La Paz, Bolivia

Lunes 25 de Septiembre | 23:54 hs

Recuerde explorar nuestro archivo de noticias
Alfonso Gumucio Dagron
Quien calla otorga

Bastenier, maestro tuitero

Bastenier, maestro tuitero
Me sorprendió la muerte de Miguel Ángel Bastenier el viernes 28 de abril porque hasta el día anterior publicó sus tuits. Era un tuitero perseverante, todos los días producía una decena, a veces más cuando polemizaba sobre algún tema. 

 Bastenier mantuvo a lo largo de su vida una amistad especial con algunos bolivianos, muy especialmente con mi primo Juan Carlos Gumucio, corresponsal de guerra en Líbano y en Irán, de quien se consideraba "amigo íntimo”, según me confió en uno de nuestros intercambios de tuits privados. 

 Cuando murió, Bastenier publicó un bello obituario en El País: "Me lo había dicho con la más absoluta convicción: acabaré como un perro, solo, abandonado por todos (…) Juan Carlos Gumucio había cumplido 52 años, su manera de ser boliviano comprendía la humanidad entera y en ella hallaba espaciosa cabida lo español”. Más adelante decía: "Era un hombretón generoso, que nunca tuvo nada porque lo regalaba todo, consiguiendo, por añadidura, que uno no sintiera -no puedo pensar que exista mayor delicadeza- que le estaba haciendo un favor”. 

 Tuvo una larga carrera de periodista en El País, en él desempeñó los cargos de subdirector de Información y subdirector de Relaciones Internacionales. Paralelamente ejerció de profesor de periodismo internacional en la Escuela de Periodismo del diario y fue profesor en la Fundación Nuevo Periodismo Latinoamericano de Cartagena de Indias: "Parte del año en Cartagena y Bogotá, pero hasta junio estaré en Madrid, donde los restaurantes son, como sabes, insuperables”, me decía en uno de los últimos intercambios. 

 Bastenier descubrió su vocación de tuitero como instrumento para educar a la nueva generación de periodistas en todo el mundo, desde su computadora.

  Sus breves textos estaban cargados de enseñanzas. Su intención al escribirlos era transmitir en pocas palabras su larga experiencia como periodista. Las frases de sus tuits eran siempre completas y contundentes. Detestaba los tuits mal escritos, que deforman el lenguaje para calzar alguna idea en 140 caracteres. Él podría expresar las suyas perfectamente en unas pocas palabras. Se convirtió en un maestro en ello, aunque por cuestiones generacionales no le hubiera correspondido.

 Combinaba en sus tuits una ética intransigente y una estética de la expresión, que lo llevaba a rechazar cualquier distorsión del lenguaje, de ésas que son tan típicas en las redes virtuales con el argumento pedestre de ahorrar caracteres: "Ké tu aze”, por ejemplo. Era implacable contra los barbarismos, las faltas ortográficas y las palabras mal usadas por los propios colegas periodistas. 

 Seguía de cerca y con genuina pasión los acontecimientos en todo el mundo y solía tuitear compulsivamente sobre aquellos que más le interesaban. No carecía de posición política, pero la expresaba con elegancia.  En la primera vuelta de las elecciones francesas, lanzó un tuit que resumía su perspectiva: "Macron el oportunismo; Le Pen el hastío, Filllon el descreimiento; Mélenchon la fe”.

  Escribía comentarios tan certeros como equilibrados. No se excedía con adjetivos ni expresaba emociones. Yo solía guardar los mejores: "Leer periódicos de joven es una educación y visión del mundo”, "La juventud ya no lee periódicos pero ¿para qué se matriculan en periodismo?”, "Las redes, como sabe cualquier periodista, no son fuentes sino sólo medios de transporte. Por sí mismas no garantizan nada”, "!Ay que me he despistado y he ido hoy a trabajar dejándome la ética periodística en casa! Vuelvo de inmediato a recogerla”. 

 Cuando retuiteaba ayudaba a entender mejor un mal tuit o un tuit limitado, aumentándole un par de palabras orientadoras para complementar la información y orientar al lector. 

 Pocos días antes de su muerte rectificaba así a algún improvisado periodista: "‘Acid test’, traducido como la desfachatez de ‘prueba ácida’”. Para expresar mejor su indignación añadió cinco minutos después: "Traducir ‘acid test’ como ‘prueba ácida’ no es sólo analfabetismo sino un desprecio a la propia cultura”. Y cuando le consultaron cómo debía decirse en castellano respondió: "Hay varias, pero una obvia es ‘la hora de la verdad’, o ‘el momento decisivo’”.  Ya era el momento decisivo que él estaba viviendo entonces, pero quienes lo leíamos asiduamente no lo sabíamos.

 El 25 de abril despidió con estas palabras a Joaquín Prieto, un colega que acababa de fallecer: "Sabíamos que era el final. Gran periodista y mejor compañero”. 

Quizás Bastenier no era consciente aún de que su propio fin estaba ya muy cerca, a apenas 36 horas. 

Alfonso Gumucio Dagron es comunicador social, experto en comunicación para el desarrollo.
31
0

También te puede interesar: