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Destrucción, producción, empleo y durabilidad

Destrucción, producción, empleo y durabilidad
Tal como lo manifesté tiempo atrás, la destrucción creativa global se ha acelerado y en estos últimos años lo hizo con mayor fuerza. Hemos caído en lo que el sociólogo Vance Packard llamó, hace más de  medio siglo, la "obsolescencia creada”, al estudiar las formas ocultas de la propaganda y otras persuasiones para  incentivar al comprador.

Al margen de la positiva innovación y de su inevitable fase de destrucción  creativa -como cuando se pasó del carruaje de caballos al automóvil y casos similares-, en muchos procesos actuales la "finitud” está marcada de antemano. "Se garantiza este televisor por ‘x’ horas”, se dice. Es usual escuchar "un celular por encima de dos años de antigüedad debe estar en el museo” y frases por el estilo. La propia sociedad de consumo nos acelera -y nos induce psicológicamente- para que el cambio tenga lugar en plazos cada vez más breves. Al final, no importa si un bien aún útil fue programado para durar poco; nuestras mentes ya internalizaron la brevedad de su uso y lo "obligatorio”  del cambio, aunque todavía no sea ese el caso ni le haya llegado su hora final. El propio consumidor se adelanta al ciclo de la obsolescencia planificada.

Frente a una exagerada destrucción que a ratos no es ni siquiera creativa, en las economías emergentes está volviendo a surgir el concepto de durabilidad. Y eso es bueno, porque nuestras sociedades en desarrollo carecen de grandes dosis de capital pero sí tienen fuertes contingentes de trabajo, el segundo factor básico de la función de producción. Preferiblemente, en lugar de usar mucho capital, nuestro modelo productivo debería ser de trabajo intensivo. 

Si una planta textil automatizada ocupa sólo 10 operarios, lo ideal sería en países como Bolivia que más bien esa planta tenga menos tecnología (menos capital) y ocupe 200 obreros.
 
Crearíamos más fuentes de trabajo produciendo igual y con la misma calidad, pero aquí entran a tallar factores extra económicos. La legislación laboral se ha hecho tan complicada en los países del Tercer Mundo que en lugar de beneficiar al trabajador ha generado un efecto perverso con resultados contrarios al esperado: la excesiva protección del empleado inhibe las contrataciones.
 
Por eso muchos empresarios prefieren fórmulas de capital intensivo y utilizan el mínimo de personal. He aquí el fruto de una irracionalidad política anterior. El trabajador precisa protección sí, pero mesurada, un exceso sólo conducirá (ya lo viene haciendo) a una mayor desocupación.

 Si llegáramos a combinar dosis de trabajo intensivo en la función producción con el concepto de  durabilidad de lo producido, andaríamos mucho mejor. Algo ya se está haciendo en algunos lugares. Corresponde que los Estados emergentes retomen el concepto de durabilidad, máxime por nuestra escasa dosis de capital frente a una buena cantidad de mano de obra disponible. Debemos, en nuestras sociedades, dar trabajo, no dejar parados a individuos que por su desesperación tal vez pasarán a ser delincuentes o extremistas. Pero para ello hace falta que cambie la legislación laboral. Ésta, en lugar de incentivar generación de empleos, hoy en día los retrae. 

Según los crecientes partidarios de las  -muy en onda- economías "circular” y "azul”, urge proseguir alargando la vida de los productos y reutilizar sus desechos o reciclarlos, en lugar de programar de antemano su extinción y pérdida de valor. Sobre eso volveremos en otra oportunidad.

Agustín Saavedra Weise  es economista y politólogo.
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