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Quien calla otorga

Espinal: desmemoriados y carroñeros

Espinal: desmemoriados y carroñeros
Si usted va por la calle y le grita "mercenario” a un individuo y éste se da la vuelta es porque se auto-reconoce en el término. Eso me pasó en estos días cuando me crucé con un sujeto que merecía ese apelativo por su sinuosa trayectoria al servicio del poder (o de varios poderes), y el hecho coincidió con una semana de rememoración de la vida y figura de Luis Espinal, a 37 años de su martirio. 

 Fue una semana plena de homenajes, donde incluso el Gobierno trató de recuperar la figura del sacerdote vilmente asesinado por el Servicio de Inteligencia del Estado (SIE), cuyos archivos secretos están todavía protegidos por el régimen, a pesar del discurso izquierdista de los principales funcionarios. En realidad ya lo sabemos, este es un gobierno de derecha. 

 Mientras el canal de televisión presidencial (ya no es canal del Estado, ni siquiera del Gobierno) mostraba clips de homenaje a Espinal usando, sin pedirnos permiso, fotos de mi autoría y de otros colegas, los amigos y compañeros de Espinal teníamos otra programación.

 El martes 21 presentamos en la Asociación de Periodistas de La Paz (APLP) un libro que coordiné en 1980 a pedido de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia (APDHB) y que por razones de golpe mayor nunca se había publicado en Bolivia hasta ahora. El miércoles 22 estuvimos en el sitio de Achachicala, el Mirador de las nieves, donde apareció el cuerpo de Lucho luego de una noche de tortura en el matadero. 

 Poco tiempo después de su muerte, Gregorio Iriarte me invitó a preparar el libro y para cumplir con ese encargo pedí la colaboración de varios amigos de Espinal: Xavier Albó escribió los capítulos Trayectoria del hombre y Su vida con Dios; Antonio Peredo, El compromiso del periodista; Gregorio Iriarte, La hora de los asesinos, y yo Un hombre de cine. Además incluí una selección textos de Luis Espinal, homenajes y poemas de Matilde Casazola, Coco Manto y Jaime Nisttahuz, y una sección de fotografías que tuve el privilegio de escoger entre sus pertenencias, mientras estuve concentrado en sus archivos, ahí en su dormitorio en la casa de la calle Díaz Romero, en Miraflores. 

Entregué el original completo a Gregorio Iriarte, incluyendo el diseño de la tapa y contratapa, y luego lo perdí de vista cuando salí al exilio. Supe más tarde que se había publicado sin los nombres de los autores (por razones de seguridad), primero en Lima, en el Centro de Estudios y Publicaciones del teólogo de la liberación Gustavo Gutiérrez (CEP, 1981), y luego en Madrid, en el Instituto de Estudios Políticos para América Latina y África (IEPALA, 1982). En la primera edición boliviana, casi cuatro décadas después de las dos primeras, se restituyen los nombres de los autores de los textos y de las fotografías.

 Todos estos esfuerzos de memoria se topan con la indiferencia de la mayoría y con los intentos de manipulación de los carroñeros, que para retrasar la condena de los asesinos inventaron la maniobra de exhumar los restos de Espinal. Gracias a que habíamos publicado el protocolo de la autopsia en el libro esa artimaña no tuvo éxito. 

 Si Lucho Espinal viviera sería crítico de un régimen que no respeta los derechos humanos, ni los derechos de la Madre Tierra y derrocha sumas fabulosas en el culto a la personalidad de una persona arrogante, y autoritaria. 

 No sé qué es peor, lidiar con aquellos que encubren a los asesinos de Espinal o con la desmemoria. Los primeros son parte de lo que siempre hubo, personajes oscuros al servicio de la muerte, pero los segundos son parte de las nuevas generaciones que padecen de amnesia y no quieren recordar. 

El interés por nuestra historia reciente parece inexistente en la mayoría de la gente joven, según se ha visto en los homenajes a Lucho Espinal: una ausencia total de juventud comprometida. Sólo los viejos luchadores de siempre asisten a esos actos recordatorios, con algunas excepciones honrosas.

 Predomina en las nuevas generaciones el autismo colectivo, el ensimismamiento en las pantallas de los celulares y la ignorancia de nuestro pasado. A ratos tengo el sentimiento de que todo el esfuerzo no sirvió para nada, a nadie le importa que muchos hayan muerto o hayan padecido prisiones y exilios luchando por la democracia. Los jóvenes de hoy disfrutan de libertades que recibieron en bandeja y no son conscientes de ello, y menos aún agradecidos.
 
Alfonso Gumucio Dagron es comunicador social y experto en comunicación para el desarrollo.
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