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Alberto Bonadona Cossio

El lago Titicaca agoniza

El lago Titicaca agoniza
Uno de los más bellos paisajes de Bolivia es el lago Titicaca. Esto se oye de propios y extraños. Un paisaje sujeto a explotación desde épocas ancestrales y que sirvió para la alimentación de millones de habitantes que han poblado sus riberas. Hoy se encuentra en serio peligro por diferentes causas que se relacionan principalmente a actividades humanas. No sólo son ciudadanos bolivianos los causantes de esta tragedia, también son del vecino Perú.
 
En 2012 una ONG alemana, Nature Fund, calificó al Titicaca como el lago amenazado del año. Quiere decir que en el mundo no es el único lago amenazado, pero éste es el que más nos importa.
 
Una de las fuentes del desastre ecológico que afecta la salud del lago son los desagües del alcantarillado de Puno, que fluyen de 245 mil habitantes que tiene esta ciudad en las costas del lago. De mayor volumen son los desechos humanos que provienen de la ciudad de El Alto, que tenía una población cercana a los 850 mil habitantes en el censo de 2012 y que hoy supera el millón. Por cierto, El Alto no es una ciudad costera pero conduce sus residuos líquidos hacia el lago Titicaca. Puno sólo trata el 20% de sus aguas servidas y El Alto cuenta con una planta de tratamiento con una capacidad tan sólo para 300 mil habitantes. El resultado, por supuesto, es de gran impacto en la vida del lago.
 
Además, Bolivia genera otros desagües que desembocan en el lago. Son las que provienen desde hace muchos años de la mina Matilde. Según un estudio de 1989, publicado por la Universidad Mayor de San Andrés, estos efluentes causaron la "desaparición local de la fauna béntica en toda la zona del desagüe”. 
 
No es el único centro minero que hecha sus deshechos al lago; existen otros como Bella Vista y Kori Kollo a este lado de la frontera y otros más en Perú. El mismo estudio señaló, hace más de tres décadas, que se encontró "la presencia de contenidos medianamente elevados en arsénico y mercurio” en cuatro especies de peces de la zona. Si eso se detectó hace tanto tiempo, hay que preguntarse hoy en qué situación están esas concentraciones en los peces que los ciudadanos de Bolivia y Perú consumen.
 
Que muera la laguna Alalay a vista y paciencia de las autoridades es un drama con final trágico. Lo propio se puede decir del lago Titicaca. Siempre alguien más tiene la culpa y las iniciativas para dar efectivos remedios a estas muertes se quedan en declaraciones.
 
Los impactos que se tiene en la flora y la fauna son invaluables. Se han extinguido especies únicas del Titicaca que no son sólo peces sino también moluscos, otros animales y plantas de diversas variedades. El problema en un futuro cercano se sentirá en los habitantes en torno al lago, que hasta ahora todavía les permite generarse el mejor nivel de vida de los habitantes del altiplano boliviano.
 
Ha surgido alguna iniciativa binacional con acciones limitadas y con mayor proactividad del lado peruano. Pero no son suficientes. Salvar el lago requiere un real y efectivo compromiso con la vida de los habitantes de la zona altiplánica que constituye la mayoría de los habitantes de Bolivia. No es un paisaje que hay que salvar es la biodiversidad que contribuye también a la vida de millones de habitantes.
 
Salvar el lago  requiere un real y efectivo compromiso con la vida de los habitantes de la zona altiplánica que constituye la mayoría.

 Alberto Bonadona Cossío es economista.
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