La Paz, Bolivia

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Agustín Echalar Ascarrunz
La curva recta

Museos, Dakar, turismo y cultura

Museos, Dakar, turismo y cultura
El Dakar este año estuvo más politizado que nunca. En primer lugar porque es una propuesta política del Gobierno y, en segundo lugar, porque quienes están descontentos con éste han querido utilizarlo para arruinarle la fiesta al oficialismo.Ahora, con agua 12 horas al día en la zona Sur, se puede ver las cosas con más calma. No crea usted estimado lector que voy a comenzar con una loa a ese sui géneris evento, tengo el peor concepto del mismo y creo, además, que el que sea promocionado y financiado por un gobierno que se dice descolonizador y de izquierda es un tremendo absurdo, pero en esta columna me quiero concentrar en otro aspecto, y es el turístico. 

El Ministro de Cultura y Turismo se ha lanzado con una cifra muy alegre respecto al efecto económico que hubiera tenido ese evento. No es este el espacio para refutarlas, pero hay algo claro:  un evento que una vez al año mueve a miles o cientos de miles de personas no es algo que aporte en forma sostenible al turismo.  Es ridículo construir infraestructura, alojamientos u hoteles para que sean utilizados sólo por una noche al año, por dos o por cinco. Una actividad así no genera empleos estables,  sólo trabajo esporádico. Este tipo de actividad da un poco de dinero pero no mejora la vida de las gentes. 
 
Pasa algo parecido con eventos como el Carnaval de Oruro, bella fiesta folklórica, interesante celebración religioso orgiástica, que sin embargo no logra ser un motor para el desarrollo de una actividad hotelera o gastronómica en la ciudad del Pagador. Pasa lo mismo en la gastronomía.
 
Es por eso que el Dakar o una gran fiesta folklórica, más allá de que guste a unos, deben ser tomados como algo extremamente lateral, no  una prioridad. 
 
La construcción de un museo, por el contrario, sí puede convertirse en un atractivo turístico sostenible,  menos glamoroso, menos multitudinario, pero puede crear una actividad turística constante. El fenómeno Evo Morales, la historia del hijo de campesinos de una zona extremadamente agreste y dura en el altiplano boliviano, y su periplo hasta convertirse en presidente de su país, es una buena historia y su casa, su pueblo, pueden ser un atractivo turístico que no atraerá multitudes de turistas, pero sí tiene su nicho. La idea no es nada mala y  podría generar algunos ingresos al pequeño pueblo de marras.
 
Ahora bien, no crea usted estimado lector que me estoy acercando demasiado a los repentinamente famosos pectorales del jiliri irpiri, el asunto es que todo depende del cómo y del cuánto. La suma empleada para el Museo de Orinoca es estrafalaria. La nueva Ministra de Culturas ha dicho que se trata del museo más grande de Latinoamérica,  no debe ser cierto, pero si lo fuera, el pecado sería mayor. Una exposición discreta hubiera sido un complemento ideal para quienes se interesan en los orígenes del presidente indígena; un mega edificio de dudoso valor arquitectónico es una estridencia que en realidad va contra la imagen del mandatario y el llamado proceso de cambio.
 
Los excesos siempre han sido dudosos, aún en tiempos de Luis XIV.  Bolivia es un país pequeño, le iría mucho mejor con museos pequeños. Hay algunos estatales, municipales, de las universidades y hasta privados que valen más y entonan mejor que un inmenso mamotreto. Pienso en el museito de metales preciosos en la calle Jaén, en nuestro Museo Nacional de Arte, en la desaparecida casa de Marina Nuñez, que era un oasis sopocacheño,  en el Museo de Asur en Sucre o en el del altiplano a orillas del lago Titicaca,  de una importante empresa de turismo,  o  en los armados últimamente por Mariano Baptista  y creo que ese tipo de repositorios reflejan más nuestro ajayu. 
 
Agustín Echalar Ascarrunz 
es operador de turismo.
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