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Quien calla otorga

Sobran balas

Sobran balas
Sucedió nuevamente. Otra vez y no será la última. Un asesino solitario acabó con la vida de 49 personas e hirió a otras 53 en Pulse, un local nocturno en Orlando, Florida, frecuentado por miembros de la comunidad LGBTI. No será la última masacre, las cifras podrán variar en otros eventos de esta naturaleza, pero el patrón es el mismo: gente inocente masacrada por jóvenes que no tienen un pasado criminal, aunque generalmente sí tienen un historial de desorden mental o comportamiento errático.

 El odio no mata solo, matan las armas. Si Omar Saddiqui Mateen no hubiera tenido a su alcance armas de asalto de alto poder, probablemente su odio se hubiera manifestado de otra manera, desgañitándose en las redes virtuales o blandiendo pancartas y mostrando el puño cerrado en alguna manifestación de islamistas radicales. 

 El odio se convierte en masacre con un rifle de asalto AR-15 que escupe 700 balas en un minuto. Y no cualquier clase de balas, sino las balas dumdum, que son las que penetran y explotan dentro del cuerpo, limitando las probabilidades de sobrevivencia. Están prohibidas por la Convención de Ginebra, pero en gringolandia son más fáciles de comprar que pop-corn en el cine  (y hacen "pop” pero no "corn”). A Estados Unidos nunca le ha preocupado la Convención de Ginebra (otra prueba es la prisión extraterritorial de Guantánamo) y desprecia los acuerdos multilaterales y las convenciones internacionales, puesto que ni siquiera ha ratificado hasta ahora la Convención sobre los Derechos del Niño, que la gran mayoría de los países del mundo aprobaron en 1989. 

 Daesh o no Daesh, esa no es la cuestión. El joven de 29 años de edad que se convierte en un asesino despiadado que remata a sus víctimas con cierta parsimonia, no cree necesariamente que lo esperan en el paraíso 72 vírgenes, pero le viene muy bien pegarse en la frente la etiqueta del grupo terrorista para transmutar sus problemas personales en acto político. La sociedad gringa no solamente lo tolera, sino que lo estimula ofreciéndole toda la gama de armas mortíferas.

 Estados Unidos es un país enfermo. No puede ser sana una sociedad que permite que cualquier persona compre legalmente armas de asalto en una tienda, como quien compra juegos para computadora. El culto de las armas ha logrado que a pesar de las masacres y del atentado contra Ronald Reagan, a pesar de Blacksburg (32 muertos en 2007), Sandy Hook (26, en 2012), Killen (22, en 1991), Columbine, Aurora, Fort Hood y tantos otras ciudades cuyos nombres han quedado teñidos de sangre, se siga defendiendo de manera testaruda la "segunda enmienda” constitucional. Tan solo en 2015 hubo 372 tiroteos en Estados Unidos, con 367 muertos. Cifras muy superiores a las de cualquier otro país de Europa.

 En nombre de la "libertad” se venden armas con más facilidad que antibióticos en las farmacias. Hay más armas de asalto que ciudadanos en Estados Unidos. La poderosa National Rifle Association (NRA) continúa con el discurso de que las armas no matan, sino las personas. Pero una y otra vez se comprueba que sin armas de fuego no habría que lamentar tantas muertes.

 La "segunda enmienda” constitucional que autoriza a los ciudadanos a armarse es simple y sencillamente una licencia para matar: "Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, el derecho del Pueblo a poseer y portar armas no será infringido”. Data de 1791 y es uno de los "derechos” más cavernarios porque aunque está diseñado para resistir y derrocar a gobiernos no democráticos y repeler invasiones, en realidad sólo ha servido para masacrar indígenas en la conquista del oeste, y de allá para acá para alimentar ejércitos de criminales de toda índole.

 No falta quien dice: "en México hay todos los días más muertes que en Estados Unidos…”. Cierto, pero el origen de las armas sigue siendo la principal potencia productora de armamento del mundo. Esa frontera tan cerrada para inmigrantes pobres en busca de trabajo para alimentar a sus familias, es una frontera abierta y permeable para narcotraficantes y criminales que compran en Estados Unidos las armas que usan en territorio mexicano y más al sur.  Las armas no las fabrican nuestros países, las fabrica Estados Unidos para alimentar sus guerras. La muerte es uno de sus grandes negocios. 


Alfonso Gumucio Dagron es comunicador social, experto en comunicación para el desarrollo.
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