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Andres Gomez Vela
Tinku verbal

El derecho a la felicidad

El derecho a la felicidad
Tú y yo sabemos que hemos venido al mundo a ser felices o mejor dicho: no hemos nacido para ser infelices. He ahí el sentido teleológico de la vida. Un fin que el ser humano buscó desde que se descubrió como tal y se organizó en clanes, tribus, pueblos, naciones y estados para ser feliz.
 
(Antes de seguir, aclaro que la columna de hoy no es de autoayuda porque la felicidad no se encuentra en textos de este tipo, menos en el Tinku Verbal). 

Aunque me cae bien Aristóteles, no creo que la felicidad dependa de nosotros mismos, como dice él. Depende también de las personas que componen nuestra familia, trabajo, círculo de amigos y de la gente que nos gobierna. Verbigracia, una persona que vive en dictadura es menos feliz que otra que vive en democracia; y alguien con los deseos satisfechos es más feliz que aquel cuyos derechos son una ficción (sobre este punto volveré más adelante).  

Comparto con Sócrates cuando dice que "el secreto de la felicidad no se encuentra en la búsqueda de más, sino en el desarrollo de la capacidad para disfrutar de menos”.  

El filósofo no ha querido decirnos que el dinero no es importante para ser feliz. Unos pesos más en el bolsillo siempre dibujan una sonrisa. Finalmente, la plata es como el amor, no debe faltar ni sobrar, sino ser lo suficiente como para no crear adicción y creer que uno es más feliz contando billetes que gastándolos en viajes, comida, un trago, libritos y un gustito. 

Sin embargo, pienso que estoy equivocado cuando me choco con Thomas Hobbes, que dice que "la felicidad es un continuo progreso del deseo desde un objeto a otro, donde la obtención del anterior no es sino camino hacia el siguiente”, vale decir que "la felicidad no está en el reposo de una mente satisfecha, sino se trata de un continuo ambicionar, un continuo poseer”. 

Guste o no, Hobbes es quien más se aproxima a la esencia humana. Sin embargo, prefiero quedarme con el psicólogo estadounidense Dan Gilbert, que nos recuerda que las cuatro actividades cotidianas que más felicidad aportan son gratis: practicar sexo, hacer ejercicios, escuchar música y charlar (será que por eso Woody Allen afirmó que "el sexo con amor es lo mejor de todo, pero el sexo sin amor es lo segundo mejor inmediatamente después de eso”). 

Pero, hay alguna gente, como mi comadre Celia, que deposita su felicidad en el resultado de sus momentos de sexo con amor: sus hijos. En esta parte, un paréntesis: Gilbert, explica por favor que comprobaste científicamente que los hijos no son la felicidad. Claro, Andrés. "Los niños son como la heroína. La droga da placer, pero destruye el resto de fuentes de felicidad de una persona, como la familia y amigos. Con los hijos ocurre lo mismo. Los padres dejan de practicar sexo, salir con los amigos o acudir a conciertos”. Gracias, Gilbert. Abrazo. Cierro paréntesis.

Nada de absolutismos, los hijos te hacen feliz cuando son una fuente más de felicidad y les das el tiempo necesario, pero no toda tu vida. De ahí que no pienso trabajar por los míos de sol a sol para dejarles una herencia millonaria, basta con ayudarles a abrir las alas, por su cuenta va, ser felices en las alturas y en los vuelos bajos. 

Ahora, retomo la influencia de los gobernantes en la felicidad. ¿Recuerdas? En el siglo XVIII se superó esa visión extraterrestre de que la felicidad estaba en el cielo y se estableció que es terrenal y material. Sobre este cimiento filosófico florecieron los deseos, se formularon los derechos para alcanzarlos y se fijaron los deberes para no hacer infelices a otros.  

Desde ese momento, la persona relacionó la felicidad con las riquezas y el progreso. Ya sé, es una moral hedonista basada en la sociedad burguesa, que crea bienes espirituales y materiales para ser feliz. El socialismo se presentó como alternativa, pero los socialistas fracasaron porque resulta que fueron y son más hedonistas que los burgueses.

Quizás por ello, rescato a Jeremy Bentham, que encargó al Estado hacer felices a la mayor cantidad posible de sus ciudadanos. Y como el Estado es resultado de los ciudadanos, éstos tienen en sus manos elegir a gobernantes sin excesos burgueses ni hipocresías socialistas. 

Tú y yo sabemos que la felicidad no sólo es un derecho, sino un deber (diría Kant); por lo mismo, elegir a un gobernante es como elegir a una pareja, ¿o te acompaña o te desgracia?   
Aunque me cae bien Aristóte

Andrés Gómez Vela es periodista.
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