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Agustín Echalar Ascarrunz
La curva recta

El Tomasito peruano

El Tomasito peruano
Hace algunos años hice un viaje casi nocturno entre Juliaca y Arequipa, en taxi. Había perdido el avión y me tocaba alcanzar un vuelo que me llevara a Lima desde la ciudad blanca. En el trayecto me puse a charlar con el chofer, y éste me contó su singular historia. Era de un pueblito perdido en el valle Sagrado, cerca del Cusco, y había sido llegado a Lima a sus 11 años. Un pariente de su padre lo convenció de irse con él a la gran ciudad. Allí, le dijo, él acompañaría a su pequeño hijo e iría a la escuela. Él por su lado tenía muchas ganas de salir de su casa y de su pueblo. De la casa, porque su papá lo pegaba frecuentemente, y del pueblo porque su profesor, que era muy bueno y a quien él admiraba, les decía siempre que debían salir, que debían conocer mundo, que esa vida en el campo no era vida.
 
Y así, sin más ni más, con la aquiescencia de sus padres, partió con este casi pariente.  Me contó que bajaron de la sierra hasta Arequipa, y de ahí a Camaná. Allí vio por primera vez el mar, porque para los serranos peruanos, la lejanía de éste es tan grande como la de los bolivianos, aunque sin rencor. Y fue en esa playa que su "benefactor” le dijo que en la costa no podía estar con trajes de la sierra que eran de lana y hechos en casa; le compró unos pantaloncillos cortos, una polera y el niño decidió tirar al mar sus pilchas andinas y se sintió muy feliz. Ese viaje fue una secuencia de días muy felices, casi de los más felices que vivió en su niñez, me dijo.
 
Cuando llegó a Lima, las cosas cambiaron radicalmente. Si estaba el niño, pero él no estaba para jugar con éste, tampoco hubo escuela. El pequeño andino fue obligado a ir a trabajar; tenía que ir a vender especias que el maldito "benefactor” embolsaba, y tenía que volver con las cuentas claras. Si le faltaba un sol, le esperaba una tunda. Una vez quiso escapar y recibió una mayor. Le hacían dormir en el zaguán de la casa, que en verano era fresco, pero helado en el invierno, y cuando en esos meses húmedos limeños él se refugiaba en el sofá de la sala de la casa, si lo pescaban podía recibir también una paliza.
 
Aguantó algo más de siete años y a los 18 escapó. Cuando le pregunté por qué no había huido antes, si iba solo al mercado a vender, si no estaba encerrado, me contó que moría de miedo, que su captor le había dicho que los policías estaban allí para pescar a los niños como él que se escapaban, y que los llevaban a lugares donde nunca más les dejaban ver el sol. Un día se encontró con un joven, hizo amistad con él, y éste le aclaró que todo era mentira. No volvió a la casa, pero igual sintió tanto miedo que se escapó lo más lejos posible. Por eso terminó en Juliaca. Allí conoció a la que sería su mujer; una señora de ñeque, y ahora ellos tenían un buen negocio, además de ese taxi especial que podía hacer viajes largos, y una casa de cuatro pisos. Su historia tuvo un final feliz y él me dijo que no tenía amargura, pero que sí tenía planeado iniciar algún día un juicio al canalla que lo llevó con engaños a Lima y lo retuvo esclavizado durante toda su adolescencia.
 
La historia me dejó perplejo y era tremendamente genuina, precisamente porque fue contada en esos paréntesis, donde los extraños cuentan sus historias a otros extraños. La semana pasada, cuando leí sobre el caso de Tomasita, no pude dejar de recordar ese viaje de cuatro horas que se hizo corto.
 
No conozco los pormenores de lo que pasó con Tomasita, pero lo que aprendí aquella noche  es que la trata de menores sí existe en el Ande, y aprendí también cuán frágiles pueden ser los niños y jóvenes del campo, sobre todo hasta hace poco, cuando la información era aún muy restringida.  Este es un problema que debe ser incluido en la agenda de la protección a las personas. No se trata de un caso aislado, los sistemas de servidumbre han pervivido o perviven en nuestras pobres sociedades hasta nuestros días.
 
Agustín Echalar es operador de turismo.
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