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Proteccionismo en ascenso

Proteccionismo en ascenso
El mundo entero está viviendo una época oscura. Es una época de desconcierto y de tenebrosas propuestas que emergen con amargo sabor a resentimiento. Oír al estadounidense Trump o a la francesa hija de Le Pen produce escalofríos, particularmente cuando se refieren a la gran migración que fluye a sus países. Fácilmente concluyen que deben cerrar sus puertas, no sólo a la migración, sino al libre comercio de bienes y servicios. Ven en lo que proviene de fuera, a la causa de todos sus males, que los exageran ante poblaciones que se encuentran desempleadas y tienen la necesidad de rastrear a los demonios que causan sus pesares.
 
En Bolivia nunca hubo grandes olas migratorias y, en balance, Bolivia expulsa más gente de la que recibe. Lo que sí atosiga a los sectores productores y del comercio son enormes cantidades de productos provenientes de todas las latitudes. Productos nuevos o usados, no interesa,  inundan los mercados departamentales y hacen que se emitan gritos proclamando la necesidad de proteger lo boliviano. El gran problema con estos gritos es que no siempre reflejan el mayor bienestar para la gran mayoría de los consumidores y comerciantes bolivianos.
 
Bolivia tiene una industria que principalmente dirige su producción al mercado interno. Un mercado pequeño debido a los bajos ingresos personales que percibe la mayor parte de la población; en otras palabras, un mercado pequeño porque en Bolivia predomina la pobreza. Otros países con igual o menor población que Bolivia, como Noruega, Suecia, Suiza o Islandia, gozan de ingresos mayores en 30 a 50 veces superiores a los bolivianos; son los que permiten un mercado que respalda lo que esos países producen internamente.
 
No obstante, nadie está libre de que los productos que provienen de otros países se internen en las economías domésticas simplemente porque tienen precios inferiores. Tan sólo dos ejemplos para la economía boliviana. Un blue jean chino puesto en frontera cuesta dos dólares (14 bolivianos), al llegar a los mercados del país ese blue jean cuesta 50 bolivianos siete (siete dólares). Una lata de picadillo en la frontera Argentina cuesta un boliviano y se vende al interior de Bolivia en cinco. Ambos productos ingresarán al país legal o ilegalmente porque simplemente son más baratos que bienes de origen nacional que podrían sustituirlos.
 
Si Bolivia tuviera una base industrial robusta que introduzca valor agregado a lo que mejor le brinda su naturaleza y su geografía, Bolivia podría vender estos productos genuinamente nacionales a mejor precio en el exterior. A la vez, se vería muy conveniente la compra de blue  jeans a 50 bolivianos. Ahora las confecciones nacionales son con tela e hilo de China, botones de Vietnam o la India y cremalleras de Corea. Así, no se puede hablar de industria nacional y competir en confecciones es una misión imposible.
 
Se podrían proteger las iniciativas productivas que creen valor en Bolivia mientras éstas se fortalecen o permitirlas en situaciones de aguda escasez internacional de algunos alimentos, pero no se puede proteger la ineficiencia. La ausencia de auténtica utilización de reales ventajas en suelo boliviano que no se aprovechan es numerosa. 
 
La castaña, por ejemplo, da paso a una gigantesca industria de cosméticos en el Brasil. Bolivia es el país con la mayor producción mundial de castaña e, irónicamente, mundialmente este producto se denomina en el comercio mundial como "brazilian nut”, cuando debería ser almendra boliviana y venderse como resultado de una gran cadena de valor realizada al interior del país. Esto, como otras potencialidades que tiene este suelo, crearía empleo digno con buenos salarios y mejores condiciones laborales.
 
Bolivia no necesita entrar a las oscuras arenas del proteccionismo y menos de la xenofobia que ofrecen al por mayor los países industrializados. Necesita ver en su entorno las reales ventajas competitivas que en él existen y aprovecharlas al máximo.

Alberto Bonadona Cossío
es economista.
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