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Alberto Bonadona Cossio
Economía de papel

Ubicuidad de la corrupción y lo que el cerebro quiere percibir

Ubicuidad de la corrupción y lo que el cerebro quiere percibir

Alberto Bonadona Cossío

En varios medios de comunicación y en las conversaciones de todos los días en cualquier café o sobremesa se califica a la política partidista como hermana siamesa de la corrupción. Además, se considera como una revelación de absoluta naturalidad que la corrupción sólo va de la mano del aparato estatal. Ésta es una verdad a medias, y no se crea que voy a defender a los políticos y sus elevados grados de corrupción presente aquí y en 99% de los países de este mundo. La corrupción, sin embargo, esta verdaderamente en todas partes.

 Abunda no sólo en el campo de los políticos que, ciertamente, usan y abusan del poder, facilitada e incitada por la cercanía que tienen del manejo de lo público. También existe la corrupción privada en una gama de mayores coloridos y formas. Por lo general esta generalmente se oculta o no se quiere ver por el predominio en los cerebros humanos del escotoma (el cerebro escoge lo que quiere percibir).

 Un ejemplo de la corrupción privada nace en su contacto, control y pesada influencia de sus relaciones con el sector público. Claro que aquí están los mismos políticos pero la tentación y oportunidad de sacar prebendas proviene del sector privado. El ejemplo más grande de este escenario es el maridaje casi perfecto entre la industria de las armas y el Gobierno de los EEUU.
 
También en el caso Odebrech que con su manto enlodado ha cubierto a un alto número de gobernantes de países de América Latina. En Bolivia las compras estatales, particularmente de YPFB, dejan siempre un tufillo a pagos ocultos o mercancías que nunca se entregan.

 Las mafias son tratadas como otro "negocio” más no sólo en las películas que vienen de Hollywood sino en la vida real. Las hay de todas las nacionalidades y con mayores grados de violencia y brutalidad. Las hay las que no preguntan antes de matar y ni siquiera cuentan los muertos como los carteles de México que avasallan al Gobierno y se expanden rápidamente por el continente. Están las maras de El Salvador que tiranizan a su población desde las cárceles de California. Todas actúan como un negocio, o sea el instrumento para hacer dinero como mayúsculo propósito y donde la vida humana vale un pepino.

 Existen aparentemente pequeñas mafias en países pequeños. Por ejemplo, en Bolivia hay grandes y pequeñas organizaciones que se ocultan en una apariencia legal. Es el caso de los grandes negocios que actúan dentro del régimen simplificado. El jueves 31 de agosto, Página Siete publicó: " Mediante tareas continuas de fiscalización, el Servicio de Impuestos Nacionales (SIN) descubrió a comerciantes mayoristas camuflados en el Régimen Tributario Simplificado (RTS) que realizaron compras millonarias, que superan los 37.000 bolivianos establecidos como tope máximo de capital para este grupo de contribuyentes”. Todos conocen de estos casos privados y dónde operan.

 Otro ejemplo son las familias de que también funcionan dentro del mismo régimen simplificado repartiendo los espacios comunes y municipales con grandes réditos privados. Se los ve, se los conoce pero quieren ser intocables.

 No sólo la corrupción está presente en lo que le toca al Estado, vive proliferando en el espacio privado y los comentarios de medios o en familia no la ve en su real dimensión. Es el escotoma que condiciona nuestros cerebros y que se hace imprescindible superar.

Alberto Bonadona es economista.
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