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Morir de hambre

Morir de hambre
Si alguna certeza tenemos en la vida, es que todos vamos a morir algún día; lo que no sabemos es cómo ni cuándo ni en qué circunstancias. Sin embargo, hay personas, como los suicidas, que escogen el cuándo y el cómo. No son los únicos que no tienen miedo a la muerte, pero son los únicos que tienen miedo a la vida, justamente por eso deciden marcharse de ella. 

Los guerreros van a la contienda bélica acompañados de la muerte, pero no eligen el cuándo, aunque sí pueden definir el cómo. Robert Jordán, el personaje central de Ernest Hemingway en su obra Por quién doblan las campanas, decide morir matando. Luego de haber cumplido su misión de volar el puente, queda herido de muerte, entonces pide a sus compañeros, entre ellos a su amada María, huir y dejarle un fusil con balas. Después que todos se fueron, se quedó agazapado entre los árboles a esperar la muerte y a sus enemigos fascistas para matarlos y morir.

A otros les alcanzó la muerte por una orden del poder con miedo. Ernesto  Che  Guevara, tras su fracaso en el Congo, vino a Bolivia con la seguridad de incendiar la región con decenas de vietnams, y con la intuición de la muerte en su pistola. Su sueño no se cumplió y la posibilidad del más allá se acercó a centímetros de sus ojos cuando fue atrapado. Un militar cumplió una orden y disparó contra un hombre enmanillado, herido y sin posibilidades de defenderse. El Che  eligió el escenario de su muerte; y el cobarde, a su asesino. 

Algunos valientes murieron porque las escrituras lo dijeron, y lo que está escrito se cumplirá y se cumplirá lo que está escrito. Jesús sabía que había venido al mundo como todos a morir, pero sabía algo más que el resto de los mortales: cómo y cuándo lo iban a matar. También sabía por qué y por quiénes debía ser sacrificado. No sólo eso, sabía también que sólo iba a morir por tres días. 

Hasta hoy culpan a Judas por su muerte, lo acusan de haberlo entregado por 30 monedas de plata. Sin embargo, otras escrituras dicen que Judas no necesitaba esas 30 monedas porque era de tener (dirían hoy en Bolivia) y procedió como procedió para probar que Jesús era Dios y que podía derrotar a sus verdugos. Se suicidó colgándose por decepción, más que por arrepentimiento, al ver que Jesús no actuó como Dios.  Si no hubiera adelantado su muerte, hubiera comprobado que no estaba equivocado.

A diferencia de Cristo, Judas no sabía cuándo iba a morir, pero eligió la forma y el momento por haber pecado entregando sangre inocente. Lo que no sabía Jesús, en ese momento, es que la Iglesia que se erigió en su nombre, siglos después, iba a pecar entregando miles de litros de sangre inocente de decenas de mujeres y hombres a la diabólica Inquisición. 

También hay hombres valerosos que murieron desafiando al enemigo en el campo de batalla, entre ellos Eduardo Abaroa. Y valerosas mujeres que murieron en la hoguera, entre ellas Juana de Arco, condenada por herejía y redimida como Santa. Ambos estaban enterados que jugaban a la muerte. 

La historia registró a personas gloriosas asesinadas y linchadas. Antonio José de Sucre fue emboscado y baleado por la espalda por enemigos que no pudieron superarlo en batallas limpias. Gualberto Villarroel fue linchado por culpa de un círculo que sembró odio y abusos, y cosechó la furia de una masa deforme.  

La enfermedad se llevó a gigantes como Simón Bolívar. Y la vejez,  a destacados como Víctor Paz. Y la miseria y el malagradecimiento político  a heroínas como Juana Azurduy de Padilla. En todo caso, la muerte los encontró después que ellos buscaron a la muerte.

Pero, a Eva Quino, la niña de El Alto, la muerte la buscó apenas llegó al mundo y se la llevó a sus 12 años. La dama de la guadaña se posó en la cabecera de su cuna contando los minutos de vida que le quedaba, según los bocados que comía. Morir de hambre debe ser la peor de todas las muertes porque es resultado de la miseria que no deja siquiera robar por hambre, menos luchar. 

La ONU señala que 6.400 niños y niñas mueren de hambre cada día en el mundo, una de ellas fue Eva. 

Si alguna certeza tenemos  es que todos vamos a morir algún día, pero los que padecen hambre saben cómo… y nosotros también sabemos cómo evitar esas muertes: eligiendo mejores gobiernos.

Andrés Gómez Vela es periodista.
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