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Andres Gomez Vela
Tinku verbal

Las palabras del régimen

Las palabras del régimen
La capacidad de seducción de las palabras depende del tiempo y el contexto en el que nacen, renacen, aparecen, desaparecen y reaparecen. Las palabras tienen un olor y hedor por el mismo viaje que hacen sobre las rieles de la historia; se visten de un significado en un tiempo y se desvisten en otro, como la víbora de su piel, nomás que la palabra también se desviste, a veces, de su víbora. 
 
Por ejemplo, el 21F la palabra "oposición” se despojó del contenido que había cargado desde el 2006 hasta el 2016, cuando sonaba a casi nada frente al caudal electoral del MAS. Se deshizo de su nimiedad con un leve movimiento en el voto porque el "masismo” (que era sinónimo de democratización del poder) comenzó a sonar a abuso, a autoritarismo y a desprender un hedor insoportable a corrupción. 
 
Las palabras suenan siempre igual, pero suelen no decir lo mismo ya sea porque envejecen de tanto ser usadas o repetidas por bocas que se asemejan a agujeros negros políticos que crean un campo gravitatorio que no deja escapar ninguna partícula de basura escatológica.
 
También pierden su poder cuando quien las pronuncia hace todo lo contrario al significado de la palabra pronunciada. Entonces, la izquierda ya no es la izquierda, aunque sigue teniendo las mismas letras y fonemas, porque sus ostentadores hablan, pero practican lo que la derecha hubiera querido hacer siempre si no hubiera tenido alguito de vergüenza. 
 
El periodista español Alex Grijelmo escribió que la palabra posee dos valores: el primero es personal del individuo, va ligado a su propia vida; y el segundo se inserta en aquél, pero alcanza a toda la colectividad. 
 
Es así que para la colectividad, mas no para sus preconizadores, el socialismo se desvalorizó después del fracaso de la URSS y la caída del Muro de Berlín. Para valorizarlo le agregaron tres dígitos: XXI. Sin embargo, en menos de 20 años, volvió a significar lo que ya significó: totalitarismo y estalinismo (Stalin, uno de los seres más deleznables que parió justamente el socialismo).
 
Las palabras tienen poder y el poder lo sabe. Pueden destruir personas, historias y hasta cambiar verdades cuando son vinculadas a episodios de inhumanidad. 
 
Los izquierdistas crecieron en oposición a la palabra derecha porque ésta estaba asociada a sangre de víctimas de las dictaduras fascistas.  Exitosamente, le colgaron ese sambenito -aquel escapulario que hacía vestir la inquisición a los condenados por el tribunal, convirtiendo en malvados incluso a los derechistas honestos. 
 
Pero el almagre peyorativo cambió de lado; izquierda significa hoy persecución judicial, incapacidad, improvisación, enemiga de las libertades y derechos, inhumanidad. Se había anidado como buena en los lugares espirituales del ser humano porque traía una herencia política opositora hasta que le tocó el turno y terminó demostrando que sus cultores eran tan iguales o peores que aquellos a quienes habían combatido: los dictadores. 
 
Los totalitarios se cambian de nombre para ocultar lo que son. Borra colonizador y se llama intercultural, creyendo que la primera palabra conduce a Pizarro y a Almagro y despierta la pesadilla de la colonización española. En cambio, la segunda suena a integración, a creación de una tercera cultura, a convivencia; pero el nuevo nombre no cambia al ser: los interculturales son nomás los pizarros y almagros de hoy que amenazan con un genocidio sobre una carretera asfaltada en el TIPNIS.
 
Las palabras adquieren significados positivos cuando nacen y negativos cuando se deterioran. Proceso de cambio significó revolución; hoy quiere decir retroceso institucional y privatización del Estado en beneficio de una nueva oligarquía.
 
El Estado Plurinacional se abrió con galanura frente al Estado Neoliberal, hoy no es más que un estado totalitario porque acumuló en sus sílabas 10 años de injusticia, persecución a librepensantes y destrucción de pueblos indígenas.

Las palabras pierden poder cuando el régimen ya no significa lo que era; entonces el imperio ya no es EEUU, sino China; y el masismo ya no es democracia, sino totalitarismo.
 
Andrés Gómez es periodista.
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