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Las voces alteñas de octubre

Las voces alteñas de octubre
En estos días, escucho múltiples voces de octubre 2003, del pasado no olvidado, del pasado que vuelve periódica y tozudamente a recordarnos que un pueblo sin memoria es un pueblo sin horizonte. Pero, esta vez, no evocan la masacre de El Alto, sino el pérfido destino del lugar donde los encontró la bala asesina, disparada por orden de un gobierno asesino, comandado por un Presidente asesino.  

 Son voces como de Macedonio Fernández, de Jorge Luis Borges, que repetía que el alma es inmortal y aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que tiene que sucederle a un hombre. Supongo que llegaron a esa conclusión borgiana resignados ante el tiempo que empolva el recuerdo social, pero a la vez seguros de que sus almas son inmortales como para impeler a los vivos a reclamar por sus muertes dilapidadas.

 Son voces sin nombre, sin cara, como aquellas que fueron usadas para armar la "historia oficial” de la Revolución Nacional de 1952, cuestionada 60 años después por voces vivas, encontradas y luego plasmadas en La bala no mata sino el destino, del sociólogo Mario Murillo, voces que demuestran que la insurrección más determinante de la historia republicana no fue producto de liderazgos personales del MNR, sino de la acción colectiva de combatientes anónimos. Algo así pasó en El Alto, otros combatieron y otros se beneficiaron. 

 La historiografía suele descubrir que la caprichosa historia escribe sus páginas en los mismos días y en el mismo lugar. La insurrección de octubre terminó en viernes (17) y la de abril también  (viernes 11). En ambos tiempos las batallas definitivas se libraron en El Alto. Y de ambos momentos hay una ineludible conclusión: la Revolución Nacional es la causa que causó el proceso de cambio, como seguramente en un tiempo más el proceso de cambio será la causa que causará otra revolución.   

Con este horizonte, las indóciles voces de octubre reconvienen, con la firmeza del acero, a la dirigencia que redujo a El Alto a un botín para satisfacer intereses grupales y reproducir vicios de personas que se entregaron con fruición al poder malentendido como medio de enriquecimiento privado con recursos públicos y no como un fin: el servicio a los demás incluso sacrificando los intereses privados. 

 La insurrección de octubre 2003 es hoy un recuerdo que resbala en la memoria colectiva porque la ciudad heroica, "siempre de pie, nunca de rodillas”, está postrada ante un puñado de individuos miopes políticamente y aprisionada por "movimientos sociales” que han convertido el cambio soñado en una pantomima. 

 Es inverosímil que la ciudad revolucionaria por antonomasia se haya constituido en el último reducto urbano del proceso que agoniza. Pero es aún más inverosímil que los casi un millón de ciudadanos alteños lo permitan y se resignen a no renovar el lastre que tienen como dirigencia  por mentes desafiantes, atrevidas y creativas. En resumen, por gente del siglo XXI.

 Estos días escuché las voces de octubre de hace 13 años y las de hoy, y oí que no admiten que El Alto sea rehén de un grupo de personas que ha transformado la protesta social en una acción de beneficio privado, luego de haber convivido durante un quinquenio con una de las gestiones municipales más corruptas del país, porque no sólo se llevó su dinero, sino su futuro y desportilló su historia.

 Siento algo de vértigo cuando el pasado y el futuro se confunden como en este momento. Oigo otra vez las voces de ayer que vuelven a reclamar a las voces silenciadas de hoy por el destino repetido. Las almas que dejaron sus cuerpos cuando murió la carne en octubre 2003 no entienden por qué la ciudad valerosa, 13 años después, tiene miedo a avizorar otro cambio.  

 Las almas alteñas que nunca se fueron ni se irán, porque la muerte no es más que el camino a la inmortalidad, exigen otra dirigencia para la ciudad testigo y causante de la caída de dos Estados: el feudal y el neoliberal.
     
Andrés Gómez Vela es periodista.
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