La Paz, Bolivia

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Alberto Bonadona Cossio

¿Cómo va la economía?

¿Cómo va la economía?
Hay que decirlo claramente: existe una desaceleración de la economía. No cabe la menor duda, aunque las autoridades económicas se empecinan en afirmar todo lo contrario. No perderían nada al mostrar coherencia entre lo que dicen y las cifras que exhiben al público. El primer trimestre de 2016 el PIB creció 5,4% y en similar periodo en 2017 tan solo 3,34%. Esta última, la cifra más baja en los últimos seis años y se aproxima a la de 3,2% de 2010 que reflejó las repercusiones de la crisis mundial en la economía boliviana. Si esto no es una disminución de la dinámica de la economía boliviana ¿qué es?

Hay que insistir en las cifras que los propios gobernantes muestran y que contradicen lo que afirman. Una caída del sector de hidrocarburos de -14,1% no puede verse como un rasgo alentador cuando la economía nacional depende principalmente de ese sector. Si Bolivia no hubiera tenido la posibilidad de aglutinar tres resultados; gasoducto al Brasil construido, reservas de gas disponibles y un prolongado apogeo de precios del petróleo, no se habría logrado el auge de crecimiento de la economía desde 2004.

Fue ese aumento de las exportaciones de gas con infraestructura construida y precios favorables que impulsaron la actividad económica interna. Sí, es la demanda interna, que en el primer semestre creció en un 7,2%, que sostiene un nivel todavía positivo de las cifras económicas. Pero, no se pierda de vista de cuál es el origen de esa cifra y que es, precisamente, el que cayó notoriamente. Si la demanda interna se mantiene relativamente sólida su fundamento (la exportación de gas) se está debilitando (-14%) y no hay forma de negarlo.

El crecimiento de la agricultura en un 8,6%, el más alto del primer trimestre, es alentador particularmente porque incluye un aumento de la producción agrícola en el occidente del país, caracterizado por una declinante producción y la productividad más baja de Sud América. Las causas de este incremento sectorial, sin embargo, el Gobierno debe explicarlo porque la realidad de los productos agrícolas importados que se encuentran abundantemente en los mercados introduce dudas en esa tan positiva cifra. Que la construcción haya crecido en 7,2% solo muestra que todavía hay grasa acumulada en ese sector y que la política de créditos a la vivienda todavía se sostiene.

No obstante, así como en una época se dijo que la economía boliviana estaba blindada, una exageración para el consumo popular, ahora se insiste en que no hay desaceleración. Las cifras oficiales, a todas luces demuestran lo contrario. El déficit público es de 2.393 millones de bolivianos hasta abril de 2017, cuando en comparable período existía un superávit de 4.017 millones en 2016.

No es fácil comprender porque las autoridades se contradicen al afirmar una cosa cuando la evidencia que ellas mismas muestran patentiza lo contrario. Tal vez sería mejor que no califiquen sus cifras; se callen al respecto y solo exhiban los números. Así al menos dejan al público ver que hay un pérdida de dinamismo en la economía pero que ésta no se encuentra en caída libre.

Alberto Bonadona es economista.
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