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Alfonso Gumucio Dagron
Quien calla otorga

Abrir la muralla

Abrir la muralla
Con 1.250 participantes de 96 países concluyó en Cartagena de Indias, Colombia, la reunión más importante de los investigadores de la comunicación en el mundo: el Congreso anual de la Asociación Internacional de Estudios de Comunicación y Medios, conocida como IAMCR por sus siglas en inglés.

 Esta vez no fue una reunión más de gringos que aprovechan sus vacaciones de verano para visitar un país exótico y combinar sus deberes académicos con el turismo. La presencia masiva de investigadores latinoamericanos y la organización impecable, que estuvo a cargo de la Universidad Minuto de Dios de Bogotá, hizo que muchos esquemas tradicionales fueran cuestionados.

 El hecho de que el congreso tuviera lugar en la ciudad amurallada más emblemática de nuestra región, se presta para elaborar un análisis simbólico. Durante muchas décadas los congresos de IAMCR han transcurrido en diferentes ciudades del mundo como eventos amurallados, donde se reúnen siempre los mismos académicos, sin permitir siquiera el acceso a los estudiantes de quienes se nutren para hacer sus investigaciones y publicar libros.

 El costo impuesto para participar en el congreso (más de 500  dólares) es tan prohibitivo que los estudiantes de comunicación quedan afuera, como los pobres en las ciudades medievales amuralladas. 

Aún si hicieran el esfuerzo de pagar sus propios boletos de avión y hoteles para pernoctar, el arcaico "modelo de negocio” de IAMCR los mantiene alejados de quienes son sus referentes en la literatura especializada sobre comunicación. 

 Los miembros plenos de IAMCR, profesores en un centenar de universidades del mundo, no pasan esas penurias: sus propias universidades les pagan pasajes, hoteles y el costo de la inscripción, de manera que el dinero propio que traen en sus bolsillos se lo guardan para hacer turismo antes, después o durante el mismo congreso, lo que explica que en muchos casos presentan sus ponencias y luego desaparecen por arte de magia, dejando salas semivacías.

 Esta vez hubo voces que se elevaron contra el trato discriminatorio hacia los estudiantes. Nada menos que en la plenaria de clausura, el holandés Cees Hamelink, expresidente de IAMCR, tuvo la lucidez de afirmar categóricamente que los investigadores son ante todo maestros de las nuevas generaciones, por lo que la ausencia de estudiantes era absurda y mostraba una falta de consecuencia.

 El discurso central de apertura del congreso en la plenaria inaugural fue también un sacudón para los adustos profesores europeos y norteamericanos cuando el colombiano Omar Rincón (homenajeando al mismo tiempo a Jesús Martín Barbero, que no pudo asistir) les dio una lección sobre la "comunicación bastarda” y afirmó enfáticamente que los académicos debían salir de sus ciudades amuralladas hacia la realidad social.  Y Omar lo hizo en su estilo muy latinoamericano, saltando por el escenario como un cantante pop y poniendo en aprietos a los intérpretes que no alcanzaban a seguir su ritmo. 

 También se cuestionó que el inglés fuera obligatorio para todos los participantes, aún cuando el congreso se realizó en tierra latinoamericana. Esa forma de hegemonía fue señalada por Omar Rincón cuando hizo una lista parcial, pero contundente, de los aportes de investigadores latinoamericanos al campo de la comunicación, muchos de ellos desconocidos por académicos anglófonos demasiado flojos para aprender otro idioma.

 El congreso fue una prueba de capacidad de organización y eficiencia. Al mando de un centenar de estudiantes y profesores colombianos, Amparo Cadavid (organizadora local del congreso) trabajó más de un año para que todo sucediera sin deslices y en alianza con una veintena de instituciones locales e internacionales, entre ellas la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), CIESPAL, Unesco y Unicef. 

 No es nada fácil manejar un congreso que en todo momento tuvo sesiones simultáneas de los 31 grupos temáticos en diferentes salas del centro de convenciones de Cartagena, además de actividades paralelas dispersas por la ciudad. 

 Si el ingreso al congreso amurallado era imposible, eso fue compensado con dos otras reuniones de académicos independientes menos acartonados (Redecambio y OurMedia) y con salidas a los barrios resilientes de Cartagena, donde pudimos convivir con jóvenes que, a través de acciones de comunicación y con el apoyo de la Fundación Social y Renacer, tratan de cambiar desde adentro las percepciones y estigmas de que son objeto. Ahí aprendimos que Cartagena es mucho más que sus murallas y que romper esa imagen que perpetua el turismo es fundamental para las nuevas generaciones.

Alfonso Gumucio Dagron  es comunicador social y experto en comunicación para el desarrollo.
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