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Andres Gomez Vela
Tinku verbal

El miedo

El miedo
Cada vez que alguien me dice que no quiere opinar por no tener problemas con el gobierno, el miedo trepa por mi médula espinal como un ascensor descontrolado. No es temor al masismo, sino miedo al miedo de la gente y preocupación por la suerte de la democracia ante tantas personas que activaron su complejo reptiliano hace 10 años y no pueden superarlo.

El miedo, cuyo origen es el término latino metus, se manifiesta a través de una alteración del ánimo que causa angustia ante un peligro o probable perjuicio; puede ser resultado de la imaginación o de la realidad. En el caso de la gente que les hablo, es menos real y más imaginación.  
 
Esta sensación, que activa el sistema límbico, no siempre es mala, ayuda a prevenir riesgos o a evitar la muerte, como solía suceder en la era cavernaria, cuando el miedo del ser humano era ser expulsado del clan y quedar solo a merced de los depredadores y las inclemencias del tiempo. Cada sociedad o sistema de gobierno genera su miedo. En la era esclavista, era trabajar como esclavo; en la era industrial y postindustrial, perder el trabajo.
 
Enterada de esta posibilidad infinita, la política convirtió el miedo en un arma determinante en el acceso y preservación del poder. Hitler, Franco, Stalin, Mussolini, Pinochet y todos los dictadores sabían y aprovechaban sin concesiones las condiciones psicológicas de sus países; y si no había, las creaban.
 
En Bolivia, hasta hace años nada más, uno de los miedos más reales era ser discriminado por indio; y el miedo de los discriminadores era que los indios tomen el poder. Como ves, esta sensación límbica es dialéctica, por eso el pueblo tiene miedo al dictador y el dictador, al pueblo.  No hay miedo de uno sin el otro, nomás que el que cree que asusta disimula o simula como un buen actor.
 
En 10 años, los propagandistas del gobierno hábilmente crearon las condiciones psicológicas. Por ejemplo, convirtieron a su líder en dios y al partido en una iglesia con su respectiva religión. Y trajeron de vuelta el miedo de los cavernícolas a ser expulsado del "clan”, entonces, los fieles tienen miedo a cuestionar y desobedecer a su divinidad, por tanto a pensar. También tienen miedo a perder el orgullo que recobraron, según ellos, gracias al "insustituible”, cuando en realidad el autoestima es resultado de un largo proceso educativo.
 
La clase media, cuestionadora últimamente, se volvió insegura y tiene miedo a perder sus comodidades, lo que paraliza a sus integrantes cada vez que quieren decir o hacer algo. Sin embargo, su miedo es más imaginación que real porque su nivel de vida es consecuencia de sus propias fuerzas más que de las ventajas que podría darle un gobierno, salvo que haya sido de una élite burocrática o haya tenido negocios con el Estado.
 
En cambio, la población que está saliendo de la pobreza, pero sin llegar a ser clase media  tiene miedo de volver al pasado o que el pasado vuelva en los gonis, tutos y compañía. Este temor es alentado sistemáticamente por el masismo, cuando en realidad el mismo masismo ya es pasado.
 
A estas alturas del tiempo político, los colectivos y personas asustadas debieran saber que aquellos que los atemorizan, es decir los gobernantes, son en realidad los que padecen un miedo real y no imaginario. La expresión más reveladora de ese miedo cerval es esta frase del presidente Evo Morales: "No estoy preparado para irme a casa”. Es miedo a dejar o ser echado del poder. Es miedo al fin y al tiempo que se le acaba.
 
En situaciones adversas de este tipo, las culturas usaron creencias o supersticiones para paliar sus temores. Un ejemplo: la promesa Vikinga del Valhala, el paraíso donde iban los muertos caídos en combate, ayudaba a los guerreros a perder su miedo a la muerte en batalla. Los "revolucionarios” se animan con el grito: patria o muerte. Pero su miedo es inocultable, se manifiesta en palabras, acciones y verbos incendiarios. Más amenazas, más miedo.
 
En tanto, las personas que tienen miedo a opinar para no enfrentar problemas con el gobierno y cuidar su confort no necesitan una creencia o superstición, sólo saber que deben tener más miedo a legar a sus hijos una sociedad sin democracia que a hablar y actuar hoy. Sería una herencia imperdonable.
 
Andrés Gómez Vela es periodista.
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