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Nostalgias: la llegada de Semana Santa

Nostalgias: la llegada de Semana Santa
Años atrás a mí me daba la impresión de que todo se ponía más triste con la llegada de la Semana Santa. Si ya de por si, la vestimenta de la gente y en especial de nuestros padres estaba dominada por el negro, plomo, azul o café oscuro, en el ritual de la Semana Santa parecía que caía un eclipse que oscurecía todo, especialmente en las tonalidades del vestir de los mayores.
 
En efecto, la muerte de Cristo y el Santo Sepulcro andaban de la mano con el oscurecimiento de la ropa de la gente, a   veces incluida la vestimenta de los  ch’itis.

Pero la sensación de tristeza se me ahondaba cuando sabía que en las funciones de matinée del jueves, viernes o sábado Santo no iba a poder encontrar una "peli” de Tarzán, Lucha Villa, los hermanos Aguilar o aunque fuera de  Sarita Montiel o Joselito. Cada año renovaba mi esfuerzo de buscar algún cine que fuera la excepción y que nos brindara algo de acción. Junto a toda mi  t’ojpa, porque antes no se llamaba pandilla, caminábamos desde los cines Miraflores y Avenida hasta la plaza Murillo para dar una miradita al rotativo Copacabana, pero claro   lo único que hallábamos era Ben Hur o Barrabás.

Siempre con la esperanza de hallar una peli donde no muera Cristo y donde no haya mucho calvario, nos íbamos al Roxy, pero el resultado era el mismo. Lo único que nos ofrecía la cartelera era el Martirio del Gólgota, con figuras de emperadores romanos y de cristianos degollados. Con un poco de terquedad, le pegábamos la subida al cine Murillo para después irnos al Colón, pero   siempre las carteleras   tenían lo mismo, se repetían   los nombres y las mismas figuras: El mártir del Gólgota, la crucifixión de nuestro señor Jesucristo, las lágrimas de María Magdalena, las barbaridades de Barrabás, el pecado de Judas. 

Sin embargo, luego de tanto fracaso, ya que estábamos en San Pedro, descansábamos en esa linda plaza pero, claro está, tomándonos nuestro helado de canela. Si la plata alcanzaba, también nos servíamos un vaso de  t’ejti  con un cachito de helado de canela. 

El sábado podía dormir con algo de esperanza porque pensaba que al llegar el domingo todo se habría de normalizar. Despertaba temprano y con ansiedad, porque con dos horas de anticipación, nos íbamos a buscar una buena matinal para ver cualquiera de las seriales que daban en esos tiempos. Pero, la Semana Santa   interrumpía hasta   las seriales que con tanto interés veíamos; en efecto, en casi todos los cines nos topábamos con Marcelino, pan y vino o con la muerte y resurrección de nuestro señor Jesucristo. 

No sé por qué tenía esperanza de que el   fracaso de un año no se iba a repetir al próximo, pero al año siguiente todo sucedía como un calco del año anterior.   Por suerte, en esas épocas, no había televisión, porque ahora pienso que seguramente nos habrían martirizado con todo lo relativo al Gólgota, la crucifixión, las caídas de Jesús y todos esos temas que llenaban la Semana Santa.

Pero, ni se crea que la Semana Santa era solamente la oscuridad de los colores y las películas de Judas, no, ni mucho menos. Muchos viernes, antes de la llegada de los feriados, comenzaba una época de emoción, de levantarse a las cuatro de la mañana, de salir a tocar la casa de los amigos,  tirar piedras pequeñitas a las   ventanas de los cumpas para iniciar   la aventura de bajar a la iglesia de Obrajes. Cientos de niños, jóvenes, lamentablemente en compañía de nuestros padres, bajábamos en esa lenta procesión que partía de todas partes para confluir en la avenida y la iglesia de Obrajes. Aclaro esto de lamentablemente con nuestros padres porque cuando bajábamos con ellos lo hacíamos sin bolsa; en cambio, cuando ellos no nos acompañaban íbamos con bolsa. Claro, la emoción de la bajada radicaba en el  k’ukeo.

Cuanto más temprano bajábamos podíamos  k’ukear  más choclos, más duraznos, más  wirus, para eso era la bolsa. Y aunque no se crea nuestra cosecha podía ser grande porque todo el trayecto a Obrajes estaba lleno de chacras. Hoy día no sé de qué tengo más nostalgia, no sé si de los días en que en que bajaba con bolsa o de las veces en que iba sin ella. Debo admitir que conforme pasa más el tiempo mi nostalgia es más fuerte al recordar las veces en que bajaba con mi madre, porque ahora lo sé, esos viernes eran un otro   pretexto de estar juntos con la familia.

No me acuerdo de haber tenido mucho espíritu religioso, pero con religiosidad increíble madrugaba esos viernes para encontrarme con la aventura; para toparme con la gratificación del api caliente, con las sabrosas y caldorosas llauchas o con las empanadas infladas rociadas con azúcar   molida. Hasta hoy no sé cómo se pueden inflar tanto esas empanadas y sin ponerle casi nada de queso.

Todavía veo bajar mucha gente por la Kantutani para ir a la iglesia de Obrajes, pero los miro "sobradoramente” porque casi nadie de ellos conoce las delicias del  k’ukeo  previo a Semana Santa, como sí lo sabemos quienes bajábamos en épocas pasadas.   Y ahora que reparo en que la ciudad ha crecido tanto, me doy cuenta que para llegar a Obrajes no sólo se llega de bajada sino también de subida. Pero, con cierto orgullo me doy cuenta también que quienes suben no llevan bolsa porque nunca se toparán con una chacra en la cual   k’ukear.

Carlos Toranzo Roca es economista y analista.
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