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Alberto Bonadona Cossio
Economía de papel

La trascendencia económica de un buen marco regulador

La trascendencia económica de un buen marco regulador
Después de la gran crisis de los años 30 del siglo pasado, la necesidad de regulaciones en los mercados financieros se reveló como vital para morigerar las inevitables fuerzas que engendran crisis, particularmente en el mercado financiero.

 Recuérdese que las corrientes del liberalismo económico, con una predominancia de la concepción de la libertad de mercado e, incluso, de los mercados perfectos, predominaron desde el siglo XIX y encontraron su mayor auge en las primeras décadas del XX. Hablar de regulación, de supervisión de los mercados o de intervención estatal para evitar los excesos de las bolsas, las finanzas y la acción de los grandes bancos en las economías capitalistas desarrolladas de Europa o la estadounidense era anatema.

 No obstante, tan impactante en todo el mundo y de tan elevado costo social fue la crisis que se inició con la caída de la Bolsa de Nueva York, el jueves negro (24 de octubre de 1929), que la resistencia a los controles y la supervisión de las instituciones se reblandeció. Surge así una legislación que exigía, por ejemplo, una banca mejor supervisada que debía generar reservas en el banco central para, así, disminuir el riesgo de quiebras bancarias debidas a las corridas bancarias (todo el mundo quiere sus depósitos y la banca no tiene el dinero suficiente para devolverlo porque lo tiene prestado). En Estados Unidos se exigió a los grandes bancos la compra de un seguro contra las corridas, seguro que lo administra la Reserva Federal (o Banco Central) hasta hoy en día.

 Pero también se prohibieron una serie de instrumentos financieros de alto riesgo que ya iniciaron sus primeras apariciones en las grandes especulaciones que precedieron la caída de la bolsa. No se permitieron, así, las formas larvarias de derivados o de hedging (supuestas protecciones a las operaciones en bolsa) que habían emergido ya en el período previo a la Gran Depresión. Otras medidas regulatorias más fueron introducidas por el Estado para otorgar seguridad a los usuarios del sistema financiero y en especial a los inversores.

  La palabra regulación dejó de ostentar la connotación maligna que tenía antes de la crisis, pero nunca dejó de ostentar grandes detractores que la vieron como un intervencionismo estatal desmedido y pernicioso. Los defensores del mercado irrestricto se vieron reticentemente obligados a cumplir con las nuevas medidas sin dejar de mascullar su descontento.

 Luego soplaron nuevos vientos, particularmente, a partir de los años 90. La regulación nuevamente se percibió como un serio impedimento para el avance de los mercados y, por ende, se la vio como enemiga del crecimiento económico. Esto provocó una paulatina caída de las regulaciones y los instrumentos financieros presentados como grandes innovaciones proliferaron hasta la llamada crisis financiera de 2008-2010, que ha hecho renacer la importancia de marcos reguladores fuertes.

 Estas olas afectaron a todo el mundo. Aunque a Bolivia los marcos reguladores de monopolios y de clasificación de la solvencia llegaron tarde, recién en los años 90, no se logró entender su trascendencia. Peor aún, al coincidir con el proceso de privatización y gran avance de la globalización. En vez de verla en su verdadera dimensión, la regulación en este país se la consideró como un instrumento en favor de la libre empresa, del mercado y las denominadas "fuerzas neoliberales”. Se crearon anticuerpos en contra de ella y se convirtió en el blanco de ataques de las "fuerzas del cambio”.

  De esta manera, con la llegada del MAS al poder reducen al marco regulatorio boliviano a un sistema subordinado y capturado del Estado, en el que las superintendencias se convirtieron en "autoridades”, aunque en los hechos tienen todo menos autoridad. Las verdaderas autoridades en los sectores nacen de los ministerios de los ramos económicos  respectivos. Su trascendencia quedó en el olvido y es hora de reconsiderarla, porque las condiciones poco transparentes en los distintos sectores así lo exigen.
 
 Alberto Bonadona Cossío es economista.
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