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Todos Santos y el bizcochuelo

Todos Santos y el bizcochuelo
Cuesta aclararle a la gente boliviana que el 1 de noviembre no es día de los muertos, el 1 es Todos Santos, al día siguiente es recién de los muertos. Pero, aquí, dale y dale, todos creen que es el 1 de noviembre la celebración de los difuntos. Cuesta trabajo también aclararles que ambos días –el 1 y el 2- no son lo mismo. La confusión surge porque las almas llegan a mediodía del 1 de noviembre y se van al día siguiente, luego de 24 horas de haber comido y libado todos sus antojos, si no es tiempo de inflación, pues cuando los precios suben mucho, los vivos   -me refiero a los de esta tierra- no pueden poner en la Xmesa todos los antojos de los muertos. Por ejemplo, este año muchos se cuidarán de poner platos con papa, pues está   carísima. Así que insisto en la aclaración para los confundidos, el 1 es Todos Santos y no día de muertos.

 La tradición no es   igual en todos los países. Por ejemplo, en México el 1 es día de los muertos chiquitos, no de los petizos, sino de los niños, y el 2 es de los muertos grandes, de los adultos. Tanto allí como aquí se ponen mesas con las comidas y bebidas que gustaban a las personas que se fueron al más allá: aquí se llama mesa, allí se refieren a las ofrendas. Me imagino que este año en todos los rincones mexicanos habrá ofrendas para Juan Gabriel.

En esta época me acuerdo mucho de mi infancia, pues los dos días los dedicábamos, con la tropa de nuestros amigos -a la cual se sumaba mi propio hermano   Julio, por quien rezaré este año, pues Banzer me lo convirtió en difunto-, a rezar recorriendo nuestro barrio Villa San Antonio. Pero el barrio se queda corto, era muy chico hace 60 años, entonces, nos pasábamos también a la frontera de Villa Copacabana y penetrábamos en cementerios y casas del lugar. Algunas veces nos aventuramos en Miraflores, pero en esa zona nos daban poca paga; en cambio en las villas eran más generosos con los panes, bizcochuelos y otras masitas.

 Rezábamos preferentemente en casas y no en cementerios. El pago para los mayores era comida   y algo de trago, y las famosas masitas de la época, suspiros, maicillos y otros más. A los changos rara vez nos daban comida, recuerdo la variedad de ajíes   que veía en las mesas adornadas por los parientes de los difuntos. A nosotros nos pagaban sólo en masitas, de tanto en tanto, un poco de chicha morada, la cual había que tomarla, pues no la podamos poner en nuestro saquillo. 

 Los resiris mayores,   había también una tropa de ellos, no me acuerdo si eran sólo resiris o si más bien eran   t’irilleros del barrio, rezaban mucho, siempre por trago.  Cuando ellos rezaban o cantaban había un fuerte olor a trago,   pero creo que a las almas no les importaba mucho eso, no se inmutaban, más bien se quedaban tranquilas recordando sus andanzas al lado del pisco, de la cuarta Ormachea o de las cervezas.

 Desde ese entonces mi favorito es el bizcochuelo. En ese entonces podía comerme unos diez en los dos días, obviamente de los ganados por nuestros rezos, pues la plata nunca alcanzaba para tanto. En cambio ahora  que puedo comprarme   los diez   ya no puedo comérmelos. Así es la vida, cuando de niño hay hambre no hay plata y de adulto cuando hay plata el hambre es poca. La meta per cápita para cada uno de la tropa -esta palabra yo no la conocía en ese entonces- eran dos saquillos de masitas por llock’alla.   Es decir, que en mi casa debíamos tener   cuatro saquillos, con lo cual no había   necesidad   de comprar pan por mucho tiempo. No era tanto como se cree, porque como en ese tiempo el hambre no esperaba, nos "manjábamos” muy rápido todo el producto   de nuestra fe. 

 Por cada rezada individual nos daban cierta cantidad masitas, dependiendo de la bondad u opulencia de quienes   hacían    rezar,   pero la cantidad era mucho mayor si  cantábamos en grupo, -normalmente éramos   cuatro o cinco- y, claro, preparábamos coros de algunos mementos que hasta ahora puedo  acordarme un poco; producto   de esos mementos recibíamos   más en calidad y en cantidad.

Desde de que se fue mi madre, ponemos una foto suya en la mesa, en la cual no puede faltar el bizcochuelo ni los coctelitos que le gustaban. Este año le pediré una disculpa a su alma, pues no habrá coctelito de mandarina, pues los cocaleros acabaron con todos los cítricos de los Yungas.

Carlos Toranzo Roca es economista y analista.
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