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El amor por la obsecuencia

El amor por la obsecuencia
¿Qué es lo más duro que uno puede encontrar en  La fiesta  del chivo, de Vargas Llosa? ¿El poder del dictador, las matanzas, los ríos de sangre, su ceguera, el favor a sus familiares, la falta de idea de país, el enriquecimiento ilícito, la discrecionalidad en el manejo del poder, la corrupción generalizada, la sensación de que su poder será eterno?

  Cada quien puede escoger cualquiera de esos temas de la pregunta, pero, y el pero es importante, se debe subrayar la obsecuencia. Si algo destila el libro, si algo sale de esa historia, es la tremenda obsecuencia de sus ministros, de sus militares, de sus   correligionarios, de su círculo íntimo y de sus amigos. Eso quizás es lo más grave, pues no había palabra de crítica, ni rictus de molestia ante los excesos del dictador. Por el contrario, él estaba rodeado de aplauso, de genuflexiones, de palmas en la espalda para aprobar todo; había grandes bisagras en esas mismas espaldas para besarle las manos al caudillo.

 La sonrisa   y aplausos de aprobación para todos sus errores y todos sus crímenes, eran lo cotidiano de la política y del funcionamiento del poder.   Cada ministro de Trujillo hacía lo posible e imposible para ser el primero en definir que había que construir monumentos y edificar museos con el nombre del dictador.

  En la Unión Soviética pasó otro tanto. Las calles se llenaron de monumentos con las figuras de Lenin   o de Stalin. En América Latina ¿acaso Cuba fue la excepción? Todos los ministros revolucionarios se esmeraron en construir estatuas de Fidel, de abrir museos con su historia. Y, más cerca aún, pasó otro tanto en Venezuela, donde muchas calles vieron la edificación de monumentos con la figura de Chávez, por suerte hace años en ese país había cemento para hacerlo.

  No es necesario haber leído  La fiesta  del chivo para darse cuenta de lo que es la obsecuencia, pues todo lo que hemos descrito, lo hemos visto hace décadas en nuestro país, pues esa obsecuencia, llamada   también llunkerio, es una de las constantes en el trato a los líderes, a los caudillos, a los dueños del poder.

 ¿No existía eso con los liberales, con los conservadores, con los falangistas, con los dictadores militares, con los emenerristas, con los miristas? ¿Es que acaso sus círculos íntimos, sus núcleos de poder, sus ministros no eran casi exactamente igual a los retratos de  La fiesta  del chivo? ¿Es que el caudillo admite crítica?   ¿Es que el líder se inclina ante la razón? ¿Se puede ir lejos en política, si no se es obsecuente ante el caudillo? ¿Se puede tener un alto peculio sin la decisión bondadosa del líder o del dictador? ¿Es que acaso el mejor asesor no es aquel que recita lo que piensa el caudillo? ¿Es que muchos ministros no se vuelven escritores para escribir biografías del jefe? Qué importa la ética, la razón, la reflexión, la formación, si lo que desea el caudillo es obsecuencia. ¿Es que el mejor obsecuente no es el que escribe libros para justificar los errores públicos privados del líder? ¿Es que el buen obsecuente no es el que recita en la televisión las bondades del caudillo? ¿Es que acaso el buen obsecuente no es el  que inventa orígenes casi divinos del caudillo? ¿El mejor obsecuente no es aquel que reprime o enjuicia a quienes cree que el caudillo detesta?

  Pero, todos los caudillos han caído. Algunos se han desplomado porque simplemente el poder es ave pasajera, es cosa fugaz. En unos casos dura más que en otros, pero siempre, siempre el poder se va. El pecho de muchos se inflama en exceso con una pizca de poder; el pecho del caudillo crece más cuando el poder es más grande. 

 Pero lo cierto es que la obsecuencia no construye un buen manejo del poder, ni del Estado, ni de la cosa pública, ni siquiera de la vida personal. En muchos casos  el exceso de obsecuencia se convierte   en un insulto que hiere al sentido común y al herirlo convierte al poder en más fugaz.
 
La obsecuencia no convierte en eterno al caudillo, antes bien puede debilitarlo y perjudicarlo, con lo cual, caudillos y dictadores, junto   a sus obsecuentes,   acaban antes de lo previsto.

 Es que el poder no es eterno, aunque así lo crean quienes lo ejercen.

Carlos Toranzo Roca es economista y analista.
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