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Economía de papel

Idealista clamor de Wanderley

Idealista clamor de Wanderley
Mi buena y brillante colega Fernanda Wanderley hace, una vez más, un llamado a la sensibilidad de este mundo cruel que no se percata que existe una población de cerca 30 veces la población de Bolivia sufriendo hambre (Página Siete, jueves 14 de julio, 2016). Esta situación, llena de tragedia y miseria humana es, no obstante, mejor de lo que fue 100 años atrás. Me imagino que lo que le preocupa a Wanderley es la lentitud con la que se generan mejores condiciones para esos millones de seres humanos que continúan atrapados en la miseria.

 En Inglaterra, el más importante escenario de la Revolución Industrial, más de 100 niños por cada 1.000 que contaban con menos de cinco años de edad morían en 1918. Hoy en el África subsahariana, un lugar periódicamente azotado por hambrunas, la probabilidad que tienen los niños de superar esa edad ha sido considerablemente mejorada. En Bolivia, en los años 50, los menores de cinco años morían en una proporción tres veces mayor de lo que lo hacen hoy.

Angus Deaton, premio Nobel del año pasado, afirma en su libro El Gran Escape, publicado en 2013: La vida es mejor ahora que en cualquier tiempo pasado en la historia. El número de personas ricas ha aumentado y un número cada vez menor vive en la indigencia. La vida es más prolongada y los padres de familia no tienen que contemplar de manera rutinaria cómo muere una cuarta parte de sus hijos. No obstante, todavía millones de personas experimentan los horrores de la miseria extrema y de la muerte prematura. El mundo es extraordinariamente desigual”.

  No cabe la menor duda: ¡El mundo es extraordinariamente desigual! Y, ésta, por cierto, no es una invitación a una inclemente actitud contemplativa. Es comprensible la desesperación frente a la lentitud del avance del bienestar y de las crecientes disparidades sociales la que invade a Fernanda. Los espíritus sensibles que reaccionan ante las injusticias del mundo merecen gran respeto.

 Sin embargo, su  angustioso pedido a "otro desarrollo” no conduce a una formulación de salidas viables o medios que vislumbren alternativas que ofrezcan soluciones prontas. Wanderley dice que para alcanzar "otro desarrollo” se necesita un cambio de la "comprensión de la economía”.  Aquí es, en realidad, donde hay que afinar el lápiz. ¿Se quiere una nueva concepción teórica de la economía? ¿O se quiere un cambio radical del capitalismo?

  Si el planteamiento es de un cambio en los enfoques ortodoxos de la teoría ortodoxa económica, el pedido de Fernanda es, por ponerlo suavemente, una pérdida de tiempo. La economía ortodoxa es una religión fundamentalista que no estudia la realidad sino que repite lo que sus gurús o sacerdotes enseñan, alejados de lo que acontece en la vida y en la producción de la vida material. La teoría económica que busca alejarse de esos esquemáticos planteamientos de las bellezas del mercado ofrece mejores alternativas de generar las respuestas que parece buscar Wanderley.

 Si el planteamiento de Fernanda es de un rompimiento del capitalismo en su expresiones consumistas, extractivistas, destructivas de los tejidos colectivos y otras miserias que ella menciona, se hace imprescindible definir si esto supone un radical rompimiento con el capitalismo o una utilización de sus avances para mejorar la vida de los seres humanos, particularmente de los menos privilegiados.  Me da la impresión que Wanderley no da el paso a proponer el cómo redefinir el para quién y para qué el crecimiento. Las tecnologías actuales, creadas por el capitalismo, ofrecen gigantescas oportunidades a la humanidad para alcanzar esa redefinición a través de la innovación del uso de lo que se posee en la naturaleza, pero con criterios de equidad y sostenibilidad. Esto supone colocarle estrictos controles y contrapesos a la acción arbitraria del Estado, a la vez que evitar la obnubilación de los beneficios del mercado.     

Alberto Bonadona Cossío es economista.
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