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Volver a los diecisiete

Volver a los diecisiete
"Volver a los diecisiete, después de vivir un siglo, es como descifrar signos sin ser sabio competente”, así dice esa bella canción cantada por Mercedes Sosa. Letra hermosa y voz bella que nos conducen a valorar la cotidianidad y las cosas sencillas del cada día que, en realidad, son los grandes momentos de la vida.

 Canciones como esa nos enseñan a valorar lo cotidiano y no sólo pensar en las grandes filosofías, en la política internacional, en la globalización y ni siquiera estar embebido, dominado y atrapado por la economía o la política interna. 

 Pero, una cosa es volver a los diecisiete y otra, diferente, saber que se ha llegado a los setenta. Esto evidencia -me dice mi pareja- cuán rápido pasa el tiempo. Los años vuelan, pero, por suerte, transcurrieron cargados de cientos o de miles de experiencias. Muchas malas, que las olvidamos con facilidad, y otras buenas, que las mantenemos como nuestros tesoros que nos impulsan a valorar el sol, la naturaleza, las montañas, los paisajes variados que hemos podido mirar y que nos inducen a creer en la gente.

 Pero, lo que más se agradece a la vida es tener un poco de salud para  disfrutar del cada día, sentir que esas décadas nos han permitido ver  crecer y madurar a nuestros hijos, tener la alegría de haber llegado a un estado superior, lo humano: el ser abuelos, etapa en la cual se aprende a querer de otra manera, sin exigirse demasiado por educar, sino, más bien, por transmitir cariño y sensibilidades.

 En estas edades recién va apareciendo el sentido común, ese que enseña a entender   a los padres que es equivocado buscar que los hijos sean genios, excelentes y los mejores de la clase, cuando lo que hay que inculcar son valores para tener hijos felices, respetuosos, trabajadores y agradecidos por lo que los padres les pudimos dar. Gracias a la vida que tenemos eso y la sonrisa es grande por ese logro.

 Una amiga nos decía: los setenta llegan solos, pero cuando van junto a cuarenta y cinco de matrimonio, ese ya es un logro que se cultiva. Pero, a pocos años de los cincuenta de casado, uno sabe que no es solamente el amor que coronó ese objetivo, sino que es el amor, unido a la solidaridad de uno con el otro, en cada uno de los momentos de la vida en que fue necesario apoyar al otro para sacarlo de la enfermedad, de la tristeza o de la desesperación.

 La tolerancia y el respeto mutuo también pueden ayudar a llegar a estas edades con la pareja de siempre. Tropiezos siempre hay mil, pero en la vida no importa tropezar, sino que la clave es salir del hueco, con alegría y con deseo de seguir adelante.

 No se puede tener algo de felicidad si existe odio, cuando no lo hay, la vida es más sencilla, pero es más tranquila cuando a la familia consanguínea se le suma la familia extendida. ¿Qué sería de nosotros sin amigos? En la prisión, en el exilio, hemos aprendido a valorar más a los amigos.
 
Nuestros  hijos los quieren como a sus verdaderos tíos, son ellos quienes les han dado y les siguen dando consejo para que transiten más fácilmente sus vidas. Cuántos tíos y tías-amigas hemos dejado por varios lados de América Latina, pero todos ellos siguen ahí, como nuestros referentes. Ese es el equipaje que portamos cada día.  

 Normalmente, es difícil hablar, agradecer, besar a nuestros seres queridos, pero hay romper esas inhibiciones, hay que hacerlo antes que sea tarde. Mi buen amigo Carlos Hugo Molina presentó su libro  Con nombre y apellido y nos enseñó que hay que abrazar al hijo, al amigo, sin temor, reconocerle sus méritos  y no ocultar el cariño. Fiel a esa enseñanza debo agradecer a mi Martha por estos cuarenta y cinco años de matrimonio, a mis hijos Gabriela y Ricardo, a mis nietos Luciana y Sebastián por tanta alegría recibida. Y, asimismo, agradezco a todos nuestros amigos y amigas por todo el calor recibido durante décadas.

 La vida no es sólo política, economía o análisis de la sociedad, es también cotidianidad, es familia, amigos, frente interno; si éste está bien se puede pensar y soñar con más cariño y libertad en un futuro   mejor para nuestro país, en democracia, con oportunidades para todos y sin temores de ser reprimidos por pensar de manera distinta al poder.

Carlos Toranzo Roca es economista y analista.
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