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Economía de papel

Al doctor Igor Rodríguez del SSU lo prefiero como médico

Al doctor Igor Rodríguez del SSU lo prefiero como médico
Me levanto de mañana y no hay agua en mi casa (no en el sentido absoluto y trascendental que entiende H. Moldis). No me puedo bañar con agua caliente cayendo de la ducha (sí,  caliente, como solía recibir diariamente y no como sorprende a Juan R. Quintana). Después de tutumearme con el agua que mi esposa consigue guardar, con un recelo que parece las joyas de su abuela, y siguiendo sus recomendaciones de usarla en el inodoro después de mi baño, estoy listo para desayunar oyendo los pifies de EPSAS y de la aeronáutica nacional que causaron no pocos muertos. Mi auto está una mugre porque la consideración en el uso del agua me impide limpiarlo. Con tantas cosas mi humor no es el mejor; condición que se agrava al encontrarme con conductores y peatones que parecen haber salido de sus respectivas casas tan irritables como yo. 

  Ya en mi oficina, para colmo de desventuras, me entero que en el Seguro Social Universitario (SSU) quieren remover de su puesto al buen doctor que salvó mi vida hace algo más de dos años, cuando sufrí un infarto cardiaco. No entiendo, es verdad, cómo funciona el SSU y cómo evalúan a los profesionales médicos. El doctor Igor Rodríguez es un cardiólogo extraordinario, con una formación profesional excelente. Observador de la salud de sus pacientes y preocupado porque cada uno siga sus recomendaciones, y los tratamientos que les da.  

  Es cierto, cuando me trató por primera vez me explicó lo que me aconteció con cierta frialdad y, a partir de entonces, en más de una oportunidad me hizo notar en tono muy serio que yo debí haber sido más cuidadoso con mi salud. Primero, porque estuve tomando remedios que me recetaron con anterioridad a mi infarto, que yo consideré un tratamiento rutinario para el cual sólo hacía que me den las medicinas sin revisión médica. Segundo, me recriminó por los remedios que tomaba para la presión arterial por rutina sin consultar a un cardiólogo. "Se pudo prevenir su infarto”, me dijo adusto repetidas veces.

  Le conté a mi esposa las situaciones anteriores y ella me preguntó si yo quería un amigo o un buen doctor.

 Por supuesto, contesté, "prefiero un buen doctor”. Y me di cuenta que eso es lo que yo tenía con el doctor Rodríguez. Además, después de mi falla del corazón se convirtió en mi médico de cabecera y lo que verdaderamente importa es la confianza que  tengo en su capacidad profesional. Por supuesto, este aspecto es el trascendental y eso es lo que tengo, un excelente doctor. Con las sucesivas visitas que necesito hacerle ganamos recíproca confianza y se mostró más afable y me di cuenta del gran valor humano que tiene mi cardiólogo.

  Lo cierto es que al contar con un buen médico no espero consolación espiritual o guía psicológica. Espero que logre restaurar mi salud. He tenido experiencias con doctores que son muy amables pero no saben de su profesión o, simplemente, piensan en los billetes que van a ganar. No es el caso del gran profesional que trata mi corazón infartado y, con el tiempo, hemos logrado ser amigos, aspecto que sirve pero no es el esencial.

 Un seguro, como es el universitario, no puede relegar y menos perder a un buen profesional que salva vidas. Profesionales de la estatura del doctor Rodríguez existen pocos en el país y, sin duda, cada vez son menos. 
 
Alberto Bonadona Cossío es economista.
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