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La curva recta

La solemnidad por los suelos

La solemnidad por los suelos
El momento cumbre, el Zenit de las celebraciones en conmemoración a la toma del pueblo de Calama y la heroica defensa  que trataron de hacer sus pobladores ha sido sin lugar a dudas el resbalón de la urna que contenía  los restos de don Ladislao Cabrera,  cuando estaban por devolverla a su lugar de reposo-exposición en la ciudad de Sucre. Los pobres amarillos de Bolivia hicieron un cierto papelón, aunque debo decir que solucionaron el problema con gracia y gallardía la reposición de la urna sobre el anda. Tuvo lugar en poco menos de 20 segundos y los soldados mantuvieron su paso casi sin inmutarse.

Es posible que algunos descendientes del señor Cabrera se hayan podido sentir molestos y dolidos por esa poco grandiosa escena, pero si éstos existen, en parte son responsables de que algo así haya tenido lugar, son ellos los que seguramente autorizaron  el desfile anual de los restos de su ancestro  y, bueno, accidentes pasan. Tampoco fue nada grave, a fin de cuentas, los difuntos no sienten.

La escena es hilarante y se ha viralizado en   internet y estoy seguro de que eso nos va a hacer un enorme bien como sociedad. Somos un país que necesita aprender a reírse de sí mismo. Nos urge quitarnos la pátina de solemnidad que tanto nos perjudica en la vida privada y en la pública y posiblemente no hay un tema más solemne para una buena parte de los bolivianos que el del mar.

Tengo una profunda aversión por los desfiles, la última vez que asistí a un desfile fue el año que salí bachiller, para el 6 de agosto, y recuerdo todavía los ridículos ensayos que hicimos por varias horas las semanas anteriores a la magna fecha,  y yo con mis dos pies izquierdos, y el día D, en que con el ternito azul me calciné bajo el penetrante cielo azul de agosto, cuando nos tocaba pararnos al sol.   Me congelé  cuando quedamos varados a la sombra, y me aburrí ininterrumpidamente.

Estoy feliz de que ese ejercicio me ha sido ahorrado posteriormente a lo largo de mi vida adulta, y  estoy seguro que en el futuro no tendrá lugar. 

Fue precisamente el detalle de marcha, el espíritu militarote del amaestramiento a los niños que hace la ex diputada movimientista Sandoval en Santa Cruz el que me revela y me indispone.  Por eso el tener que vivir mi ciudad y mi país, en una especie de orgía de  desfiles durante tres días seguidos,  ha sido una sobredosis de espanto y  la escena de los amarillos ha terminado siendo un refrescante bálsamo.

El sacar a airear una vez al año a nuestros héroes, no me parece un despropósito muy grande; a fin de cuentas de ese modo seguimos la ancestral tradición incaica de las procesiones de momias. El honrar a los hombres que dieron su vida por Bolivia  no sólo no es criticable, sino que es necesario;  un homenaje sobrio a Abaroa cada 23 de marzo no es una mala idea, pero lo que se ha vivido la semana que ha pasado ha sido una exageración que simplemente deja de ser racional, sobre todo por el tono reivindicativo de la conmemoración,  considerando en primer lugar que Bolivia no tiene la menor  posibilidad de recuperar el Litoral, como lo dice  la ingenua canción marcial, que dicho sea de paso se estaba tocando en ese momento.

Finalmente, sigo preguntándome cómo es posible que la gente tenga un compromiso tan profundo con un evento histórico acaecido hace casi siglo y medio,  hay algo que no cuadra en eso, me preocupa, me disgusta y a la vez me hace sentirme  un paria, porque busco y busco, y no logro sentir que el mar es mi casa, yo soy de las montañas.

Hago votos porque los soldados  de la escena de marras no sean castigados y espero que el Defensor del Pueblo eche una miradita por allí, para evitar desmanes por parte de los superiores de esos jóvenes,  y que la gente se ría porque es una escena genial.        

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.   
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