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No tengo odios, pero no pierdo la memoria

No tengo odios, pero no pierdo la memoria
Pasan 45 años del golpe  de Estado del 21 de agosto de 1971. Tengo la memoria muy fresca para recordarlo, no se me puede borrar esa fecha, y seguramente no se me borrará nunca, pues en ella, los golpistas, el nuevo régimen de Banzer asesinaron a mi hermano Julio Toranzo Roca. Con él compartimos toda la vida, la infancia, la niñez, la juventud, el colegio Hugo Dávila, la universidad, el sueño de salir de la pobreza, de dar descanso a nuestra madre que sola tuvo el coraje de criarnos y mantenernos. 

También de jóvenes compartimos los sueños de revolución, estábamos marcados por el pasado, mi padre fundador de la FSTMB, mi madre, dirigenta sindical de la Said y después de los trabajadores de salud. Esa herencia nos hizo poner los ojos abiertos a los temas sociales, nuestra vida austera y de pobreza también nos señaló que había demasiadas injusticias por corregir. Las lecturas del colegio: Huasipungo de Jorge Icaza, el Mundo es Ancho y Ajeno de Ciro Alegría, la Mamita Yunai de Carlos Luis Fallas, Raza de Bronce de Alcides Arguedas. Toda esa literatura nos marcó y nos llevó a los mundos sociales, aunque no a las militancias partidarias, muy de moda en los 60 o 70 del siglo pasado.

La idea de revolución era para nosotros, equidad, igualdad social, eliminación de las discriminaciones, mejoras económicas, mejora en salud y educación; pero,  súper ideologizados pensábamos en el alejamiento del imperialismo, por ahí transitaban nuestros sueños y utopías. 

Sin embargo, su asesinato me hizo entender que nadie puede, nadie debe soñar su utopía, si ella significa quitar la vida a otros y mutilar la libertad de éstos. Sólo pasado el tiempo me di cuenta que su muerte, me fue cambiando la cabeza, me fue inculcando otras  ideas. Al inicio, la primera reacción fue dolor, después dolor y pasado un corto tiempo, rabia, desesperación, impotencia, aumento de la adrenalina para volver a la idea de revolución, más por dolor que por horizonte político.  Hasta ese agosto me adhería sin pensar mucho a la lógica amigo-enemigo, soñaba en revoluciones, pero desde su muerte entendí que no es justo que nadie quite la vida al otro por sus ideas y comprendí que en lugar de eliminar al otro, hay que aprender a convivir con él; esos fueron mis primeros pasos hacia la comprensión de la democracia. Desde ese agosto dejé de pensar en la utopía de las revoluciones, pues entendí que ellas, sean de cualquier signo, de derecha o de izquierda, son autoritarias  y tienen como meta eliminar  al otro, al diferente. Después  de un año de prisión (1971-1972) me ratifique en la idea de alejar de mi pensamiento la lógica amigo-enemigo.

Creo en el cambio como proceso, dentro de los marcos de la libertad de pensamiento y de expresión, al interior del respeto más grande por los derechos humanos y las libertades fundamentales de las personas. Creo en la inclusión social. Cómo no voy a creer en ella si soy hijo de obrero minero y de trabajadora fabril, pero no creo que se deba tomar a la inclusión como el pretexto para eliminar la libertad de expresión y de pensamiento como han hecho muchas revoluciones y lo hacen aún los procesos que se dicen revolucionarios. Tengo miedo a las revoluciones, pues en general son dogmáticas  y tienden a eliminar al otro y evitan que haya disidencia y pensamientos diferentes. Repaso la historia y no encuentro revoluciones donde se haya respetado los derechos humanos y las libertades democráticas, casi todas las revoluciones, sino la totalidad de ellas, se han encargado y se encargan de mutilar la libertad de expresión, eliminando el derecho a la disidencia, impidiendo que cada quien porte sus propias ideas.

No olvido el 21 de agosto de 1971, no pierdo la memoria, pero vivo sin odio, pues creo que éste no permite pensar, amar, ni tener una convivencia democrática. No tengo odio ni siquiera por quienes me quitaron a mi hermano, pero mantengo la memoria y no la perderé. Y hacia el futuro seguiré insistiendo a mis hijos, a mis nietos que esa lógica, amigo enemigo que conduce a eliminar al enemigo, no es un valor democrático; al contrario, es la expresión más clara de la mutilación, sino de la eliminación de la democracia. Y si algo deseamos para el futuro, es vivir en democracia, sin que nadie penalice las ideas de los otros, sin que se mutile la libertad de expresión y de pensamiento.

Carlos Toranzo es economista.
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