La Paz, Bolivia

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Agustín Echalar Ascarrunz
La curva recta

De austeridad y fariseísmo

De austeridad y fariseísmo
Gracias a una entrevista realizada por Página Siete al tercer hombre del Estado Plurinacional, don Gringo Gonzales, me he enterado que él, quien es nada menos que el presidente del Senado -y si algo les pasara al Presidente y al Vicepresidente llegaría a ser Presidente de Bolivia- ha prescindido de algunas o casi todas las canonjías que su alto cargo le conceden.

Me he enterado que no quiere un coche oficial, ni guardaespaldas, que para trasladarse de su casa a la plaza Murillo utiliza ante todo un minibús.

Sólo se le puede felicitar por ese gesto. En primer lugar porque eso lo puede llevar a contactarse, a menudo y en forma natural, con la población, algo importante para un político, en general, y para alguien que tiene aspiraciones, en partícular; y de seguro que don Gringo las tiene. No se llega a donde él llegó a regañadientes o porque en el fondo uno prefiera la calma del claustro.

Por el otro lado, su mensaje de mostrarse como un ciudadano más, como el tercer servidor de la patria, y no como una autoridad demasiado parecida a un cacique, a un curaca o a un grande de España, es algo que aparte de refrescar el ambiente político actual, es tremendamente importante en un momento del proceso de cambio en el que buena parte de lo que puede enamorar de esa tendencia ha ido desapareciendo.

No crea usted, estimado lector, que es la primera vez que se da una situación así. Mi madre me contaba que cuando ella era una niña, yendo a la adolescencia, al inicio de los 30, el entonces presidente de Bolivia, que vivía en El Prado, iba hasta la plaza Murillo caminando, acompañado de su hija. Mi madre que vivía en las inmediaciones de la plaza y bajaba a su escuela, en la avenida Arce, se encontraba regularmente con él, y éste le hacía un paternal cariño en la cabeza mientras se saludaban.

Sí, las altas autoridades deberían tratar de ir a pie o en minibús. Dicho sea de paso, he visto a por lo menos una exministra del actual régimen hacer lo propio. El gesto es válido e importante, aunque eso no hace necesariamente a quien lo ejecuta un gran hombre de Estado. De cualquier manera, el modus vivendi del Gringo, esos gestos de austeridad y sencillez, no dejan de ser unas fuertes llamadas de atención, casi una bofetada o una jalada de orejas al Primer Mandatario de este país. 

No, no crea usted que creo que don Evo debe moverse en minibús; por supuesto que no, pero vale la pena recordar que es el más caro de los presidentes que jamás tuvo Bolivia, y que su avión, de 38 millones de dólares, no deja de ser un insulto para todos los bolivianos de escasos recursos y con problemas de salud o desempleo. El avión es algo extraordinariamente craso. El día en que don Evo deje de ser presidente se pondrá en evidencia que no era un gasto inherente al cargo y a las funciones del presidente del país, sino un artefacto comprado para el uso y abuso de la persona.

Lo único que no cuadra en esa actitud a favor de la sencillez, en ese devolver los viáticos del Gringo ( algo que debería ser la norma, por cierto),  es que él es, junto a doña Gabriela Montaño, la cabeza del Poder Legislativo, que está construyendo el edificio de la Asamblea Plurinacional. El problema es que aparte de la destrucción del entorno urbano, se está haciendo una construcción faraónica, con un costo por metro cuadrado muy superior al de los edificios de lujo de la zona Sur de La Paz. No queremos creer que haya un sobreprecio injustificado, pero precisamente porque se trata de una construcción de extremo lujo, nos enfrentamos al tema de esta columna. ¿No es un acto de extremo fariseísmo el pretender ahorrar en el uso de un carro y un chofer, y al mismo tiempo apañar un gasto tan insulso? 

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo.
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