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Agustín Echalar Ascarrunz
La curva recta

Evo y lo que dicen que no dijo

Evo y lo que dicen que no dijo
En la película "El último emperador”, de Bertolucci, hay una escena en la que el preceptor inglés le explica a su pupilo, el joven emperador chino, la importancia de saber expresarse bien. Traducido al castellano, lo que le dice es que "un hombre de bien debe decir lo que piensa y pensar lo que dice”. Gentleman  es la palabra que usa el preceptor imperialista, lo cual traducido a castizo sería tal vez hidalgo; y a incaico, como diría el ex canciller Choquehuanca, "Kapac”. 
 
En efecto, la palabra de un hombre de bien, de un señor, de un hidalgo, de un Kapac, y por supuesto de un Presidente de un país, debe ser confiable. Este debe poder expresarse adecuadamente, debe poder decir lo que piensa, y debe también pensar antes de proferir una oración. Eso vale para cualquier geografía y para cualquier momento histórico. 
 
Una vez más don Evo Morales nos ha defraudado por decir una cosa por otra. Ha invitado a los expresidentes de Bolivia a hacer una visita al TIPNIS, y cuando la invitación que tenía tintes de desafío ha sido aceptada, ha reculado de una manera muy penosa. La ministra López ha salido por los fueros del Primer Mandatario y aunque en realidad se podría interpretar su explicación como un paternalista: "él no sabe lo que dice, y en realidad estaba queriendo decir otra cosa”, ha terminado haciendo una apología a la tergiversación. Triste es el papel que han jugado y juegan los ministros de comunicaciones de presidentes como Evo.
 
Una invitación a una, un tanto incómoda, excursión, y su posterior desinvitación, no serían verdaderamente trascendentales. Más allá de la enorme importancia que tiene el origen de este sainete, vale decir, nada menos que el futuro de un parque nacional. El problema con el Presidente es que en asuntos mucho más importantes también ha dicho una cosa por otra. Está su declaración de haber tenido un hijo, hecha públicamente y casi en cadena nacional, y corroborando el certificado de nacimiento de un niño que fue inscrito en el registro civil del país, y resulta que el Presidente en realidad no sabía lo que decía, porque parece ser que nunca engendró ese hijo. Sería interesante escuchar a la ministra López la explicación de este hecho.
 
Lejos de la esfera personal, que no debe ser aislada de la pública, el Presidente ha dicho que iba a respetar el referendo del 21 de febrero del año pasado, algo que ni siquiera debía ser mencionado, porque esa es su principal obligación, respetar la ley; sin embargo, ahora está orquestando un proceso para ser reelegido. 
 
Don Evo parece ser que no tiene palabra, ni en las cosas grandes ni en las relativamente pequeñas. Triste característica.
 
La última mentirita de su Excelencia ha ido además condimentada de una coprolalia que no hace bien a la vida pública, ni a la investidura de la Presidencia del país. 
 
Después de 11 años, uno podría esperar de su Excelencia un mayor cuidado en el lenguaje, por más que en general, y no sólo por su edad, él ya no sea un buen objeto de aprendizaje.
 
Los bolivianos, y ante todo los de la región andina, tenemos una forma de expresarnos muy delicada, casi cursi, dirían algunos. El Presidente ha violentado con sus expresiones el pudor, no de los pacatos, sino de la gente en general. 
 
Evo ha sido extremadamente vulgar al referirse a las incomodidades de no tener un cuarto de baño o un inodoro, y sin querer ha rendido honores a la modernidad y a cierto colonialismo que sin lugar a dudas es beneficioso. El imperio introdujo y popularizó, en el siglo XX, mejoras higiénicas extremadamente importantes. En Bolivia estamos también en ese rubro a medio camino. Y algo más: las carreteras no garantizan inodoros a nadie; ambos aspectos de la modernidad son independientes.

Agustín Echalar Ascarrunz es operador de turismo
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