La Paz, Bolivia

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Salvar a las mandarinas

Salvar a las mandarinas
"Lindas montañas te vieron nacer, el Illimani tu cuna meció... collita tenías que ser”. Más o menos así dice la canción y ella nos transporta a pensar en nuestra ciudad, en nuestra La Paz. Cada que escucho esa canción, ya sea por Dante Uzquiano, o por las nueva chicas amantes del jazz, me da mucha emoción; también la piel se me eriza cuando oigo Illimani majestuoso y sus demás frases, casi mágicas.

 No sólo el 16 de julio, no únicamente   el 20 de octubre, vemos el Illimani, lo vemos todos los días; unas veces las nubes caprichosas lo tapan y nos impiden contemplarlo, en otros momentos, el sol lo pone más bello, en fin cada día cambia, pero   cotidianamente nos gusta más. 

 Quienes hablan de cambio climático   nos dicen que lo veamos repetidamente, pues en el futuro ya no tendrá sus nieves "eternas”. Sin tener esa advertencia, el Illimani era y es parte de nuestro cotidiano, de nuestra vida de altura.

 Estamos acostumbrados a los cerros, ellos nos dan la clave de la orientación; sabemos descubrir sus colores, sus variaciones en cada estación. Cuando vamos a lugares planos, donde domina el llano, sentimos que es una delicia caminar sin cansarse, no rodar, como sucede en nuestras cuestas empinadas, en esta La Paz llena   de calles Landaetas y Pichinchas, o de otras más llenas de gradas, donde al subir la grada número cien el corazón ya no aguanta nada, ni siquiera un flechazo amoroso. 

 Pero, en esos lugares planos, al sentarnos a descansar, luego de las caminatas, nos damos cuenta que nos faltan nuestros cerros para saber hacia dónde vamos, para orientarnos.  

  En La Paz cada día percibimos cómo cambian los colores de nuestros cerros. Es una delicia entrar a Aranjuez y asombrarnos con las distintas tonalidades de los colores, con sus rojos profundos,   más todavía si entramos a los valles más lejanos, donde los cerros cuidan a los valles de Río Abajo. Ahí hasta los colores cenizos tienen su encanto.

  Hay quienes me han dicho que viviendo en un país mediterráneo, y más todavía habitando una La Paz rodeada de cerros, se puede estar preso del encuevamiento, estar cercanos al encerramiento de las ideas; no niego ni afirmo eso, puede suceder, a veces, siempre. Es más, existen muchos paceños que somos muy cerrados, muy encuevados; al hablar, nuestro masticar exagerado de las essseeess nos dice que nos falta mundo. Creemos que ésta es la mejor ciudad del planeta, lo cual obviamente no es cierto. No faltan paceños que confunden el parque de los monos con Chapultepec de México, ésos son unos exagerados, pero los hay. 

 Hay quienes creen que desde   La Paz se va salvar el planeta Tierra, cuando la hoyada se inunda con una lluvia tenue. Otros paceños creen que desde esta ciudad o desde la plaza Murillo se puede cerrar el agujero de ozono, cuando en realidad La Paz no puede ni tapar los hoyos de sus calles. Pero, nada de eso nos impide gozar y querer a nuestra ciudad y nuestro departamento, con sus bellezas y sus horrores, como algunos mercados nuevos, que son como una "Lanza” camachesca al hígado.

 Este 16 de julio   quería tomar un "coptelito” de mandarina yungueña, hacerlo en homenaje a las tradiciones y para atender a mis hijos; quería también regalar a mis nietos   unas naranjas y mandarinas yungueñas, sabrosas y fraganciosas, a ellos que no han conocido esos placeres, deseaba hacer eso, pero me doy cuenta que hay singani, y cada vez más bueno, me refiero al Rujero   y al Casa Real, no a otros con nombre de santos. Pero, paralelamente, reparo que las mandarinas sabrosas y perfumadas de antes ya desparecieron, se las llevó por delante la coca y sus "interculturales”. 

No quiero a los narcos por razones obvias, pero los detesto más porque han hecho desaparecer las mandarinas y quizás maten todos los cítricos yungueños. Premio consuelo, hice un "coptelito” de toronja, me apuraré en hacerlo a menudo, pues quizás de aquí a algunos años, si el narco sigue como hoy, quizás sólo podamos tomar chuflay, pues gracias a dios todavía se encuentra Ginger Ale, no Sprite, ni Seven Up; Ginger Ale.

  Creo que debemos hacer una campaña mundial contra el neoliberalismo cocalero para salvar a las mandarinas yungueñas de su extinción, sí, contra el neoliberalismo, porque lo más   neoliberal del país es la plantación de coca y sus jefazos que quieren 20.000 hectáreas de insumos para el clorhidrato.

Carlos Toranzo Roca es economista y analista.
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