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Muertos alegres

Muertos alegres
La voz de la trompeta, quejosa, casi un alarido, se extiende como una larga cinta de color por encima de las tumbas. Como en el flamenco, en el corrido mexicano, los boleros de caballería y los carnavalitos, los compases son quejas disfrazadas de alegría. Quizá por eso la sorpresa de un visitante desprevenido en el cementerio no dura mucho, porque casi el lugar tiene aire de fiesta. 

Familias enteras se dan cita en los cementerios. También para los niños es una fiesta. Corretean entre las tumbas desoyendo los gritos de las madres; es la vida, tenaz, inconsciente, sorteando las tumbas. Por supuesto hay comidas y bebidas, abundantes y generosas. Y efímeras flores frescas o de papel o de plástico, y ríos de gente, vivos visitando muertos, muertos visitando esporádicamente la vida. Muerte y fiesta, un eterno contrasentido y, sin embargo, una yunta casi permanente. 

Como en muchas otras tradiciones, no somos únicos ni especiales. En la mayoría de las iglesias cristianas ortodoxas occidentales se comparte, para honrar a los difuntos, el mismo calendario. Si para la Iglesia Católica el Día de los Difuntos es designado para la conmemoración de los difuntos fieles, con la manga ancha que la caracteriza en cuanto a costumbres rituales, también acogió la mezcla que la propia gente hace de las motivaciones católicas con la de otros orígenes "de antigüedad inmemorial”. 

Lo cierto es que todas las culturas tienen ritos para recordar y honrar a sus muertos. Algunas lo hacen con mayor discreción y solemnidad; otros con jarana. Y aunque en Bolivia no bailamos con los muertos, como lo hacen en México, igualmente los alimentamos con lo que disfrutaron en vida, les cantamos, los representamos, los visitamos y les ofrecemos altas cañas floridas, escaleras y hasta aviones de pan, para que suban raudamente al cielo.

Me gustan los pequeños cementerios de pueblo, donde las familias, numerosas y extendidas con miembros de hasta tres generaciones se dan cita y llegan cargadas con chicharrón, picantes, maicillos y bizcochuelo, bebidas, flores y música. Por supuesto nadie hace caso a los letreros burocráticos e ineficientes de no consumir "bebidas espirituosas”. ¿A quién se le ocurre? ¿Acaso las penas no se ahogan con alcohol? Parafraseando a Joaquín Sabina y Chabela Vargas, las amarguras no son amargas, cuando se las canta en compañía.

En medio del barullo se mezclan penas con risas. Es la vida abriéndose paso entre la muerte. Y aunque días después un viento triste arrastra en los cementerios pedazos de papel, hojas secas, restos de comida, multicolores botellas de plástico, servilletas y agua estancada, todavía de algunos nichos sale la musiquita estentórea de las tarjetas musicales que dejaron los deudos. 

Éstos se van del cementerio con la conciencia tranquila del deber ritual cumplido. ¡Adiós, hasta el próximo año! Ojalá los difuntos hayan quedado contentos, tan satisfechos con las ofrendas que no necesiten venir a vernos fuera de fecha. Ojalá que todo este esfuerzo mantenga fuerte y segura la delgada línea negra que separa el mundo de los vivos del de los muertos. Tan delgada que un corazón rebelde, que no se resigna a las pérdidas, puede cruzarla… en algún momento.
 
 
Carmen Beatriz Ruiz Parada es comunicadora social.
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