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Andres Gomez Vela
Tinku verbal

Entre la dueña del perro y el gobernante, el Estado

Entre la dueña del perro y el gobernante, el Estado
El perro arrastra sus orejas largas por el césped y olfatea las plantas y todo lo que hay a su paso; por detrás va su dueña vestida con algo así como una bata de calle celeste sobre su pijama y unas pantuflas. El perro levanta la pata derecha trasera y hace pis en chorritos; avanza otros metros y se predispone a defecar en plena plaza Avaroa; la dueña se hace a la que no ve nada. Amanece en La Paz y en unos minutos más circularán miles de personas por ese espacio público y la señora que pasa la escoba por el lugar ya pasó y volverá mañana.
 
Este hecho parece algo nimio que no tendría que alterar la ataraxia del país. ¡Qué importa! ¡Que se jodan los que no tienen perro! Tampoco importó cuando a fines de la década del 90 una empresa instaló una mañana de invierno unos teléfonos públicos tarjeteros en Villa Pabón y por la tarde uno de ellos ya no tenía su auricular. ¡Qué bronca! ¿Quién fue el bellaco que se llevó la cosa que pertenecía a todos? Uno de nosotros. 
 
Cuando una sociedad ve normal que su gente usa y destruye la propiedad pública como si fuera patrimonio personal, no tendría que protestar cuando un delincuente ingresa a la administración pública como servidor público y se embolsilla dinero público a través de una obra.  En este estado de ánimo social la corrupción reduce a la política a una lucha por el control del patrimonio público en beneficio propio. 
 
Esta actitud colectiva define el valor que la sociedad le da al Estado, entendido como la organización política y jurídica de una sociedad en torno a la propiedad pública. 
 
Este sentido de lo público lo tuvimos y aún lo tenemos entre los pueblos indígenas de tierras bajas y altas. A partir de esta concepción se explican las tierras comunitarias y sus sistemas de trabajo como el ayni (en agonía a estas alturas).
 
La historia dice que casi todas las civilizaciones comprendieron el espacio público. Para los griegos fue la ciudad, definida como una unidad política no reductible a una aglomeración urbana, sino extendida a una organización política y social. Así se explica por qué el griego vivió en función de la ciudad y rotó en cargos públicos como lo hacen aún en algunas comunidades indígenas de Bolivia. 
 
Esta concepción de salvaguardar el patrimonio público se termina de moldear jurídicamente en Roma con el nacimiento de la res romana o la res pública (la cosa pública). El concepto, que encierra la noción de Estado, es fundamental para diferenciar al tirano del gobernante. 
 
El tirano dispone el patrimonio público como si fuera personal y en beneficio suyo y del grupo que lo acompaña. El gobernante está prohibido de la libre disponibilidad del patrimonio público por mandato expreso de la fuente de su poder: los electores. Entonces, el poder que tiene es para cuidar el patrimonio público como si fuera suyo, pero no para usarlo como si fuera suyo. 
 
Por esta razón de derecho, las constituciones de países democráticos dejan subrayado que un Presidente solo es depositario temporal (cuatro o cinco años) del patrimonio que nos pertenece a todos. 
 
Por la misma razón, el Estado moderno, que nació a fines de la Edad Media, ya se preocupó de limitar el uso de los bienes públicos, aunque con ciertas deficiencias.  
 
El Estado Liberal, vigente hoy en gran parte del mundo, fue el tránsito del tirano que encarnaba el Estado, centralizaba todos los poderes y cada derecho era obra de su poder, al gobernante resultado de la ley general y pública, hecha por todos y para todos.
 
Por tanto, no solo el gobernante está impedido de destruir los bienes públicos, sino todos los miembros de una convivencia humana porque el Estado, en la práctica, es la diaria construcción del bien común, asumida como la suma de intereses particulares aglutinados en una comunidad jurídica y política. 
 
Por ello, se ve feo disponer de una plaza pública como si fuera baño público de nuestros perros y se ve peor al gobernante que usa nuestros bienes para reproducirse en el poder.
 
Andrés Gómez Vela es  periodista.
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