpas, porque estoy convencido de que una columna de opinión no debe tener gafes de esa naturaleza.

La verdad no debe ser torcida, no se puede ser injusto con un funcionario, porque es algo que puede, además, causar dolor o indignación a los padres y familiares. Creo que esos son sentimientos que deben ser respetados porque son genuinos: una injusticia cometida contra un hijo molesta más que una cometida contra uno mismo. Pienso en la madre de Michael Dwyer, que podemos estar seguros no cejará hasta hallar justicia con el encarcelamiento de los responsables de la muerte de su hijo.

Naturalmente, este episodio me ha llevado a más reflexiones. La malhadada frase era innecesaria, pero fue  colocada como una especie de revancha por esa perversa situación que estamos viviendo con el Ministerio de Culturas, que se ha dedicado a organizar, nada más ni nada menos, ese depredatorio espectáculo del Dakar, algo tan contradictorio, como la aseveración de otro ministro -a quien también se le aceptó gentilmente su dimisión el 22 de enero- que en forma casi histérica aseveró que el Dakar era descolonizador.

 A ese despropósito fenomenal se suma la desproporcionada inversión en un museo hecho para engrandecer la imagen del hombre más poderoso del país y que el proclamado hombre más humilde pretende -y lo ha dicho de boca propia- sea declarado patrimonio de la humanidad.
 
También está el famoso Premio Eduardo Abaroa que, pese a llevar el casi sagrado nombre del héroe máximo de Bolivia, contamina a las artes, porque las lleva al molino de la política internacional de Evo Morales, que recae, querámoslo o no, en la política interna. Los premios a las artes y a las ciencias deberían simplemente llamarse premios plurinacionales.

Y vuelvo al tema  porque  estoy indignado con cómo se lleva el tema de culturas en nuestro país,  pero  tal parece que el exministro en cuestión cumplió a plenitud las expectativas que se tenían de él en esas funciones y, precisamente por eso, era un exceso deducir que hubiera sido echado. 

No, no es un problema del titular, lo que aterra es que la concepción del Gobierno, respecto a  lo que debe ser un Ministerio de Culturas, parece estar extremadamente alejada de lo que en términos generales se podría entender de una cartera así llamada, si hacemos una comparación con nuestro hermano siamés del otro lado del Titicaca, por ejemplo. Hay rumores de que en 2017 el Dakar no pasará por Bolivia (por la mala pasada que le han hecho este año los dioses de la lluvia), eso será lo mejor que le podría pasar a la flamante Ministra de Culturas, quien, a estas alturas, seguramente ya ha sido informada de que el museo de Orinoca no es el más grande de América Latina y, por supuesto, ni de lejos el más importante, y que podrá dedicar sus energías y el dinero que dispondrá en asuntos más importantes dentro del ámbito que corresponde a su despacho.

Finalmente, vale la pena reflexionar respecto a la forma cómo se hacen los cambios de ministros en nuestro país. Sabemos que la Ministra del Agua merecía ser echada. De no ser por su renuncia intempestiva, para evitar el bochorno de una interpelación, ella también hubiera estado entre los renunciantes del 22. Oficialmente, no se sabe por qué se van unos ministros y se quedan otros. Lo que se escucha en los corredores del poder y de los trascendidos es mucho, pero esa manera hermética de cambios en el personal jerárquico de nuestro país no deja de ser muestra de una manera vertical y no transparente de manejar la cosa pública.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador  de turismo. 
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