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Economía de papel

Libertad

Libertad
Pregunté a un grupo de alumnos de posgrado si son libres. Todos contestaron con un sí que no dejaba dudas de su convencimiento. Eran unas 30 personas que no veían restricciones en su quehacer cotidiano. Insistí y pregunté en qué aspectos ejercían su libertad. La respuesta fue simple: pueden ir a donde quieran, pueden comprar o vender lo que quieran, incluso creían que pueden expresarse con amplia libertad.

 No quise indagar acerca de determinados condicionamientos resultantes de su crianza familiar o escolar, para no adentrarme en un terreno psicológico que para mí es ancho y ajeno. Pero sí inquirí acerca de si se hallaban libres para comprar o vender lo que quieran. La respuesta fue nuevamente un rotundo sí, con la aclaración de que no se trate de alguna sustancia prohibida.
 
Continué con mi interrogatorio averiguando si las 18 mujeres del grupo podían ingresar al mercado de trabajo sin restricción alguna. La respuesta ya no fue tan segura: las que son madres dijeron que debían cuidar de sus hijos y que, de  vez en cuando, sentían que los permisos para llevar al médico a sus retoños sacaban de los jefes más de un refunfuño. No faltaron las que dijeron que renunciaron a trabajar para cuidar de ellos o que algunas solicitudes de trabajo fueron rechazadas por encontrarse en edad fértil y con alta probabilidad de casarse.
 
Aproveché entonces para averiguar si ganaban igual que los hombres de formación profesional equivalente: salvo cuatro mujeres, el resto dijo que sus remuneraciones eran menor a la de los hombres.

 Luego exploré acerca de sus familiares varones y pregunté si en casa éstos realizaban las mismas tareas domésticas. La respuesta dejó escapar más de una sonrisa y todas coincidieron que los hombres no hacen camas, no lavan la ropa o los platos, tareas que, en general, se consideran exclusivas de las mujeres y que para las cuales no tienen libertad de elegir entre hacerlas o no.

 Todo lo anterior ha sido explorado en más de un estudio para demostrar la ausencia de libertades que conlleva el género. Por eso llevo mi análisis a otro campo relacionado con el ejercicio de la libertad, las restricciones que se observan en distintos ámbitos relacionados con salud y educación abundan. En más de un centro de salud el servicio es tan deficiente que la única libertad que a muchos ciudadanos les queda es la de arriesgarse a una mala práctica por la ausencia de médicos especializados o la presencia de profesionales deficientemente formados.  Los recién egresados que se especializan, por ejemplo en cardiología o nefrología, no se quedarán en Bolivia porque en cualquier país vecino el salario inicial que les ofrecen supera en al menos seis veces lo que ganarían quedándose en este país. Ni hablar ya de la ausencia de libertad de aquellos niños que el azar los hizo nacer en un hogar pobre, donde la mala nutrición no les permitirá un sano desarrollo cerebral.

 Lo propio ocurre si se espera una educación de mejor calidad. En general, en todos los grados educativos, particularmente de escuelas públicas, los salarios de los maestros no conducen a una mejora educacional y condicionan a los niños a recibir una deficiente preparación para su vida futura.

 Estos aspectos, que abundan en lo cotidiano de esta sociedad, cierran las posibilidades futuras de un pleno desarrollo a miles de ciudadanos bolivianos. A ellos se les niega sistemáticamente la libertad de una mejor calidad de vida. Lo peor de todo es  que no tienen o no tuvieron ni la más mínima libertad de evitar las condiciones de pobreza catastrófica en las que nacen o nacieron. Lo cierto es que en Bolivia se evita hablar seriamente de cómo alcanzar una real libertad humana.

Alberto Bonadona Cossío es economista.
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