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Agustin Saavedra Weise
Ventana al mundo

Inglaterra y Europa: dos mundos distintos

Inglaterra y Europa: dos mundos distintos
Isabel I (1533-1603), última monarca de la dinastía Tudor y gestora del dominio oceánico inglés, una vez dijo algo así como: "Gran Bretaña no tiene intereses en Europa, lo que le interesa es ser dueña de los mares”. Sir Winston Churchill parafrasearía -en otro contexto y en otro tiempo- esa famosa sentencia. Un breve repaso de la historia de Inglaterra -la parte más importante y vital del Reino Unido- podría haber pronosticado el éxito del "Brexit” sin tanta alharaca ni tinta derramada. Los ingleses nunca se consideraron 100% europeos, ingresaron a la Comunidad casi forzados. Además, Charles De Gaulle les dificultó el acceso. Los galos  miraron con interés su reconciliación en exclusividad con Alemania, no así el ingreso de Albión, el verdadero enemigo de Francia durante siglos.

La relación inglesa con el "continente” (así llaman a Europa) siempre fue peculiar. Londres intervenía en las pugnas europeas sólo cuando peligraba el equilibrio de poder. Los ingleses querían un continente sin hegemonías; cuando alguna pretendía surgir, lo impedían o trataban de terminar rápidamente con el aspirante de turno. Si los zares rusos tenían la meta geopolítica de acceder a mares cálidos, ahí estaba Gran Bretaña para frenarlos, como sucedió con la Guerra de Crimea. 
 
Si Napoleón pretendió conquistar Europa e invadir al Reino Unido para vengar lo que el propio emperador llamó "500 años de humillación”, he aquí que los ingleses  -mediante el genial Almirante Nelson, inmolado en el combate- destrozaron la flota de Bonaparte en Trafalgar y finalmente vencieron al corso en Waterloo, con el Duque de Wellington al frente de una coalición. Más adelante el Káiser alemán pretendió rivalizar en los mares. 
Nuevamente aparecieron los británicos para derrotarlo con la ayuda de sus aliados entre 1914 y 1918. En 1939 Adolf Hitler inició su conquista de Europa; se rompió el equilibrio de poder. Londres declaró la guerra a Berlín y resistió hasta que su "hijo” -Estados Unidos- vino al rescate, con la ayuda inestimable  -en paralelo- de la Unión Soviética, potencia que llevó el mayor peso de la contienda y verdadera vencedora del Tercer Reich. 
 
 Con inventiva para acuñar frases memorables o parafrasear con inteligencia las de otros, Churchill popularizó en Occidente el concepto de "telón de acero” original de Goebbels y alertó acerca de la "cortina de hierro” que Moscú levantaba en la posguerra. Se logró un equilibrio de poder -esta vez mundial- entre las zonas de influencia norteamericana y soviética que duró hasta el fin de la guerra fría.
 
  Hay otros ejemplos -bélicos y diplomáticos- sobre el accionar de los ingleses en Europa, siempre para restaurar equilibrios  e impedir hegemonías, nunca para integrarse. Y mientras, el Reino Unido pasó a ocupar colonialmente la cuarta parte del globo gracias a su invencible dominio del mar. Esa vocación marítima la tuvo Inglaterra desde sus albores; se vio ayudada por la abundancia en su territorio de madera, en ese entonces materia prima esencial para construir navíos. 
 
La talasocracia inglesa decayó desde principios del siglo XX. Cedió su lugar a los Estados Unidos, país que actualmente ostenta un poder marítimo indiscutible con 19 portaaviones distribuidos en los siete mares con sus respectivas flotas regionales.
 
Quedan pendientes temas profundos acerca de la salida del Reino Unido de la UE, las válidas preocupaciones de Escocia y varios asuntos más, pero ésa será otra historia. Lo válido hoy: verificar que Inglaterra jamás se pensó a sí misma como parte integral de Europa

Agustín Saavedra Weise es economista y politólogo.
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