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Columna vertebral

Centralismo-federalismo en clave de siglo XIX

Centralismo-federalismo en clave de siglo XIX
Por varias razones, no la menos importante nuestra ubicación geográfica y el predominio del trapecio andino, formado por las ciudades de La Paz, Oruro, Potosí, Sucre y Cochabamba, todas por encima de los 2.500 mts. sobre el nivel del mar, generaron muchas dudas sobre nuestro futuro. Los problemas de frontera traducidos en varias guerras internacionales y la imposibilidad de mantener la heredad con la que nacimos en 1825 demostraron la gran dificultad del ejercicio de su soberanía geográfica y demográfica efectivas. 

Algo más de un siglo después de haber nacido a la vida independiente, sostuvimos una cruenta guerra de tres años con el Paraguay (la cuarta de nuestra historia), lo que confirmó no sólo los problemas de consolidación de nuestras fronteras, sino la fragilidad de nuestra capacidad de respuesta ante el desafío de hacer congruente el espacio geográfico de la nación con las posibilidades objetivas de dominarlo.

Por otra parte, estuvo claro desde muy temprano que las naciones vecinas, sobre todo las más poderosas en el contexto continental, asumieron que Bolivia era una creación artificial, poco cohesionada y sin las condiciones necesarias para pervivir en el tiempo. La tesis de absorber el país, sea "devolviéndolo” a su raíz original, el Perú, sea "recomponiendo” la vocación natural de cada una de las cuencas (Pacífico, Amazonas, Plata), que constituyeron Bolivia por la vía de la absorción a sus "ejes naturales originales”, ha mantenido vigencia durante mucho tiempo.

La larga secuela de conflictos y tratados de límites que atravesaron el siglo XIX y buena parte del XX prueban esta realidad. Nada que otras naciones latinoamericanas no hubieran vivido, pero con una diferencia: la ya mencionada del lugar estratégico del país, el famoso criterio del "Estado tapón”, enfrentado al hecho de que ese rol no podía ser cumplido por no estar este cohesionado, dada la particular forma de su creación.

Este contexto permite entender mejor la contraposición radical de posturas entre unitarios y federales. Lo lógica de los unitarios no era sólo el centralismo; primero encarnado en el sur, Chuquisaca-Potosí, y luego en el norte, La Paz, era algo mucho más complejo. La teoría de quienes defendían la idea del país unitario se apoyaba en la experiencia histórica de la República. 1841 como fecha de consolidación definitiva de nuestra independencia, tras el triunfo en la batalla de Ingavi, tenía un carácter simbólico pero a la vez evidenciaba el riesgo de la desmembración. Se construyó como premisa la idea de que nuestros vecinos estaban ávidos de cercenar nuestro territorio. De algún modo estaba en el sustrato de ese pensamiento una percepción elitista que creía en la incapacidad de la población indígena (abrumadoramente mayoritaria en esos años) de asumir la idea de nación. 

Por otra parte, hasta la mitad del siglo XX, la preeminencia andina, tanto demográfica como política y económica, colocaba a esas elites en una difícil situación. Un país geográficamente gigantesco sobre el que no había verdadero dominio. Las tendencias "naturales” eran centrífugas desde dentro y proclives a la fragmentación desde fuera, dada la avidez de nuestros vecinos, cuatro de ellos más poderosos que Bolivia. Irónicamente, el más débil, Paraguay, resolvió militarmente a su favor sus diferencias territoriales con Bolivia. Por eso para buena parte de los políticos de la época el federalismo era un anatema sobre la base de que llevarlo adelante era facilitar esas tendencias a la dispersión.

La famosa Asamblea Constituyente (Convención Nacional) de 1871 que dio lugar a nuestra novena Constitución, fue el primer escenario histórico en el que se debatió con intensidad la forma política de organización del Estado. Evaristo Valle defendió el centralismo unitario sobre la idea de que un país pobre y casi en bancarrota ¿Qué es lo que podía descentralizar? Bolivia no había enfrentado entonces ninguna pérdida territorial significativa y no se había firmado ningún tratado que lesionara seriamente nuestro territorio (como ocurriría a partir de 1866). Los argumentos de Mendoza de la Tapia eran, por contraste, los que luego dieron lugar al fortalecimiento de la idea federal, la necesidad de la independencia del poder comunal y la descentralización de las rentas. Desde el este de nuestra geografía surgió la propuesta del socialista utópico Andrés Ibáñez. Con la premisa del igualitarismo marcó un hito simbólico, incluyendo dentro de ese ideario el federalismo de los artesanos y también el fortalecimiento del municipio local como respuesta a los desafíos de una nueva sociedad.

Ambos ideólogos federalistas comprendieron que la debilidad intrínseca de un Estado unitario centralizado era -entre otras muchas- que impedía algo fundamental, el fortalecimiento de las regiones como centinelas de nuestra soberanía. En ese contexto, tanto Mendoza de la Tapia como Ibañez fueron unos visionarios.
 
Carlos D. Mesa Gisbert fue presidente de Bolivia.
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